COMPARTIR

Los resultados de las PASO envalentonan al gobierno, a las grandes empresas y al establishment financiero. No obstante, no implica un acuerdo mayoritario de la sociedad con la política económica de Cambiemos. Algunas previsiones para antes y después de octubre.

 

Sin dudas, el último resultado electoral trajo tranquilidad al establishment económico. Aunque Cambiemos tuvo, desde el 83, el peor desempeño electoral de un oficialismo en primeras elecciones, la incapacidad del kirchnerismo para levantar cabeza operó como un bálsamo en los nerviosos ánimos del empresariado. No es que les preocupe la figura de Cristina en sí, sino su base social, a la que tendría que rendirle cuentas con, como mínimo, una gradualización del ya gradualizado ajuste macrista.

Repasemos un poco el desarrollo “político económico” del año. La salida de Alfonso Prat Gay representó una señal para los monopolios nacionales y extranjeros de que el gobierno había comprendido que el ajuste gradual es imposible. La coalición Cambiemos crujía a causa de la exclusión del niño mimado de Lilita Carrió, y del descontento de los radicales con el “viraje ortodoxo”, pero sobre todo, con la escasez de cargos que le tocaban al partido más que centenario. Se preparaban para comerse los chicos crudos, hasta que el ciclo de movilizaciones que se abrió con la marcha docente y la marcha cegetista del 6 y 7 de marzo, y se cerró con la movilización contra el 2 X 1, los bajó de un hondazo. El notorio empeoramiento del humor social hacía prever un resultado electoral desfavorable, que habría hecho trizas al plan de ajuste y habría recrudecido las condiciones de las luchas sociales.

De manera que el gobierno se vio obligado a retomar, aunque sea provisoriamente, el gradualismo: inmediatamente después de la marcha del 7 de marzo, todos los ajustes tarifarios previstos fueron suspendidos hasta después de las elecciones de octubre. En la provincia de Buenos Aires, Mariu Vidal, terminó retirando los ítems “estructurales”, como el presentismo y el salario por mérito, del plan que pretendía imponer a los docentes para poder pactar con los sindicatos un acuerdo que le quitara de encima al ministro de Educación Esteban Bullrich (candidato a Senador de Cambiemos), el peso de tener que afrontar una campaña electoral sin haber podido solucionar el conflicto de su propia área.

Pero si el gobierno debió en parte retroceder, sobre todo para no dejar sin margen de maniobra a los burócratas sindicales, de cuya conducta traidora depende como de ningún otro actor la estabilidad política y social del capitalismo argentino, no lo hizo en cambio el empresariado. El recrudecimiento de la ola de despidos, motivada en parte por la abrupta caída de las ventas, pero no en menor medida por la decisión de debilitar a la clase obrera, sacudió el tablero político y puso en primer plano el tema de los despidos y su relación directa con el propósito flexibilizador que guía a la burguesía. Este clima preelectoral convulsionado, que hacía prever mejores resultados para el cristinismo, fue el que llevó a los mercados a plebiscitar la política económica en la semana previa a las PASO. El alza del dólar a 18 pesos ejerció una presión directa sobre una franja del electorado que, aún descontenta con la política económica y sus consecuencias, prefirió “mantenerse en el cambio”, al menos hasta octubre (O no, si la situación sigue empeorando).

 

Durán Barba y Sturzenegger: jefes de campaña

Justamente porque la mayoría de Cristina es tan ajustada y además, se ha provincializado, es que la estrategia duranbarbiana de retener al votante puro de Cambiemos da resultado. Un pequeño apriete de la city basta, al menos por ahora, para torcer el rumbo del comicio y conseguir el o los puntitos que faltan para ganarle o empardarle. De los 9 millones de votantes de la provincia de Buenos Aires, el grueso de los 3 millones de Cambiemos representan ni más ni menos que a la burguesía y a la pequeña burguesía acomodada, que votó a conciencia y en masa para sostener a un gobierno débil y “contra la corrupción”, con algún puntito adicionado en sectores trabajadores desorientados. Con eso alcanza: más que un triunfo de Vidal, un nuevo fracaso de CFK.

Pero el duranbarbismo político tiene también su correlato económico en la inquebrantabilidad doctrinaria del hiperortodoxo presidente del Banco Central, Federico Sturzenegger. Con el respaldo decidido del propio Macri, el recientemente sobreseído estafador del Megacanje mantuvo a rajatabla las tasas altas, y sin el respaldo de Macri, también. Efectivamente, con inflexibilidad casi bolchevique, Sturzenegger resistió hasta último momento las presiones de Vidal primero, y de Nicolás Dujovne después, a la hora de salir a cortar la jugada alcista de los mercados con el precio del dólar. Esto fue así a tal punto, que la gobernadora bonaerense ordenó al Banco Provincia salir a vender cuando ya se veía que el alza desembocaba en corrida, y la suerte electoral pintaba mala. Sólo la intervención del propio Macri, llamando al orden a su protegido, logró que finalmente Sturzenegger saliera a bajar el precio de la divisa.

Según se rumorea en la city, la jugada principista le costaría a Sturzenegger la independencia política y el favor del propio Macri. Así parece demostrarlo la designación de Enrique Szewach como nuevo Director del Banco Central, en reemplazo del echado kicillofista Pedro Biscay. Szewach fue vicepresidente del Banco Nación durante la presidencia de Carlos Melconián, renunciado como consecuencia de su rivalidad con la política económica ultraortodoxa de Sturzenegger, especialmente con su inflexibilidad a la hora de mantener tasas de interés por las nubes. Szewach, al igual que Melconián, es un ortodoxo “con muñeca política”.

Sin embargo, la lectura de los resultados electorales parece darle más la razón al duranbarbismo económico representado por Sturzenegger, que al ala política de Cambiemos. En condiciones de impotencia del oponente, parece que nada trae mejore réditos que la intransigencia económica. El aquietamiento de las aguas después de la elección y la estabilización provisoria del dólar debajo de los 18 pesos, parecen haber dejado contentos a todos. Expresando los deseos de la burguesía terrateniente y del capital invertido en el agronegocio, el ministro radical de Agroindustria Ricardo Buryaile declaró que “cualquier dólar que esté a más de 17 es mejor para el agro”, y calculó que, teniendo en cuenta las necesidades del mercado interno, el precio podría quedar en $17,50.

Del mismo modo, Sturzenegger pudo darse el lujo de mantener las tasas por las nubes, en la licitación del martes 16, en la que vencían 550 mil millones de pesos en Lebacs. Aunque la renovación dejó afuera 100 mil millones de pesos, el banquero mantuvo la tasa convencido de que esa masa gigantesca no se iría al dólar. La explicación del gobierno es que el grueso quedará en los bancos, como resultado de los requisitos de encaje, y que la ANSES no renovó su stock de lebacs, como consecuencia de su necesidad de pesos líquidos para satisfacer la demanda de créditos de la línea Argenta. En los tres días siguientes al 16 de agosto se duplicó el volumen de negocios de los papeles accionarios del MERVAL, con el grueso de la demanda orientado a las empresas energéticas: los inversionistas salen a la caza de las ganancias que dejarán los tarifazos post electorales.

La fórmula de economía política con que el duranbarbismo económico se encamina hacia octubre no parece apartarse un ápice de lo hecho hasta ahora. Tasas altas para satisfacer a los inversionistas sin riesgos de una disparada del dólar, mantenimiento del ritmo inflacionario alto pero estable y rienda suelta para continuar la ola de despidos apoyada en la contracción de la demanda. Y sin necesidad del auxilio del ala política.

 

 

SIN COMENTARIOS

RESPONDER