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La inflación proyectada para el año supera ampliamente lo prometido por Cambiemos. Tanto socios de la Alianza gobernante como opositores mediáticos critican la falta de cintura del macrismo ante el creciente descontento de las bases obreras.

 

“El crecimiento económico se sentirá en los bolsillos de la gente antes de las elecciones”, afirmó Marcos Peña luego de la difusión por el INDEC del índice inflacionario de marzo, que vino a desmentir por infinita vez los pronósticos apologéticos de la alianza gobernante. Así, el Jefe de Gabinete salió a intentar contrarrestar un nuevo fracaso, no sólo de su programa económico, sino también de sus facultades predictivas. Junto a Mauricio Macri, Peña ostenta indudablemente el record de vaticinios no cumplidos: “la devaluación ya está descontada y no se va a ir a los precios”, “en el segundo semestre comenzará el crecimiento”, “el año 2017 empieza con algunos ´brotes verdes´”, entre otras joyitas.

El 2,4% de inflación para marzo, con un acumulado de 6,3% en el año, entierra definitivamente la meta inflacionaria de entre 12 y 17 % fijada, para este 2017, por el equipo económico. Aunque la recesión y la crisis industrial persistan, el índice no va a bajar porque los empresarios compensan (o intentan compensar) la caída del consumo con los aumentos de precios, como lo prueban las subas por encima de la media en los rubros de alimentos y bebidas, y porque esos aumentos responden también, en gran medida, al de los costos de producción como resultado de los tarifazos que afectan la energía y los combustibles.

Esta es, justamente, la “trampa del modelo” que varios economistas “heterodoxos” intentan sin éxito despejar: ¿por qué la caída del consumo no provoca una caída definitiva del índice inflacionario? Es que resolver la incógnita exige salirse del punto de vista empresario pequeño y mediano, y colocarse en el punto de vista de la economía en su conjunto: aunque el rechazo popular al plan económico es notorio, y así lo prueban las millonarias manifestaciones callejeras, el gobierno sabe que su rumbo es, dentro de los límites del capitalismo, el único posible. Y allí está la clave de su éxito. La reorganización del esquema tarifario en base a la progresiva eliminación de los subsidios, por ejemplo, que es una de las causas fundamentales de la persistencia del fenómeno inflacionario, no sólo es indispensable, sino la única salida posible fuera de la estatización de los servicios. Y está claro que tal medida está fuera del rango,  no sólo de Cambiemos, sino del conjunto de la oposición. En ese contexto, los slogans del macrismo vienen a ser imprescindibles, aunque cada vez más ineficaces, mentiras destinadas a ganar tiempo.

Efectivamente la recesión, la rebaja del salario real y la liquidación de franjas enteras de la economía argentina junto a la modernización y expansión de las más competitivas y eficientes, son las verdaderas metas del plan macrista: ese es el camino para insertar a la economía argentina en el mercado mundial, en las condiciones que el mercado mundial impone hoy. Por eso lo inexplicable se vuelve perfectamente explicable: al salto inflacionario de marzo se le responde con un salto gigantesco de la tasa de interés, cuyo fin es asfixiar a las pymes y acelerar la reconversión económica. Por eso, y a pesar de que el “ala política” (con la mismísima Lilita Carrió a la cabeza, el ministro del interior Frigerio junto a medio gabinete y hasta el propio titular de la cartera económica Dujovne) se opongan, el Presidente del Banco Central Federico Sturzenegger mantiene y mantendrá a rajatabla el rumbo recesivo, consciente además, y así lo ha expresado públicamente, de que cuenta con el apoyo incondicional de Mauricio Macri. Ni siquiera tiene que consultar.

Como a Aranguren el año pasado, que estuvo al borde del abismo a consecuencia del descontento popular por el tarifazo, Macri está obligado a sostener al jefe del Banco Central, porque es un garante del curso económico impuesto y una señal política a los inversores nacionales y extranjeros. Así, Sturzenegger se ha convertido en el verdadero ministro de Economía del macrismo, y el principal ejecutor del programa de crisis industrial con el que el gran capital proyecta reorganizar  la economía argentina. El ala política de Cambiemos, como la oposición kirchnerista y massista, representantes de las fracciones más atrasadas y débiles de la burguesía argentina, son absolutamente impotentes a la hora -no ya- de frenar, sino siquiera de poner límites al plan económico o a sus consecuencias.

Hasta ahora, los únicos límites han llegado de la mano de las luchas de los trabajadores. El 8 de marzo, un día después de la histórica movilización de la CGT, el gobierno salió a anunciar la moderación de los monstruosos reajustes tarifarios que pensaba aplicar en el curso del mismo marzo. El ministro de transporte, Guillermo Dietrich anunció la suspensión “hasta nuevo aviso” de los aumentos en trenes y colectivos, así como de subas en algunos peajes. Aranguren debió desglosar en tres la suba del gas prevista para abril; el aumento del agua se aplicará a partir de mayo, y se redujo al 23% cuando originalmente se planteaba un alza en marzo del 50 %.

Del mismo modo, en el terreno de la reconversión industrial, han sido las ocupaciones de fábrica, con Artes Gráficas Rioplatense (AGR) como ejemplo, las que han limitado la ofensiva empresarial. La política de reemplazar obreros “viejos y caros” por “jóvenes y baratos” ha encontrado en esas reacciones la única resistencia seria. Los llantos de los empresarios pyme reclamando subsidios y cierre de importaciones no han horadado en lo más mínimo el rumbo del plan económico. En cambio, numerosas plantas siguen en pie o en perspectiva de reapertura por la movilización de sus trabajadores, rodeados de la solidaridad popular, como en la ATANOR de Baradero. En el propio corazón de la industria más moderna,en Volkswageny General Motors, la lucha contra los despidos disfrazados de “suspensiones eternas” está abierta. En Canale, los trabajadores han logrado impedir el vaciamiento y se preparan a recibir a un inversor extranjero con sus derechos intactos. En ese contexto se hace evidente que imponer otro paro nacional de la CGT tendría un efecto económico mucho más poderoso que el que tienen las críticas a Sturzenegger dentro de Cambiemos, o los reclamos heterodoxos de las pymes y sus expresiones políticas: el massismo y el kirchnerismo. Es que las luchas obreras también influyen sobre el curso de la economía y son un anticipo de la única salida favorable a las masas trabajadoras: un plan económico bajo control y dirección del pueblo trabajador.

 

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