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> Por Daniel De Santis

En el capitalismo la palanca impulsora es la ganancia y como una forma más avanzada de ella la rentabilidad, que vendría a ser la tasa o porcentaje de ganancia sobre el capital invertido. Esta verdad general del capitalismo encuentra su forma particular en nuestra Argentina capitalista y dependiente del imperialismo.

La historia de la Argentina “moderna”, que edificó la generación de 1880, está signada por la oposición entre rentabilidad y desarrollo y siempre se ha impuesto la primera, convirtiéndose en una traba para éste. La clase dominante ha procurado obtener grandes beneficios en el corto plazo, objetivo agravado por “un nivel decididamente insuficiente de la inversión de capital, causada por una persistente tendencia del sector empresario a desplazar hacia el atesoramiento, o hacia el consumo ostentoso, una cuota desproporcionada de su masa de beneficios”, como explicaba el profesor  Alfredo Pucciarelli en La Primacía de la política (1999).

El capitalismo moderno en los países desarrollados fue obra principalísima de la burguesía industrial que se impuso por la guerra (Estados Unidos) o por acuerdos luego de enfrentamientos más o menos beligerantes (Europa y Japón) sobre la clase de los terratenientes. En cambio, en nuestro país, éstos fueron los triunfadores, por lo que la industrialización y con ella la burguesía industrial se desarrollaron como subsidiarias de esos sectores.

Por este desenlace se conformó una burguesía nativa con una limitación de origen, su carácter dependiente, lo que la inhibió de construir un país con una economía diversificada y desarrollada, basando su fuente de divisas en la producción ganadera, luego agrícola y actualmente con un significativo componente industrial. Una manifestación política de esa escuálida conformación económica es que en Argentina no ha habido estadistas de la talla de Franklin Delano Roosevelt, elegido para cuatro períodos como Presidente de EE.UU. (1932/36/40/44), quien para salvar al capitalismo llevó adelante una política conocida como New Deal o Nuevo Trato, en contra de amplios sectores de la burguesía estadounidense. Con el mismo objetivo, John Maynard Keynes, economista del imperio británico, se enfrentó con los neoliberales que lo calificaban de socialista por intentar superar la crisis en que se debatían. En nuestro país, cuando Perón desde el Estado -como en Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica, y otros-  impulsó un proyecto de desarrollo industrial encontró la oposición de la propia clase que él pretendía beneficiar. Los dos relevantes estadistas y Perón actuaron no como representantes del empresariado sino como representantes de una clase: la burguesía.

Pensando en la clase obrera, el líder comunista y gran pensador italiano Antonio Gramsci, desde las cárceles de Mussolini, escribía que una clase ha de trascender lo que él denominaba una organización “económico-corporativa” para llegar a ser políticamente hegemónica. La burguesía argentina sin ninguna duda es la que ejerce la dominación política, económica y militar en nuestro país. Pero, tomando el concepto de Gramsci, la burguesía argentina, desde el punto de vista estrictamente capitalista debido a su carácter dependiente, no logró consolidar su hegemonía sobre el conjunto de la nación, y menos proyectarse internacionalmente como clase dominante.

Esa dependencia es la que explica que no haya sobrepasado completamente su estadio corporativo. No es ésta una disquisición sin importancia que está en la base de muchos debates de los especialistas. Un sector afirma que la burguesía aspira a maximizar sus ganancias y con eso explican la visión de corto plazo de la burguesía argentina. Otros buscan convencer a los capitalistas de que sean buenos e inviertan para el desarrollo. Los primeros confunden al empresariado con la clase capitalista, los segundos no sacan las conclusiones de la historia: la clase capitalista argentina no actúa como tal sino como empresariado rentístico. Es oportuno aclarar que en esta etapa del capitalismo -en su fase superior dominado por el capital financiero especulativo y orientado a la depredación de la naturaleza- no será de él de donde surjan las soluciones para el bienestar de los pueblos.

Los sectores monopólicos de la burguesía nacional y trasnacional, justifican su baja inversión en la falta de leyes especiales que le garanticen una alta rentabilidad más allá de su eficiencia o ineficiencia, y en que el mercado interno es estrecho, pero sus políticas no han hecho más que estrecharlo dejando a gran parte de los trabajadores fuera del mercado, es decir, como desocupados y subocupados. Por ejemplo, la industria manufacturera líder, muy extranjerizada, es la automotriz porque permite una relativamente rápida recuperación de la inversión, pero no se invierte en rubros estratégicos como las industrias ferroviaria, naviera, aeronáutica, química, petroquímica, cibernética y en la tecnología para desarrollar esas ramas industriales. Como son estos sectores en los que se introduce mayor cantidad de trabajo humano, condenan al país a consolidar la dependencia y altas tasas de desocupación.

Unos pocos datos son más contundentes que cientos de discursos

Para darle sustento cuantitativo a lo afirmado haremos una comparación de la evolución del peso de la industria en el PBI global.  Tomando por referencia tres años claves: 1975, fin del período de sustitución de importaciones e inicio del período neoliberal. 1997 año en que la convertibilidad alcanzó su plenitud, y previo a la profunda crisis a que condujo esa concepción económica. Finalmente 2012, es decir la actualidad, luego de 10 años de recuperación kirchnerista.

Entre 1975 y 1997, transcurridos 22 años, el PBI industrial retrocedió 11,2 puntos del total. Y entre 1997 y 2012, en un lapso de 15 años, ese porcentaje siguió bajando, ahora en 2,4 puntos más.

De los datos de la tabla (ver abajo) surge que, en 2012 la industria manufacturera, es decir lo producido por las fábricas, no llega al 17,5 % del PBI nacional. Un trabajo complementario debería analizar la composición de éste, la tecnología que utiliza, si es competitiva a nivel internacional, etc.

Podemos concluir que la política económica neoliberal destruyó gran parte de la ya muy limitada industrialización del país. Pero los más de 10 años, 11 y medio si le agregamos los meses que gobernó Duhalde cuyo ministro de economía fue el mismo que en la mayor parte del mandato de Néstor Kirchner, sólo logró atenuar una caída que prosiguió.

Aceptando que las intenciones del kirchnerismo respecto de las retenciones móviles de la resolución 125 hubiesen sido para destinarlas a la industrialización y el desarrollo, esa política fue derrotada por las entidades agrarias. Derrota que el gobierno no ha podido revertir debilitando los supuestos objetivos estratégicos.

En esta nota hemos intentado explicar los límites históricos del conjunto de la burguesía argentina. En otra  anterior nos detuvimos en informar sobre la convicción del gobierno de volcar a una supuesta burguesía nacional hacia el desarrollo del país y la imposibilidad de esa quimera. La tarea del desarrollo y la industrialización de nuestro país deberá hacerse pensando en las necesidades estratégicas y no en la rentabilidad capitalista. La historia y el presente nos enseñan que serán necesarios gobiernos dirigidos por el pueblo trabajador sin las limitaciones de cualquier fracción de la burguesía nacional. Se requerirán grandes conocimientos técnicos y científicos, pero en la misma proporción la decisión inquebrantable de alcanzar el desarrollo junto a la independencia económica y la justicia social, en el marco de una integración latinoamericana no capitalista sino con rumbo al socialismo.

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