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Con los ojos del mundo posados sobre la Copa Confederaciones de Fútbol, a un año del inicio del Mundial y a tres de los Juegos Olímpicos, el pueblo brasilero ha decidido salir a las calles y visibilizar una realidad no contada sobre la gran potencia de sudamérica.
Brasilia. Estadio Mané Garrincha. 16 horas. 71.000 personas aguardan el inicio del partido entre Brasil y Japón que abre la Copa Confederaciones. Cuando ingresan la presidenta del país anfitrión y el presidente de la FIFA, Joseph Blatter, baja de las tribunas un potente abucheo y silbidos.

La historia comienza antes. Ya en marzo se registraron movilizaciones, con la protesta del Movimiento “Passe-Livre”. Con el aumento del boleto del colectivo en mayo, se multiplicaron las respuestas. El pico de atención -y tensión- mediática ocurrió tras la protesta del jueves 13, día en el que se dio marcha atrás con el aumento y la tarifa volvió a su valor de 2,70 reales.

Las principales manifestaciones se centraron en Brasilia, San Pablo, Río de Janeiro y Belo Horizonte. Días después, se habla de llegar al millón de participantes en 80 ciudades.

Las marchas son pacíficas. Hay cánticos alusivos a la convocatoria a través de redes sociales masivas y se comprende un componente de jóvenes que asimila esta movilización a las de los estudiantes en Chile. En el sinuoso análisis comparativo con otros sucesos de esta índole, resulta difícil trazar un paralelo con los multitudinarios cacerolazos ocurridos en Argentina. Aun más cuando se reflejan dos consignas principales que distan de los reclamos que se escucharon por acá o, por ejemplo, en la Primavera Árabe que quería derrocar gobiernos y/o dictaduras.

Se protesta por el aumento del transporte y los gastos para la Copa Confederaciones, el Mundial del año próximo y los JJOO. La tercera la agregó el Estado: la política represiva hizo honor a la Policía Militar brasileña, quien la ejecutó nuevamente, por lo que el “No” a la Represión llega de la mano de los anteriores reclamos.

La primera mandataria, Dilma Rous-seff,  promete  escuchar.  Pero  también dice que “es propio de los jóvenes mani-festarse”, esquivando el eje del  reclamo, especialmente  cuando  pide  que  haya protesta  “pacífica”.

Pero  la  sumatoria  de  reclamos  es mayor. Y  aquí  aparecen  las  principales incógnitas  de  la  política  y  la  economía carioca, por sobre todo, con una forma de encarar un modelo de desarrollo que responde al lugar que ocupa Brasil como sexta economía mundial. Transporte,  salud,  educación, todo a partir de y a través de una estrategia de visibilización de la protesta con el enchufe de la Copa Confederaciones. Y lo que parece un simulacro puso en  jaque la continuidad de la Copa.

20 centavos

La periodista Eliane Brum se pregunta “¿Cuánto valen 20 centavos?”. Es el costo del boleto, la principal y única victoria concreta de las manifestaciones, retrotraer el precio. Esos 20 centavos “no son veinte centavos”, escribe Brum en Revista Época de Brasil, son el símbolo de un movimiento, y de la respuesta estatal a éste, como lo fue el gatillo. Pero también esos 20 centavos son “lo que une a los distintos movimientos en uno”.

Las primeras marchas se registraron en San Pablo y Río, aunque fueron muchos los municipios que dieron marcha atrás con el aumento. Lo que quedó claro es que la protesta es al gobierno y a “la derecha”. El anuncio para reducir el costo del boleto lo realizaron el socialdemócrata Geraldo Alckmin y  Fernando Haddad, del PT. El primero es el gobernador de San Pablo y Haddad es el alcalde de la ciudad. Es decir, oposición y gobierno tomando una decisión, para luego ser avalados por Dilma también en la represión.

El periodista Bruno Bimbi, quien actualmente reside en Río, explica otra razón del descontento social, a partir de una relación muy particular. El gobernador de Río de Janeiro se llama Sérgio Cabral Filho, pertenece al Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), aliado al PT y a la Presidenta. Su cónyuge, Adriana Ancelmo, es abogada y trabaja con la empresa de transporte urbano Supervía, en la concesión de los subtes. Su padre es Jacob Barata, empresario que fundó el Grupo Guanabara. Además banquero, Barata controla el 25% del total de la flota de colectivos. La cercanía puede traer a la mente algunos recuerdos del pasado cercano de Argentina, sin ir más lejos.

La explosión de protestas en todo el país reflejó una heterogeneidad que desmiente que esta movilización sea de derecha, y aquí hay que volver al problema de las comparaciones. No hay que bajar la guardia y descuidar la posible influencia de sectores reaccionarios cuyas intenciones disten de ser democráticas. Pensar un golpe al gobierno brasileño, hasta el momento, parece descabellado, y una mala forma de defender la política represiva en un giro hacia la derecha en varios aspectos políticos por parte de Dilma.

Nota completa en edición impresa. Mascaró #13, julio 2013.

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