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Deportes, Desaparecidos y Dictadura es un libro fundamental para seguir recordando y pensando a una generación que entendió que para cumplir con la consigna “Mens sana in corpore sano”, había que poner el cuerpo a lo que dictaba la cabeza y el corazón.

El autor de este profundo trabajo es el reconocido periodista y escritor Gustavo Veiga, quien lleva más de 30 años investigando y escribiendo en distintos medios gráficos como La Prensa, Clarín, Crónica, El Periodista, Goles y El Gráfico, entre otros. Actualmente trabaja en Página/12 y Un Caño. También ha escrito sobre el deporte y sus negocios sucios: Donde manda la Patota, barras bravas, poder y política (1998) y Fútbol  limpio, negocios turbios (2002).

En la primera edición del libro de investigación Deporte, Desaparecidos y Dictadura (2006), Veiga  reconstruyó las historias de 26 deportistas desaparecidos como los jugadores de La Plata Rugby Club (Pablo Balut, Santiago Sánchez Viamonte, Mariano Montequín); el futbolista de Huracán de Tres Arroyos, Rivada, el atleta Miguel Sanchéz, el tenista Daniel Schapira, entre otros. También descubrió la macabra doble vida de Juan de la Cruz Kairuz, director técnico y ex futbolista y paralelamente, represor y jefe de varios operativos ilegales de secuestros en Jujuy, tierra feudal de la familia Blaquier. En esta nueva edición ampliada, incorporó nueve casos más, como los futbolistas Luis Ciancio de Gimnasia Esgrima de La Plata, Adriana Acosta, jugadora de Hóckey sobre césped del club Lomas, Alicia Alfonsín de Cabandié, basquetbolista y mamá de Juan, nacido en la ESMA y hoy diputado porteño kirchnerista, el ajedrecista Gustavo Bruzzone. Y denuncia a otro personaje siniestro, Edgardo Andrada, famoso arquero de Rosario Central y la Selección Nacional que fue personal de inteligencia en la provincia de Santa Fe.

En estas páginas (salvo la de los colaboradores de los genocidas) podrá encontrarse ese mundo utópico en donde podía convivir la misma pasión por el deporte y por las causas populares. Algo casi impensable en el deporte del siglo XXI, donde en su mayoría se promueve la “cultura del éxito”, del despilfarro y lujos obscenos, del poder del dinero como meta de la consagración del ser humano. Todo lo contrario a lo que practicaban todos estos deportistas desaparecidos, que se desarrollaban al máximo en sus disciplinas, pero sin olvidar la solidaridad y las ganas de construir un mundo más justo para todos.

En esta entrevista con Mascaró, Veiga nos cuenta sobre su último libro.

¿Qué lo motivó a hacer este trabajo de rescatar del olvido a deportistas desaparecidos por la última dictadura cívico-militar?

Me motivaron sus historias de compromiso con las ideas revolucionarias de una época, su militancia, su relación con el deporte en una etapa en que no era la maquinaria mediática, comercial y política que es hoy. No era el deporte que nos determina la agenda, el fenómeno globalizado que ha generado una casta de divos y divas millonarios. Ellos eran la antítesis de eso que vemos ahora en la televisión hasta cansarnos.  Su participación en organizaciones político-militares, agrupaciones gremiales o estudiantiles de superficie o cualquier otro espacio colectivo, sería impensable en estos tiempos de banalidad institucionalizada. Ellos renunciaron a sus deportes por la militancia, compitieron hasta dónde pudieron, y siendo deportistas nunca perdieron su concepción de hombres íntegros, hechos de una sola pieza.

¿Cuánto hace que viene trabajando en el tema?

Empecé de a poco, con una historia, dos, tres, y a medida que mis artículos iban siendo publicados en Página 12,  y en menor medida en otros medios también, tomé conciencia de que ahí había una masa crítica de casos que podían cobrar forma en un libro. Como en el medio hay otros colegas que escribieron sobre ellos, los invité a participar de la iniciativa y a ampliar con su mirada la que yo tenía.

En el tema vengo trabajando desde 1998, o quizá un poco antes de que ingresara a Página 12. La dinámica de sus historias, retroalimentadas unas con otras, me superó. Ellos están siempre presentes, en una carrera, una cancha de césped sintético, una plaqueta o el recuerdo de sus compañeros, familiares y amigos. Están vivos entre nosotros de esa manera,  sus desaparecedores y asesinos no consiguieron borrar su memoria, sus luchas, las luchas de toda su generación.
Su libro fue reeditado con más casos de deportistas desaparecidos ¿Cierra un ciclo o tiene pensado seguir investigando y dar nuevos testimonios?

Creo que este libro, la reedición ampliada de Deporte, Desaparecidos y Dictadura, cierra un ciclo. No tengo pensado escribir otro, al menos que las historias vuelvan a superarme, que constate que hay más casos, que soy injusto con quienes no están y deberían estarlo. De cualquier modo, la decisión que tome va a estar cruzada por la necesidad imperiosa de divulgar sus historias allá donde vaya o se quieran conocer. Los reivindicaré siempre desde su pasado como militantes, que se torna presente en el legado que nos dejaron. Nunca dejaré de investigar otros casos, aunque después no se incorporen a un libro.
Después de su investigación ¿Ha habido algún tipo de reconocimiento o reivindicación para estos deportistas-militantes desaparecidos?

Sería presuntuoso decir que después de mis investigaciones o el libro se dispararon reconocimientos aquí y allá. Y sí así fuera, enhorabuena. Valerio Piccioni, el periodista italiano que instaló en los medios de su país y de acá la historia de Miguel Sánchez, el atleta emblema, es un precursor. Así nació la Corsa de Miguel en Roma, que después se transformó en la Carrera de Miguel acá, en la Argentina. Adriana Acosta le dio el nombre a la cancha de hóckey de césped sintético del CENARD, Daniel Schapira tiene una plaqueta que evoca su memoria, los rugbiers del club La Plata tienen la suya en su campo de deportes, al futbolista Carlos Alberto Rivada lo sobrevive su hijo Diego en un proyecto colosal de club social y deportivo en General Lamadrid, Gustavo Papilo Olmedo tiene una calle que lo homenajea en su pueblo riojano de Los Sarmientos… Ellos, con su compromiso y desprendimiento, se ganaron su reconocimiento sin necesidad del libro. El único mérito que tiene es que logró unir sus historias en 128 páginas. Y que también están allí los casos de deportistas que fueron represores. La contracara, los que en la década del 70 secuestraron, torturaron e hicieron desaparecer gente. Ellos usaron al deporte como fachada, como coartada. Sus víctimas, por el contrario, amaban al deporte, lo practicaban de manera amateur, sacándole horas a la familia, el estudio, el trabajo, pero no a su vocación política.

 Sería interesante que el libro circulara por los colegios secundarios y facultades de Comunicación Social y Periodismo Deportivo ¿Existe alguna posibilidad?

Me parece atinente la pregunta. Creo que sí, que sus historias merecen leerse, analizarse y discutirse en donde los jóvenes se forman. Todos sabemos el influjo que ejerce el deporte sobre los más chicos, cómo lo viven, de qué manera se identifican con sus símbolos más fuertes como la camiseta o determinado ídolo. Que puedan saber cómo en otros tiempos hubo deportistas que se jugaron la vida por un ideal, a los que ni se les ocurriría pensar en el profesionalismo tal como lo concebimos hoy, que dejaron de jugar al rugby, al fútbol o al tenis por militar en el secundario o la facultad, que conozcan sus historias, sería una contribución a robustecer la memoria colectiva desde el deporte, esa herramienta formidable que mejora la calidad de vida de la gente cuando se entiende que cumple una determinada función social y se estimulan sus prácticas asociativas.

Ojalá exista la posibilidad en el futuro de que el trabajo llegue a las escuelas, terciarios o facultades o profesorados.
¿Cuál es el objetivo de su investigación?

Aunque el tema me es próximo y sensible por razones personales, me guió esa simbiosis de  política y deporte que siempre estuvo dentro de mis inquietudes. Practiqué y practico deporte, milité y milito por ideas, por lo que divulgar sus historias me resultó tan imperativo como fascinante. Con el mayor de los rigores posibles, traté de evocar sus semblanzas de vida recurriendo al testimonio de familiares, amigos, compañeros de equipo, entrenadores. En una humanidad tan deshumanizada como la que vivimos, su ejemplo debe difundirse para las generaciones actuales y futuras.

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