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> Por Lucas Napoliello

“Olimpia y las Olimpiadas son símbolos de una civilización entera”, afirmaba a principios del siglo XX el Barón Pierre de Coubertin, uno de los principales impulsores de los Juegos Olímpicos Modernos. Desde su primera celebración en Atenas 1896, cuando Turquía, en conflicto con Grecia, realizó un boicot logrando que sólo asistieran 14 naciones, los Juegos se han visto atravesados por conflictos políticos e ideológicos. Basta con citar los recordados ejemplos de Berlín 1936, cuando el evento se convirtió en una muestra espectacular de propaganda nazi, el atentado de una agrupación palestina en Munich 1972 o el boicot impulsado por Estados Unidos en Moscú 1980.

Sin embargo, la percepción reproducida por la prensa en cada cita olímpica es la de un encuentro pacífico entre naciones, imbuido del espíritu de sana competencia y deportivismo. En palabras de Pedro Brieger, “el discurso actual insiste en que no hay que mezclar el deporte y la política. Sigue habiendo un mito de la gran fiesta deportiva, cuando en realidad es un gran negocio”.

Los juegos que acaban de terminar en Londres no escapan a esta lógica. En un continente hundido en una de las peores crisis económicas de las que se tenga memoria, Inglaterra suma ya su tercer trimestre de recesión, y las perspectivas para todo el 2012 son de crecimiento cero. Cuando asumió el gobierno hace dos años, el conservador David Cameron anunció un Plan de Austeridad que tenía como metas reducir el gasto público en 120 mil millones de libras y despedir a casi medio millón de empleados estatales, los recortes más salvajes en ese país desde la Segunda Guerra Mundial. El Ministro de Hacienda, George Osborne, afirmaba: “parte de esto se hará a través de cambios naturales, pues habrá puestos que no serán sustituidos cuando quede una vacante. Pero habrá algunos despidos, esto es inevitable cuando el país se ha quedado sin dinero.”

Sin embargo, en el caso de los Juegos Olímpicos el gobierno no escatimó en libras. Cuando Londres fue elegida como la sede olímpica en 2005, el presupuesto estipulado no superaba los 3 mil millones de euros. Dos años después, se recalculó y elevó a 11 mil millones, finalmente la cifra alcanzó casi los 12 mil millones. Aunque los números hablan de unas ganancias superiores a los gastos, el turismo no creció como se esperaba, y de hecho el número de visitantes de la Torre de Londres descendió un 56 por ciento en las últimas semanas. Además, lo relevante del asunto es quién termina ganando: de los 8 mil millones de euros que se invirtieron en la construcción del Parque Olímpico, el 98 % se lo llevaron las compañías contratistas. Al mismo tiempo que anunciaba los despidos y el ajuste hace dos años, Osborne aseguraba que el presupuesto para combatir a AlQaeda y a los republicanos irlandeses no sería tocado. El de los Juegos, tampoco. Hace ocho años, en Grecia también se organizaron unos Juegos argumentando la bonanza y prosperidad que traerían a la economía y sociedad helénicas. En Atenas 2004, además de los escándalos de corrupción que tiñeron la organización, se gastaron casi 10 mil millones de euros, y los ingresos netos fueron sólo el 10 % de esa cifra. Por poner un ejemplo, los derechos televisivos sólo alcanzaron para cubrir los gastos de seguridad. No hace falta aclarar que el país balcánico es el abanderado de la crisis europea y el país más golpeado, tanto social como económicamente, por las políticas de ajuste que se están aplicando en el viejo continente.

Inglaterra ya es la octava economía de la Unión Europea que cae en recesión en lo que va de la crisis. El barón Coubertin, padre de las olimpíadas, las veía como el símbolo de una civilización. Se podría agregar de una civilización capitalista que propone pan y circo mientras sigue sumiendo a las mayorías en la pobreza.

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