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Por Juan Grigera

* Docente e investigador de CONICET, de la Universidad Nacional de Quilmes y de la Universidad Nacional de La Plata.

 

Una versión más extensa de los argumentos de este artículo puede encontrarse en Batalla de Ideas número 4, 2013.

Que la economía argentina ha registrado un importante crecimiento desde la crisis de 2001 es innegable, pero afirmar ésto y contar con una interpretación de los cambios que ésto ha significado son cosas distintas. A pesar de las diferentes caracterizaciones de oficialistas y opositores, las principales visiones de la posconvertibilidad descansan sobre un mito fundante que les es común: una idea peculiar de desindustrialización y un conjunto de supuestos ideológicos y teóricos anacrónicos sobre el rol de la industria en el capitalismo contemporáneo. Este artículo entonces, desenmascara la gramática industrialista que agita la sintaxis del kirchnerismo, pero también de sus críticas populistas, para plantear la necesidad de una construcción teórica y política alternativa e independiente.

El régimen de “acumulación productiva con inclusión social”

Recientemente Axel Kicillof sostuvo ante el Senado que desde 2003 “estamos industrializando a tasas inéditas en la historia la economía nacional […], hemos dado vuelta la estructura productiva argentina”. Esta supuesta reconfiguración del tejido productivo habría “posicionando a la industria como dinamizadora de la producción y el empleo […] para revertir la desindustrialización de la dictadura”. Desde 2003, continúa, “aumentó la productividad, los salarios y la exportación de manufacturas industriales”.

Sin embargo, la mayor parte de estos argumentos son de una debilidad considerable. Buena parte de las afirmaciones son sólo exageraciones sostenidas en comparar rasgos actuales con los años de la crisis (2001 o 2002) antes que con la década del 90. El esfuerzo por inaugurar en 2003 toda estadística y relato tampoco es justificado, ya que buena parte de las características de ‘modelo’ son medidas de Lavagna bajo la administración de Duhalde. Pero por sobre todo, el sector industrial guarda muchas más continuidades con la convertibilidad de lo que este diagnóstico sostiene. Por ejemplo, la participación de la industria en el PBI creció hasta 2004, pero luego cayó y desde 2008 se ubica por debajo de los valores de 1997. Tampoco hay diferencias en la creación de empleo, donde el aporte de la industria manufacturera es notoriamente menor que el del sector servicios y la construcción y, prácticamente insignificante, después del año 2007.

Reindustrialización, pero sin “desarrollo”

Estas continuidades son reconocidas por autores como Azpiazu y Schorr, quienes hablan de una reindustrialización “acotada cuantitativa y cualitativamente”, en tanto no se ha convertido en vertebradora del crecimiento, sino que se concentra en algunas ramas y carece de encadenamientos “hacia adelante” o “hacia atrás”, es tecnológicamente dependiente y no constituye sustantivos aportes al crecimiento del empleo. También señalan los efectos limitados en la distribución del ingreso, los niveles altos de extranjerización de la industria y la ausencia de una burguesía nacional “virtuosa” que lidere el proceso.

Pero estas tribulaciones provienen de una tensión puramente teórica. La industrialización es para estos autores un “tipo-ideal” que debiera ser la “locomotora del crecimiento y el núcleo ordenador de las relaciones socioeconómicas” y sin embargo, comprueban (una y otra vez) que no lo es. Las paradojas de la “reindustrialización no integrada no son más que las características estructurales de la industria en el capitalismo mundial contemporáneo y la utopía de una política que pueda transformar el desarrollo efectivo del sector hacia el tipo ideal propuesto, no es más que un ejercicio anacrónico y voluntarista destinado al error”.

Nota completa en edición impresa. Mascaró #17 de Noviembre 2013.

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