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Mientras el oficialismo improvisa diferentes fundamentaciones para responder a la creciente inflación y recesión, y la derecha lo toma como respuesta natural del mercado, los trabajadores pagan la crisis con despidos y suspensiones.

Y al fin llegó. Después de muchos llamamientos, catastrofismos y negaciones desde uno y otro lado de las tribunas mediáticas, la recesión volvió a la economía argentina tras doce años de fiel ausencia. Pero ¿qué significa la recesión? En términos técnicos, es un fenómeno que surge en la disminución sostenida del Producto Bruto Interno (PBI) y, según qué medición se tome, corresponde a dos o tres trimestres económicos. Es decir que se trata de la caída de la producción por un período prolongado en un país.

Más allá de lo que los economistas y la academia puedan definir y delimitar, en Argentina la recesión llegó con la publicación por parte del INDEC de los datos económicos sobre el primer trimestre del año. Si vamos a los números, para marzo, la caída representó el 0,9% a los que se le suman los resultados del trimestre anterior -de octubre a diciembre de 2013- que había disminuido 0,5%.

Darle pan al que tiene muchos dientes

En el país, la recesión viene acompañada con una fuerte inflación que, promediando los últimos seis años, supera ampliamente la media global e incluso latinoamericana, estimándose que en los últimos meses, la aceleración de la misma supera el 25%.

Sólo hace falta ir al supermercado para notarlo. Pero también se lo puede identificar en una disminución generalizada del consumo, que figura como desencadenante, y parte, de un ciclo en el cual los siguientes factores se unifican y retroalimentan: la falta de inversión, de producción y de trabajo.

Aunque la ciencia y la academia se unifiquen en criterios, los fenómenos económicos que afectan al país no pueden explicarse de manera unicausal, sino que la economía y sus procesos, se deben explicar mediante un fino análisis estructural y contextual.

En el caso de Argentina, la complejidad suele ser de un grado mayor por las particularidades históricas de la producción del país, en conjunto con la fuerza y presión política que ejercen ciertos sectores de poder en la puja por la distribución.

Con excepción del agro y algunos otros sectores aislados, el dólar, los precios, la producción y la inflación van de la mano y se explican y reproducen en conjunto.

Los capitales radicados en el país tienen siempre una productividad de trabajo inferior a los promedios internacionales, las empresas, nacionales o extranjeras, que producen en nuestro suelo, tienen como histórica falencia la no inversión en tecnología más avanzada, lo que hace, en términos técnicos, que para la producción deba emplearse más tiempo socialmente necesario que las empresas que se dedican a la misma rama en el exterior.

Los precios de las mercancías están sometidos y definidos internacionalmente, sumado a esta ‘inferioridad’ en la competitividad internacional, la producción en el país se encuentra fuertemente condicionada por la depreciación del tipo de cambio, lo que significa que el peso pierde poder de compra con respecto a la moneda extranjera, sobre todo, estadounidense. Es decir, el valor de cada minuto, cada hora de trabajo se ve minimizado a una parte del valor del mismo, y para la misma rama de producción, que a nivel internacional. En este marco, cuando el empresario capitalista ve una obstrucción en la generación de plusvalor, infla los precios y utiliza el salario como medida de ajuste. Hoy en día, esto funciona para garantizar mayor grado de competitividad, en su lógica, reducen la participación de la fuerza de trabajo en el valor de la producción, lo que genera un margen mayor de ganancia.

En los últimos años, Argentina tuvo uno de los crecimientos más altos de toda su historia, pero esto no se vio reflejado en la inversión productiva. La industria automotriz, que ha liderado el crecimiento económico, ha sido la primera en iniciar un retroceso productivo.

El gran problema radica en cómo se piensa la economía, para quién y de qué manera va destinado su desarrollo. El kirchnerismo, como vinimos analizando anteriormente en esta sección, apostó a un modelo ‘neodesarrollista’, intentando, a toda costa, la creación de una burguesía nacional, que tome las riendas y se haga cargo del desarrollo del país.

Si vamos a la realidad concreta, sólo una de cada tres de las quinientas empresas más grandes del país -que representan un 26,5% del valor agregado bruto nacional- está en manos de la ‘burguesía nacional’. No sólo eso, sino que no se ha modificado el peso de los monopolios y oligopolios, expresado en que 20 empresas concentran casi la mitad de las exportaciones del país, y las primeras 200 un 6%.

Nota completa en edición impresa. Mascaró #24 de Agosto 2014.

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