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La política económica empleada por el nuevo gobierno confirma día a día las presunciones sobre su objetivo de aumentar las ganancias de los grandes capitalistas. El rumbo indica que los ataques hacia los trabajadores no quedarán  en el shock inicial, sino que continuarán en ascenso. Por qué la burguesía necesita el ajuste.

Al menos 200 mil despidos en la industria, los servicios y el Estado, un 25% de inflación en tres meses  y otras monstruosidades, son las consecuencias del ajuste. Divididos entre gradualistas y partidarios del shock, todos los partidos burgueses defienden y proclaman la inevitabilidad del ajuste que, en cualquiera de los dos casos, implica la rebaja de las condiciones de vida del pueblo trabajador. Ante un hecho tan sagrado, pues, vale la pena preguntarse: ¿cuáles son las razones “inevitables” del ajuste?

El ciclo kirchnerista

La economía argentina creció a un ritmo promedio del 8,8% anual entre 2003 y 2007 y del 4,7% entre 2008 y 2013. Como se ve, el ritmo de crecimiento se redujo a la mitad a partir de 2008 como consecuencia del impacto de la crisis mundial.  Y ese promedio del segundo período puede, sin embargo, resultar engañoso: los años 2010 y 2011 registraron tasas de crecimiento de 9,1 y 8,6%, mientras que las tasas del resto del ciclo fueron 3,1% (2008), 0,1% (2009), 0,9% (2012) y 3% (2013) , y la del 2014 que, según el INDEC, habría sido del 0,5%. Es decir, la economía argentina se halla en un estado de estancamiento desde 2012. La necesidad de salir de esta situación de estancamiento  es la que marcó la política económica del segundo mandato de Cristina Fernández.

Agotada la fase de crecimiento (que se había apoyado en la puesta en funcionamiento de la capacidad instalada destruida por la crisis del 2001), la política económica giró hacia la búsqueda de inversión extranjera, única fuente de financiamiento a la que puede recurrir, dentro del capitalismo, una nación atrasada.  Luego de la derrota en el conflicto por las retenciones, y a pesar del enorme consenso que representaba el 54% obtenido en las elecciones del 2011, el kirchnerismo se negó a reabrir la lucha por el control de la renta agraria, consciente de que el triunfo dependería de apoyarse en la movilización del pueblo trabajador. Semejante  plan salía de los límites del proyecto capitalista nacional, y el equipo Cristina- Kicillof escogió la opción del endeudamiento y la inversión extranjera que hoy Cambiemos no hace más que profundizar.

Así se inició el proceso de cierre del “frente externo”: acuerdo con el FMI por el INDEC, acuerdos con el CIADI y el Club de Paris, indemnización a REPSOL, asociación con la contaminadora mundial Chevrón sobre la base de un acuerdo secreto para explotar Vaca Muerta, etc. La nueva política fue bautizada por Alejandro Vanoli, presidente del Banco Central, como “desaceleración del desendeudamiento” y, sino avanzó más, fue porque el conflicto con Griesa y los fondos buitre obligó a desempolvar nuevamente la retórica nacionalista.

 

¿Qué se busca con el ajuste?

La variable clave para resolver el problema del estancamiento de la economía es la tasa de inversión. Esa tasa creció hasta el 2011, cuando llegó según algunas estimaciones al 26% del PBI, para luego caer en forma sostenida hasta menos del 20%. Y, como dentro del capitalismo los límites de la inversión son decisión de los propietarios del capital, si se quiere aumentar la tasa de inversión, no queda más remedio que “seducir” a los capitalistas para que inviertan.

Es que la política de seducción de los capitalistas tiene como eje la creación de condiciones de rentabilidad que sólo pueden obtenerse -cuando se han agotado ciertas condiciones excepcionales- del aumento de la tasa de explotación, o sea, de la desvalorización del salario.

Durante los primeros años del kirchnerismo esas condiciones excepcionales fueron las que, sobre la base de los altos precios de las materias primas, en el caso argentino especialmente de la soja, permitieron un superávit sostenido y relativamente importante de la balanza comercial hasta que se inició la crisis mundial. La mejora de la competitividad en el mercado mundial por obra de la desvalorización del salario en dólares; la puesta en funciones del capital inactivo y abaratado por la crisis del 2001; y la negociación de una quita de la deuda (que permitió descomprimir el frente externo por todo un período), marcaron el inicio de un ciclo de crecimiento que finalizó cuando la demanda interna -proclamada por el kirchnerismo como la panacea económica- agotó su papel de motor de la economía. No es nada nuevo: contra el mismo fenómeno económico chocó el propio Perón en 1949. Y fracasó también.

De modo que la necesidad de aumentar la tasa de inversión es la razón final del ajuste. Y el ajuste, en lenguaje de los ajustadores, representa fundamentalmente el “reacomodamiento de la estructura de precios relativos”. Es decir, el ajuste de los precios de las mercancías que se hallaban demasiado baratas. Tales mercancías, en definitiva, no son otras que las que forman el conjunto de los bienes de consumo del trabajador, no sólo los alimentos, sino también los que el Che llamaba “salario diferido” (transporte, servicios, etc.). Su encarecimiento, por tanto, representa la desvalorización del salario, lo que implica el aumento del grado de explotación. De modo que el famoso y pomposo “reacomodamiento de la estructura de precios relativos”, no es más que el reacomodamiento desvalorizado del salario.

 

Nota completa en edición impresa Mascaró #35, Mayo – Junio de 2016.

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