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En Argentina no es nueva la idea de implementar el Ajedrez con fines pedagógicos. En el mundo, desde Rusia hasta Cuba le abrieron las puertas a esta experiencia. La revista Mascaró se acercó hasta la Escuela Técnica 8 de La Plata, único establecimiento público de la ciudad donde un grupo de alumnos juega Ajedrez con algo más que fines recreativos.

> Por Leandro Savoretti

Si bien el ajedrez es un juego de un gran entrenamiento intelectual no es casual que grandes ajedrecistas de la historia lo hayan aprendido desde su infancia. Tampoco es descabellado pensar que el ajedrez por sus cualidades de ejercicio y desarrollo mental esté considerado en varios países como una materia escolar más.

Gracias a una preceptora que llevó un tablero y le enseñó a sus alumnos a mover las fichas desde hace cuatro años los chicos de una escuela platense aprovechan la hora de almuerzo para descansar el cuerpo y agilizar la mente.

Es mediodía. En la Escuela Tecnológica Juan Bautista Alberdi E.E.S.T Nº 8 de la ciudad de La Plata falta una hora para que los alumnos de 7mo grado comiencen con los talleres vespertinos de carpintería y hojalatería.

En el hall central el ambiente es simple y austero: en silencio un puñado de chicos acomoda en columna doce mesas y de un lado y otro el par de sillas que corresponderán a los jugadores. El muro invisible que separa -y une- a los contendientes.

Sobre esas mesas habrá varios tableros de Ajedrez desplegados y las 32 fichas estarán listas para comenzar a moverse. El enfrentamiento ¿es entre dos? ¿O es una contienda con uno mismo? Es tiempo de aprender jugando.

El aprendiz

Norma Vanni en un artículo sobre el Ajedrez se plantea: ¿Un juego, un deporte como los demás? Peor, la lucha se plantea en términos de una mente, de sus posibilidades y potencialidades, que son finitas, contra otra igualmente finita. Pero lo psíquico es más, un alma, un soplo, batiéndose contra otra entidad psíquica. Oposición de almas. Y el alma es mucho más que el cuerpo.

Cristian Rojas empezó a jugar a los siete años. Ahora tiene doce y dice que desde hace meses lo practica con mayor rigurosidad. Para Cristian jugar en serio significa anotarse en torneos, leer libros teóricos-prácticos jugar partidas con varias personas a través de internet. Estuvo en el Club Español yendo a clases particulares hasta hace unas semanas atrás. Pero en estos últimos días no ha podido ir.

Ha leído un puñado de libros de Ajedrez por internet. “Lamentablemente en este último tiempo internet está muy lenta. Esos son los momentos en que te da gana de tirar la pantalla de la computadora por la ventana y que se haga bosta”.

A Cristian lo que más le gusta es “la capacidad que te da el Ajedrez de poder cambiar todo el plano, toda la idea del otro en un solo movimiento. El otro –el oponente- tiene una gran estrategia, igual que la tuya y lo podés hacer caer en un segundo sin que se dé cuenta. La cuestión está en ver esa posibilidad”.

Cristian dice mientras se termina el sándwich de milanesa “No creo que haya una manera de describir cómo es jugar Ajedrez porque la única manera de saber cómo juega una persona es jugar. Cada persona como tiene una forma de escribir o de hablar tiene una forma de jugar”. En ningún otro juego se expone de manera tan evidente la propia inteligencia, de manera tan exclusiva la posibilidad de una derrota.

Cuando se le pregunta cómo se caracteriza como jugador dice: “malo, pésimo” No soy comparable a ningún jugador”. En los torneos del colegio se presentó pero nunca pudo pasar la tercera ronda. “Después me han hecho bosta, no pude superarme hasta ese punto.” “No sé si voy a estar en otros torneos”, se resigna. Porque aclara: “no se puede describir cómo se siente uno al ganar una partida: vos ganas y es una masa, es un progreso personal. Pero al final nunca te quedas satisfecho”.

Es allí donde aparece la pesadilla retrospectiva: qué hubiera pasado de haber movido antes la torre, el caballo o el alfil de tal o cual manera. Y qué de haber estado más atento, mejor predispuesto. Por qué no observé los movimientos gestuales de mi rival, el rictus de su cara. Claro, ahora ya está, pero. Y en ese pero las posibilidades que aparecen son infinitas.

“Es como todo”, asevera Cristian, “vos crees que cuando ganaste el torneo es lo mejor que hay y al final te das cuenta que un torneo es como haber jugado una sola partida, sin haber ganado nada. A mí lo que me recompensa es saber que por lo menos me estoy esforzando”.

Con sus doce años tiene la paz de un hombre sabio. “Todo lo que respecta al Ajedrez es fabuloso. Personalmente creo que el Ajedrez como juego no existe. No es un juego ni un divertimento. Es un arte”.

 

Cómo esto de aprender jugando

“A veces sueño con ser jugador profesional” dice Alejandro Yareca de 13 años y alumno de 7mo grado E.E.S.T Nº 8. Alejandro vive con su familia en Abasto y para ir a la escuela demora cuatro horas: dos de ida y otras dos a la vuelta. A él, ese viaje diario le gustaría hacerlo con la velocidad de un alfil, en diagonal y en un solo movimiento.

Alejandro cuenta que en 2012 se acercó al colegio un profesor de Ajedrez. Lo primero que hizo fue contarles esta historia: “Había una vez dos reinos que luchaban entre sí por dos razones: la primera era defenderse de la amenaza del adversario y la propia intención de poder capturar al jefe del bando contrario. Y que una vez muerto el rey la contienda llegaba a su fin. Palabras más palabras menos, en esa historia se reducía la esencia del juego.

La imaginación infantil es un elemento que ayuda al aprendizaje del juego. Por esa naturaleza que tienen todos los chicos, los profesores de ajedrez recomiendan que la enseñanza de los movimientos de las piezas comience como un cuento. A continuación algunas de esas frases: “El caballo salta”, “el peón como es chiquito camina solo un pasito, siempre derechito porque es un soldado, cuando empieza de su casita puede moverse dos pasos por que está descansado”, “el peón come con la boca chueca, para un lado o para otro, pero no la puede poner derecha”. “El rey como es gordo solo da un paso”. “La torre, el alfil y la dama son deportistas y por eso corren mucho, hasta donde quieran para ayudar a sus amigos o atrapar al rey malo”.

Alejandro una vez que aprendió los movimientos básicos para arrancar una partida se anotó en los torneos internos que desde 2010 se realizan en el colegio. Entre sus mejores lauros figuran un segundo y tercer puesto. En cuanto a su estrategia de juego dice: “Intento buscar dónde puedo ir para hacer jaque maque.”

Con la mano derecha que le sostiene la cabeza como si no quisiera dejarla caer dice que lo que más le gusta del ajedrez “es un juego para pensar.” En su casa no tiene con quien jugar. Tampoco cuenta con una computadora cerca que le permita buscar otros rivales a través de internet. Entonces sólo le queda tiempo para hacer las tareas para el día siguiente. Alejandro de no cumplirse el sueño de ser ajedrecista profesional cuando sea grande quiere ser técnico electromecánico.

Esfuerzo por superarse a sí mismo

Según señalan ciertas recomendaciones de pedagogos la mejor forma de motivar a un niño es hacerlo jugar en su entorno y sin presiones extras ir explicándole a medida que el chico lo desee. Por eso, no tiene que sorprender la continuidad que durante estos últimos cuatro años mantuvo en sus alumnos la Escuela Técnica 8 de La Plata.

Josué Rodríguez está junto a cuatro compañeros en una de las gradas del patio. Días atrás se consagró campeón del torneo en una final apretada a Felipe, que es un año más grande. Cuando lo vio jugar pensó que Felipe se comía a los chicos crudos.

En la final tuvieron que jugar dos partidas. La primera vez que se enfrentaron Josué recuerda que estaba un poco nervioso. Pero en la segunda partida, que

había quedado pendiente porque no llegaron a completarla por el tiempo, pudo cambiar la estrategia. Ya más relajado jugó rápido, desequilibró a su rival y le terminó ganando en menos de 10 minutos.

Josué tiene 14 años y va a noveno. Lleva un buzo con capucha y unos auriculares acolchonados. A simple vista es más un hip-hopero que el ajedrecista número 1 del colegio. Pero en verdad, sus compañeros reconocen que es un chico que arriesga y si hay alguna pieza que le molesta en el tablero no lo piensa dos veces y va directo a sacarla.

“Le hice jaque mate con las dos torres” recuerda tranquilo y desenvaina como es su forma de juego: “Soy un estratega improvisa: cuando voy jugando empiezo a desarrollar las jugadas.”

Además del colegio participó en un callejero que le permitió entrar en un torneo cuya máxima aspiración era llegar a participar del provincial juvenil. Pero ese día estaba nervioso y en el primer encuentro perdió.

Empezó a jugar cuando un amigo de su mamá que vino desde Perú lo invitaba a jugar y siempre le decía que tenía que ir mejorando para algún día poder ganarle. Entonces Josué se lo puso como meta y comenzó superarse con el afán de algún poder vencer al señor que lo había iniciado en el Ajedrez.

Hasta el año pasado iba a aprender a un centro cultural que se llama Enlazando palabras que queda en 142 y 520 y recuerda que allí le enseñaba un profesor que se llamaba Alberto. Después ya no pudo ir más porque con el doble turno escolar ya no le quedaba tiempo.

Hace unos cincuenta años en algún torneo internacional los Grandes Maestros Najdorf (Argentina) y Boleslavski (Unión Soviética) fueron los protagonistas de esta anécdota:

Najdorf: – Acepta usted dejar la partida tablas (empatada).

Boleslavski: No

Najdorf: – Entonces, usted juega para ganar.

Boleslavski: – No.

Najdorf: – Juega por lo tanto a tablas

Boleslavski: – No

Najdorf: – Así pues, usted juega a perder.

Boleslavski: – No.

Najdorf: – Entonces, qué es lo que usted pretende?

Boleslavski: – Jugar!

Por la tarde los alumnos entrarán a los talleres técnicos: carpintería, hojalatería, química y electromecánica, entre otros. Pero en este recreo no piensan todavía en eso, sólo quieren jugar unas partidas, buscar por todos los medios llegar al jaque mate. Vencer a su oponente, pero sobre todo, sentirse satisfecho con uno mismo por la partida realizada.

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