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El Club de barrio símbolo del deporte argentino logró salir de la quiebra que lo aquejaba desde hacía 12 años, y sus socios vuelven a hacerse cargo de la institución. Dos referentes de la familia verdolaga como el Beto Márcico y Enrique Elías Tolcachier hablan del pasado y del futuro de la Locomotora de Caballito.

A las 19 horas del lunes 20 de octubre, la jueza Margarita Braga firmó el documento que oficializó el levantamiento de la quiebra del Club Ferro Carril Oeste. Tras doce años de intervención judicial, el club vuelve a ser de los socios, quienes el 30 de noviembre tendrán la posibilidad de participar y votar a sus dirigentes.

Caballito se volvió verde, más verde de lo que siempre fue, para celebrar en Acoyte y Rivadavia, pleno corazón del barrio, el cierre de un ciclo tristísimo que se materializó en 2002 cuando pasó a ser administrado por un Órgano Fiduciario impuesto por la Justicia. Pero nada de lo que pasó en Argentina durante el 2001 y 2002 puede entenderse si no se mira la década del noventa.

El club fundado por los ferroviarios del ex Ferrocarril Sarmiento en junio de 1904, era en los años 80 la institución modelo del país. Dominaba el polideportivo porteño y nacional con un plantel de fútbol dirigido por Timoteo Griguol, un equipo de básquet comandado por León Najnudel y un elenco de vóley capitaneado por Julio Velasco.

Nada más lindo que la familia

Más allá de los logros deportivos, instituciones como Ferro tenían un componente de pertenencia difícil de imaginar desde la lógica de los clubes que dejan de lado la tarea social y comunitaria con que fueron fundados allá por fines del Siglo XIX y principios del XX.

“Era una familia verdadera, Ferro era los Campanelli, la familia unida. Tuve la chance de conocer otras instituciones, pero Ferro era distinta a todas”, dice Alberto José “el Beto” Márcico a Mascaró. Campeón de los torneos Nacionales de 1982 y 1984 con la casaca verde, y uno de los mejores jugadores de su historia, el Beto se entusiasma con el levantamiento de la quiebra y lamenta que se haya llegado a esta situación. “Ferro fue mi primera casa. Después podés tener otras o vivir en distintos lugares, pero la primera casa es siempre esa. Salí dos veces campeón con el Club. Es un recuerdo enorme por esos títulos, por los compañeros y la gente que conocí ahí y por la clase de dirigentes que tenía la institución”.

Ferro tenía en sus dorados ochenta cerca de 50 mil socios. En el Oeste porteño prácticamente no existe quien no haya pasado por la colonia de vacaciones, la pileta del verde o las distintas instalaciones, entre los que se destacan el estadio Arquitecto Ricardo Etcheverri junto a las vías del ex Ferrocarril Domingo Faustino Sarmiento o el gimnasio cerrado Héctor Etchart con su parqué opaco por donde han pasado los mejores jugadores del básquet y el vóley nacionales.

Márcico recuerda esos tiempos dorados, en los que siendo ya un futbolista reconocido seguía ocupando sus horas en la vida del club: “yo no vivía en la pensión, pero pasaba buena parte del día con los compañeros que vivían ahí y después comíamos juntos en el bar de la sede. Eran días extraordinarios”.

Gloria y ocaso de un club modelo

El andar del Club se traducía en logros deportivos: fue campeón en el torneo del fútbol argentino en los años 82 y 84; en básquet conquistó tres títulos (1985, 1986 y 1989), además de obtener tres torneos Sudamericanos de clubes (Paraguay, 1981; Uruguay, 1982; y Chile, 1987); en vóley se consagró nacionalmente en 1977, 1980, 1981, 1983, 1984, 1985 y conquistó otros tantos a nivel continental. Se calcula que si se juntaran todos los títulos cosechados en las distintas disciplinas, se sumarían más de cien. Durante esos años, el presidente era Santiago Leyden, quien comandó a la máquina del Oeste desde 1963 hasta 1993.

“Si no hubiese estado Griguol, si no hubiese estado Najnudel seguramente no hubiéramos hablado de Ferro. Era gente que no sólo se ocupaba de su deporte, sino que trabajaban pensando en la institución y tenían un proyecto en común”, recuerda Márcico.

A mediados de los noventa, la situación económica del club comenzó a declinar, tanto como el papel de los clubes en la estructura social y cultural de sus barrios. Con un deterioro en lo institucional, los resultados deportivos fueron declinando. El fútbol, como expresión exagerada de la realidad, fue donde se tradujo más explícitamente la crisis y luego de un par de temporadas en las que zafó del descenso, perdió la categoría en el año 2000. Apenas un año logró mantenerse en el torneo Nacional B y a mediados de 2001, el equipo bajó a la Primera B Metropolitana.

En febrero de 2002 se decretó la quiebra. La crisis fue tal que el equipo de fútbol debió comenzar el torneo recién en la tercera fecha, ya que no contaba con jugadores suficientes en el plantel como para presentarse a disputar un partido. Aún así, logró ascender a la B Nacional en julio de 2003, categoría en la que continúa militando.

En ese 2003, el Club fue gerenciado por el empresario y representante de jugadores, Gustavo Mascardi, una práctica bastante común en aquellos años de crisis neoliberal. Esa alternativa no perduró, o más bien siguió extendiendo el problema, con transacciones de jugadores y números poco claros.

Habían pasado los años de gloria y mesura. Cuando Ferro consiguió su primer título nacional de la historia, en 1982, el premio para los jugadores fue un llavero de plata. Dos años después, casi el mismo plantel, con el maestro Timoteo Griguol como DT volvió a consagrarse al vencer a River en la final. A esa historia le pasaron los noventa y los dos mil por arriba. Eran otros tiempos.

Los hombres y las instituciones

El actual director deportivo de la CABB (Confederación Argentina de Básquetbol), Enrique Elías Tolcachier se mostró muy contento por la salida de la quiebra del club donde trabajó durante cinco años: “es un momento de mucha alegría y satisfacción que se haya vuelto a recuperar la posibilidad de decidir sobre los destinos de su propio club. Para cualquier socio, para cualquier deportista y dirigente, esa posibilidad de decidir es lo más preciado que puede tener”.

Colaborador de León Najnudel y sucesor en su cargo de DT luego del título de la Liga en 1989, Tolcachier observa que “Ferro se merece volver a los primeros planos en cualquier disciplina porque es uno de los grandes clubes del país. Ojalá que a partir de esta posibilidad de tomar el mando, se puedan juntar voluntades e ideas, pueda salir adelante y reconstruir el Ferro que fue y merece volver a ser”.

Su maestro León Najnudel jugó un papel preponderante para el club y para el deporte en general. Según cuenta Tolcachier, “León dentro de Ferro fue una personalidad muy importante, un monstruo que ha dado grandes cosas al Club, no sólo en la proyección de un equipo de básquet, sino también en la visión, en su forma de conducción que ha dejado un legado imborrable. León trascendía el básquet porque tenía una vinculación directa con todos los proyectos de la institución”.

Najnudel es considerado el padre de la Liga Nacional de Básquet y –por qué no- de la Generación Dorada a quien no llegó a disfrutar en su plenitud debido a su temprana muerte en 1998. En el mundo del básquet se reconoce que cuando Najnudel era presidente de Ferro y la institución de Caballito monopolizaba los títulos de la disciplina, su técnico bregó e hizo más que nadie para que el deporte se desarrollara en todo el país, y todos los clubes tuvieran las mismas posibilidades de crecer. Es decir, que no buscó una ventaja para su éxito personal.

La quiebra por la que Ferro penó tantos años a nivel institucional y deportivo, se decretó por una deuda de 16 millones de pesos. No parece tanto si se consideran los pasivos reconocidos de clubes como River, San Lorenzo, Boca o Independiente.

“Es muy difícil encontrar justicia e igualdad entre las diferentes instituciones”, dice Tolcachier al respecto.

En el mismo sentido, Alberto Márcico sostiene que “La quiebra no era tan grande. La verdad es que a Ferro, con todo lo que le dio al deporte argentino, lo dejaron muy solo. Encima en el medio vino gente que quiso aprovecharse y lo dejó más hundido todavía”.

El levantamiento de la quiebra llevó mucho tiempo en parte porque no hubo grandes empresas aportantes, ni gerenciamientos, ni grandes magnates, sino sus socios e hinchas haciéndose cargo de la situación.

Finalmente con los recursos generados a partir del cobro por derechos de formación en la venta del defensor Federico Fazio en el fútbol europeo, el pasado 20 de octubre la jueza Braga aprobó la cancelación de la deuda.

Vienen nuevos tiempos para Ferro, habrá que ver cuánto de lo nuevo se puede hacer para que se parezca a lo que alguna vez fue, a lo que todos los clubes deberían intentar recuperar. Será como dice Tolcachier, discípulo de Najnudel: “hay que pensar en el futuro, conociendo esa rica historia, pero mirando para adelante”.

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