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El mediodía lluvioso, en las calles de Mostar, en el corazón de Bosnia-Herzegovina, tiene pinta de nostalgia. Las paredes están grises, despintadas e, incluso, en algunos casos, todavía agujereadas por las balas de la Guerra de los Balcanes que, veinte años después, no se puede reparar en este país de Europa del Este donde el desempleo araña el 40 por ciento. El único color que pareciera existir es el del río Neretva, que tiene un tono más celeste que el de las playas cubanas. Pero no es el único: en una pared, aparece pintado en color rojo, con boina y todo, el Che Guevara. A su lado, hay una inscripción: Red Army. El mural lo completa una estrella revolucionaria. Es el escudo del club de la ciudad: el Fudbalski Klub Velez Mostar.

Es decir: el Vélez marxista.

Savo Neimarovic quedó en el medio del sándwich de la historia. En Mostar, sus dos pasiones andaban juntas: la militancia y el fútbol. Pero ese no es su sándwich. El Velez, llamado así un poco en referencia a una montaña de la zona y otro poco por el dios eslavo Veles, surgió como una necesidad. El Radnicki Omladina, el establecimiento deportivo más grande de la zona, estaba prohibido. Los exjugadores del equipo censurado adoraban la pelota y decidieron armar una nueva estructura que pudiera sostener sus gambetas. En 1922, se juntaron y fundaron un club sin colores ni camisetas ni referencias. Daba lo mismo.

Pero tanto dio lo mismo que, un año después de su creación, Neimarovic, junto a otros compañeros del Partido Comunista Yugoslavo –en 1920, se había fundado la Liga de Comunistas de Yugoslavia-, de la delegación de Mostar y de Herzegovina, entró a una reunión y tomó el club. Desde ese día, hasta este día, sin resistencia alguna, el Velez Mostar pasó a ser el equipo más grande de la zona y, además, uno de los pocos clubes marxistas del mundo.

La estrella de cinco puntos, el color rojo y carteles de Marx fueron las primeras referencias de un equipo que no esperaba, todavía, lo que sucedería. Porque Neimarovic, en 1923, ya sabía, desde 1917, de la existencia de la Revolución Bolchevique. De hecho, para ese año, todavía no había muerto Vladímir Ilich Uliánov, Lenin. Pero mucho menos sabía que, luego de la Segunda Guerra Mundial, su país, su ciudad y su club vivirían los mejores años de su historia bajo el mando del Mariscal Tito, en lo que se conoció como la Federación Socialista Yugoslava, que terminó en 1991, con la muerte de su líder.

Aunque, en el medio, la historia necesitó de más rebeliones. Porque, entre 1929 y 1934, bajo el reinado de Alejandro I, autoproclamado rey de Yugoslavia en esos años, prohibió la existencia del Mostar, justamente, por sus inclinaciones marxistas. El club siguió funcionando sin exhibir sus insignias, pero por lo bajo siguió llevando las banderas coloradas que Neimarovic había vuelto una religión. Hasta que apareció Tito y Velez, parte de una ciudad floreciente, lejana a la crisis económica actual, volvió a ser.

De hecho, entre esos años, el Mostar consiguió: salir campeón en 1981 y en 1986 de la Copa de Yugoslavia, salir subcampeón en 1972, en 1973 y en 1986 de la Primera Liga Yugoslava, y, en 1974, llegar a cuartos de final de la UEFA, perdiendo contra el Twente, de Holanda, que terminaría llegando a la final, cayendo frente al Borussia Mönchengladbach, de Alemania. En un año que fue glorioso: tres jugadores del plantel formaron parte de la delegación que viajó a Alemania para participar del Mundial 1974. Ese fue su mayor logro en materia de resultados deportivos.

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