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> Por Fernando Signorini*

La hora señalada para el comienzo del mayor espectáculo del universo conocido está a punto de llegar.  Por tercera vez, la milenaria cita ecuménica del deporte tendrá lugar en Londres, la señorial capital de las Islas Británicas.  Hasta allí llegará la luminosa llama que en el 776 antes de Cristo, se encendió en el Monte Olimpo para homenajear a Zeus, dios de todos los dioses y todos los hombres. En sus albores, la programación comprendía algunas pruebas atléticas junto a concursos de poesía y elocuencia, coronadas con diversas celebraciones religiosas.  La ceremonia que cada cuatro años se desarrollaba en la ciudad de Olimpia, fue prohibida por el Emperador Teodosio en el 394 d.C.  Fue gracias a la creación del Comité Olímpico Internacional (Paris 1894) que los primeros Juegos Olímpicos de la Era Moderna tuvieron lugar en Atenas dos años más tarde.

A partir de 1896 entonces, los mejores atletas del mundo comenzaron a darse cita en los lugares designados para disputarse algunos de los tres ansiados lugares del podio de honor, luego de hacer realidad sus sueños de oro, plata o bronce.  El devenir de los tiempos,  trajo aparejado profundas modificaciones no solo ligadas a comprensibles evoluciones tecnológicas y estructurales, sino al conjunto de valores humanistas sobre los que habían sido fundados.  En esta era de urgencias materialistas, ya no hay tiempo ni espacio para ningún tipo de sensiblerías románticas.  El día que las insensibles leyes del mercado descubran que pisar las flores será un muy buen negocio, las abejas ya no podrán cumplir el milagro de la polinización y toda forma de vida comenzara a extinguirse…

Hasta no hace mucho tiempo, el diccionario de la Real Academia nos enseñaba que “Los Juegos Olímpicos son competencias Internacionales -NO PROFESIONALES- que se disputan cada cuatro años en un lugar diferente”…  Cada cuatro años se siguen disputando en un lugar diferente, solo que la otrora obligatoria condición de amateur ha sido arrancada de cuajo para adecuarla a las voraces fauces de la sociedad de consumo.  Todas y cada una de las pruebas disputadas en el rojo llano de las pistas, están incentivadas por montañas de verdes dólares.  Viejos axiomas como el de “Mens sana in corpore sano” parecen hoy inocentes postulados de origen antediluviano.  Las desmedidas exigencias y presiones impuestas a los atletas por los depredadores sistémicos, han inundado el ambiente de “mentes insanas y cuerpos contaminados”.

* Ex preparador físico de la Selección Argentina y de Diego Maradona.

Nota completa en la edición impresa. MASCARÓ #3

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