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Fernando Signorini fue preparador físico personal y del cuerpo técnico de Maradona, vivió desde adentro cuatro mundiales y trabajó con Bilardo y Menotti. En el mes del inicio de la Copa del Mundo en Brasil, el profesor llama a humanizar el fútbol para que deje de ser una mercancía.

Hace cuatro años, un día después de que la selección Argentina de Fútbol quedara eliminada del Mundial 2010 ante Alemania y ya no quedara nadie del plantel en Sudáfrica, Fernando Signorini dio un móvil televisivo desde la Villa Olímpica de Pretoria, donde eligió quedarse acompañando a los utileros a levantar lo que había quedado de aquel equipo de Maradona.

-A la FIFA no le importa el Mundial, ni el fútbol como práctica deportiva, ni mucho menos la salud de los futbolistas-, dispara Signorini.

-¿Y por qué usted sale a decir esto ahora?-, pregunta desde el estudio de TyC Sports el periodista Gonzalo Bonadeo.

-Lo hago simplemente porque lo pienso y porque ahora a esta charla la están mirando miles de personas. Estaría faltando a mi responsabilidad si no aprovechara la posibilidad de transmitir a un público masivo lo que siempre he dicho y pensado.

Hace pocos días, Fernando Signorini presentó su libro “Fútbol, llamado a la Rebelión. La deshumanización del deporte”, desde donde persigue esa misma idea: dar una batalla, aunque sea desigual, ante las corporaciones que manejan la industria del fútbol.

En el libro, como en su vida, aparecen varias veces los nombres de Maradona, Menotti, Bilardo, Valdano, Cappa, Messi. Pero más allá de los apellidos y de los acontecimientos reseñados en su Currículum Vitae, el profesor se para desde el lugar de formador-educador. Entonces saltea sin problemas el dilema de decir lo que piensa y no tener que responder a los preparadores físicos que sostienen que la posición de Signorini de quitarle protagonismo a la cuestión atlética desprestigia la profesión.

Según contó el entrenador a Mascaró: “La primera intención al encarar el libro era responder a una inquietud que me había lanzado el profe Pizzarotti hace muchos años, en la que él me planteó la posibilidad de escribir un libro en donde se hablara de la preparación en el fútbol desde el punto de vista conceptual, porque en general toda la bibliografía se basaba en fórmulas mágicas: de correr tantos metros, de tener tantos segundos de recuperación, trabajos fundamentalmente basados en el atletismo”.

Pero el libro “el llamado a la rebelión” va más allá de lo que se puede entrenar en la semana. “Con el correr del tiempo me fui dando cuenta de que muchas de las cosas que pasan dentro de la cancha tienen un correlato con lo que pasa afuera”, dice el profe y piensa en escritorios y estudios de televisión, “y ahí empecé a ver cómo se iba transformando el fútbol-juego en fútbol-espectáculo y cómo de a poco se transformaba en un gran negocio, hasta destrozar la esencia del juego y no importar más la instancia lúdica y formativa. El fútbol ha dejado de ser esa poderosa arma cultural a favor de la integración y la salud de los chicos para transformarse en algo bastante alejado a los fines para los cuales fue creado, como la mayoría de los deportes”.

El deporte como política pública

El profe tira para todos lados. Llama a la rebelión. Pero también apunta a un sector en particular: “los responsables de la situación a la que hemos llegado son los políticos de turno. Digamos que el responsable es el Estado. Porque el papel que juega el deporte en una sociedad depende de una política de Estado”.

El hecho de que desde muy temprano en su vida profesional comenzó a trabajar particularmente con Maradona y por eso no ejerció como docente en escuelas, como la mayoría de sus colegas, Signorini parte de la premisa de que “entrenar antes que nada es educar”. En tal sentido, el papel de un formador, de una persona que estará frente a un grupo “es conocer y fomentar lo humano en esos chicos. En el fútbol, como en las demás manifestaciones de la sociedad debe recuperarse el sentido humanista. Debe pensarse, en qué nos hace mejores esta práctica, o tomar esta decisión y no otra”.

En días en que por los televisores argentinos se intercalan discursos que hablan de mano dura y reclamos para bajar la edad de imputabilidad, Signorini observa que no hay una preocupación por instalar el debate en torno al deporte como política integral, e incluso como derecho humano.

“Ninguno de los candidatos presidenciables para el 2015 habla del deporte como política pública. Y creanme que para combatir el flagelo de las drogas en los jóvenes es más efectivo el deporte que la gendarmería”, dice el profesor y se apresura a aclarar que con esto no está pidiendo que los dirigentes del país hablen de fútbol u opinen si Carlitos Tévez debería o no ser parte de la lista de Sabella.

“Eso nos hace preguntar qué tipo de sociedad prefieren los gobernantes, si quieren un pueblo vulgar, donde desde los medios se intente hacer creer que cuando se va a un partido se va a la guerra, o que se defina como fracaso nacional no salir campeón del mundo, cuando hay pibes y pibas que mueren todavía por causas prevenibles, o niños que no tienen un plato de comida todos los días y familias sin techo. Ese es un fracaso”.

Fiebre mundialista

Signorini acompañó a Maradona y estuvo junto a los planteles argentinos en los mundiales 86, 90 y 94 (con Diego como jugador) y en 2010 como Preparador Físico del seleccionado. Es decir que conoce bastante bien de qué se trata lo que se viene para ese grupo de personas que, según las publicidades televisivas, deben ir a Brasil a dejar la vida por un país.

“Lo primero que hay que tener en claro es que un triunfo deportivo no solucionará los problemas que tenemos como sociedad, a pesar de lo que nos quiera hacer creer lo contrario el bombardeo propagandístico, que encima nos dice que somos los mejores, los que más aguante tenemos, que nos enfervoriza a defender la patria. Total si todo sale mal esos mismos se vuelcan y terminan matando y culpando de todos los males a esos 23 chicos que han tenido la suerte de jugar bien al fútbol pero que en su mayoría provienen de casas de cuatro chapas, donde sus amigos y parte de sus familias siguen viviendo. Es todo una gran hipocresía. ¿A quién le importa esa patria que son las villas?”.

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