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Lejos de sorprender, Cambiemos implementó las medidas que se anunciaban, las que se sospechaban y las que le habían encargado, todas juntas. Rupturas, continuidades y resistencias de una economía que beneficia a unos pocos y que pagaremos todos.

 

La política económica del gobierno de Macri no es más que la profundización del giro ortodoxo que el gobierno kirchnerista había iniciado a partir del fracasado blanqueo de capitales, que puso fin a la “epopeya” de la pesificación. La inevitable salida del cepo, cuya única alternativa favorable a los intereses obreros y populares era la estatización del comercio exterior, se hizo retomando el esquema de flotación del dólar que caracterizó a la mayor parte del período kirchnerista. Incluso la eliminación de las retenciones se hizo a un ritmo más lento que el que planteaba el equipo sciolista: un 5 % anual para la soja en lugar del 10% propuesto por Bein.

La remarcación de precios ha sido escandalosa  pero, hay que decirlo, el gobierno kirchnerista no movió un dedo para evitarla antes de irse. Prefirió que el macrismo pague el costo antes que aliviar el peso de los aumentos en los bolsillos populares, en línea con la táctica polarizadora que llevó a la victoria al candidato derechista. Recordemos que Cristina, en el único párrafo económico de su discurso de despedida, a la vez que echaba la culpa al gobierno entrante de los aumentos de precios, llamó a la gente a ser “comprensiva” con los remarcadores.

Esta situación configura lo que los economistas heterodoxos definen como “transferencia de recursos” de las clases pobres a las clases ricas. Con este concepto los nacionalistas encubren el hecho de que tales medidas benefician al conjunto de la clase capitalista, y no sólo a las empresas extranjeras y a la burguesía terrateniente. Oscurecen, además, el carácter de clase del Estado reforzando la idea de que el control de la estructura estatal permite resolver el problema de la distribución del ingreso sin tocar el régimen de propiedad privada.

La manera en que el problema es explicado por estos economistas oculta además el hecho de que la clase obrera es la única creadora de valor. Los “recursos” parecieran una especie de suma fija que se reparte y se transfiere de unos grupos a otros en función del interés o la ideología del partido que dirige circunstancialmente el Estado. De lo que se trata, en realidad, es de un aumento directo de la tasa de explotación de los trabajadores derivada de la desvalorización del salario, producto del encarecimiento de sus medios de vida. Tal aumento se combina con la desvalorización del salario nominal en dólares, lo que implica un aumento proporcional de la tasa y la masa de ganancia de todo el capital invertido en el país en relación al mercado mundial, lo que beneficia especialmente a las empresas y bancos de capital extranjero y a las nacionales vinculadas al comercio exterior.

 

En defensa de Moreno

El fracaso del programa kirchnerista está relacionado directamente con la carencia de capital nacional suficiente para afrontar la inversión necesaria  para modernizar y expandir la economía capitalista argentina. De aquí brota, como lo hemos señalado muchas veces,  el carácter utópico de tal programa. La utopía nacionalista burguesa pareció posible en las condiciones surgidas de la crisis del 2001 en que la economía pudo recomponerse sobre la base de una devaluación del peso del 200% que produjo una  rebaja salarial qué abarató la producción nacional y funcionó, de hecho, como una gran barrera arancelaria.

Fue la política económica hegemonizada por Guillermo Moreno la que representó, paradójicamente, el período de mayor progresividad del kirchnerismo. Falseando estadísticas y con la pistola sobre la mesa, según corren los rumores, Moreno pretendía disciplinar al empresariado mediante una suerte de jacobinismo al estilo de la orden de Saint Just: “Necesito 20 mil zapatos para mis soldados, busque 10 mil aristócratas y déjelos descalzos”. Pero esta política sólo podía tener sentido como primera fase de un proceso de construcción de una economía planificada, algo que estaba absolutamente fuera de la cabeza del kirchnerismo. En esas condiciones, tal política no podía más que fracasar.

La caída de Moreno y el ascenso de Kicillof marcan el final de esa etapa “progresiva”. La última oportunidad del programa nacionalista burgués fue el intento de rascar la olla petrolera estatizando YPF para asociarse al capital extranjero en la explotación mediante el carísimo y contaminante sistema de fracking en los yacimientos de Vaca Muerta. La caída estrepitosa de los precios del petróleo terminó con este sueño póstumo. Al “izquierdista” Kicillof no le quedó más remedio que iniciar el penoso camino de retorno a los mercados, pagando al CIADI, al Club de París, a REPSOL, etc., sumas fabulosas con el fin de acceder al financiamiento externo. El veto de los buitres, expresado por las resoluciones de Griesa, fue la señal de que el imperialismo no estaba dispuesto a permitir el retorno al mundo sin un cambio de gobierno…

Nota completa en edición impresa. Mascaró #34, Marzo – Abril de 2016.

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