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La pelota y la paleta suelen destacarse como juego playero en cada verano argentino. Pero lejos de la arena y el mar, la historia de este juego tiene su origen en los inmigrantes vascos, y su gracia en los clubes, los boliches de pueblo y en pelotaris vueltos mitos populares.

 

> Por Agustín Santarelli

El kit de pelota paleta sigue teniendo presencia dentro de las actividades recreativas que

cada verano se desarrollan en la costa atlántica argentina. A pesar de haber perdido -a manos de la paleta de padel y la pelota de pelos amarilla- el monopolio de la imitación de la práctica del tenis en la arena, la esférica de goma y las tablas de madera mantienen su lugar entre los bultos que bajan arrastrados por las familias en procesión hasta la orilla del mar.

La forma de distinguir si los jugadores playeros tienen un pasado de frontón, o si la tenencia de los elementos tiene que ver con que resultaron alguna vez más baratos que el conjunto de padel, se resuelve cuando la pelota es dirigida hacia la mano menos hábil del jugador que recibe. Si devuelve de revés, no pasa nada, pero si cambia de mano y le pega de zurda tan bien como de derecha, entonces estamos hablando de un pelotari y con él hay que detenerse a charlar porque hace al interés de esta nota.

Como cada verano en la playa de Santa Clara del Mar, el primer movimiento lo hace Gabriel, saca a la izquierda de quien visiblemente es su padre. Coco cambia de mano y devuelve de zurda a la zurda y el hijo de unos cuarenta y algo, también pasa la paleta de diestra a siniestra. Juegan casi siempre de aire y el ida y vuelta se parece más a un paleteo cómplice que a una competencia. De a ratos los nietos se meten en la cancha y la pelota los esquiva como cuando en el frontón el compañero de atrás debe tratar de no darle con la de goma en la oreja a su pareja que juega de delantero.

“Jugar en la playa es jugar a otra cosa, pero uno se entretiene en el verano. A mi la paleta me gusta más que comer, y eso que me gusta mucho comer”, dice Coco Berthout quien a sus 75 años le mete al frontón durante las restantes estaciones del año, dos veces por semana con un compañero de su edad y otra pareja de 40 y 80 años.

Para Coco “la paleta es lo mejor que hay, yo juego desde los 14 años, a los 37 años recién llegué a jugar en primera y seguiré jugando siempre. Con esto digo que es un deporte en el que no importa la edad”.

La paleta argentina

Traída al país por los inmigrantes vascos, la pelota en sus distintas variantes de juego, se volvió deporte criollo y jugado a lo largo y ancho del país. Se habla que desde principios del siglo XIX ya se podían encontrar frontones donde los inmigrantes vascos  enseñaron el juego a sus vecinos. El deporte tuvo su esplendor con la consolidación de los pueblos del interior del país, sobre todo los de origen rural y el juego se ganó un lugar dentro de la cultura popular.

Cuenta la leyenda, y algunos historiadores certifican, que Gabriel Martiren (también conocido como “el Vasko Sardina”) y Francisco Marticonera, inventaron la paleta argentina. El Sardina, tambero de profesión y uno de los más grandes jugadores -según los que han visto mucho pelotazo contra la pared-, peló el hueso conocido como paleta de una vaca y comenzó a darle a la pelotita en un frontón de Burzaco a principios del Siglo XX. Desde entonces, la pelota paleta se volvió una marca argentina y se exportó a otros países de tradición pelotari, como Uruguay, el País Vasco y España.

Como en todos los deportes, la pelota también se ha ido perfeccionando, por qué no profesionalizando. “Hoy es mucho más viva que en la época de la guerra, cuando no había mucho caucho”, dice Berthout quien explica que ese detalle cambió también el juego, ya que “al ser más rápida se perdió un poco la técnica que era lo que antes marcaba la diferencia, ahora es más importante lo físico”. Cualquier semejanza con la contemporaneidad del fútbol, o con cualquier otro deporte, no parece ser pura coincidencia.

 

Pelotaris

El juego fue creciendo y consolidándose en un contexto en el que el club, el boliche, las apuestas y los desafíos más inverosímiles eran parte del paisaje. Las reglas del partido se acordaban antes de iniciarse el duelo y podían darse encuentros entre un jugador versus otros tres, o un jugador enfrentando a otro con la mano más hábil atada y lo que se le ocurriera apostar a los contrincantes y al público.

En cada pueblo había algún campeón de algo y en cada zona fanáticos que apostaban a sus aptitudes ante rivales foráneos. En sur del conurbano bonaerense juran que el mejor de los pelotaris fue Néstor Delguy o el propio Sardina Martiren, en el noroeste bonaerense dicen que fueron los Ross, y la lista continúa en cada rincón del país, por lo que los nombres propios pueden jugarle una mala pasada a esta nota, ofendiendo a pelotaris y aficionados.

La estadística dice que el jugador más laureado a nivel profesional fue Aarón Sehter: Campeón Mundial de paleta argentina en trinquete (1962, 1966, 1970, 1974 y 1982), en frontón (1952, 1958, 1962, 1974 y 1978). Campeón Mundial de paleta española en trinquete (1962 y 1974) y en frontón (1974),  Banderín de Oro en las Olimpíadas de México (1968).

Pero si se habla de pelotaris y de leyendas, todos nombran a Oscar Messina, el famoso “Manco de Teodelina”.

Messina, fallecido en 2005, no tiene títulos para mostrar ni exhibir. Nunca jugó profesionalmente y no hay registro más documentado que el de la anécdota de los compañeros, contrincantes o presentes en las tribunas y las mesas de los frontones y boliches de los pueblos. Y con eso basta.

El boca a boca lo constituyó en héroe popular, acaso por ese grado de antihéroe que lo vestía. Hombre de pocas pulgas, no arrugaba ante los desafíos, y dos por tres mostraba el bufo que llevaba bajo el poncho. Dicen también que nunca dejaba cuenta sin pagar, que jamás iba para atrás y que tenía aires de divo, con un anillo en cada dedo y un saco con botones de oro. Era un tipo de palabra, prefería no tener que leer ni escribir.

“Yo jugué con el Manco de compañero en González Chávez. Tenía un físico impecable y podía jugar por horas después de haberse tomado varios whiskies. Cuando terminó el partido me dijo “con usted podemos hacer negocios si quiere, porque la verdad es que no tiene pinta de jugador pero le pega fuerte a la pelota. Armamos pareja y vamos por los pueblos”, cuenta Berthout y se ríe con el recuerdo de Messina, quien más allá de las parejas y los acompañantes fieles, gustaba decir que su mejor amigo era el 38 largo.

Las anécdotas y las proezas deportivas de este jugador criollo aparecen por miles, y algunas de ellas han sido puestas en papel en el libro “La leyenda del Manco de Teodelina” escrito por Raymundo Goyanes.

Uno de sus duelos más recordados es el que protagonizó frente al múltiple campeón mundial Aarón Sehter, a quien enfrentó con el revés de su mano zurda (la misma que tenía el sobrehueso de una quebradura mal curada que le diera el sobrenombre). En muy apretado partido, Sehter salió victorioso y nunca más hubo revancha.

Será como dice Coco Berthout que “en este deporte no se puede medir quién fue el mejor, en parte porque depende de la época en que haya jugado cada pelotari, pero además porque para cada uno ha habido uno mejor”. Lo que pasa con Messina es que ha llegado hasta el lugar del mito, se reniegue o no de los mitos.

Si bien los niños debían mirar a escondidas la mayoría de los duelos, cientos de miles de  muchachitos en pantalones cortos dicen haber visto al mítico Manco de Teodelina en acción. Si todos los que dicen haberlo visto jugar al Manco tuvieran razón, pues habría sido más popular que Maradona y el partido aquel de 1958 en que enfrentó en pareja con Cacho Acevedo a la dupla de Armando Olite y Juan Andrade, habría tenido una audiencia mayor a la de un clásico River-Boca. Olite y Andrada venían de ganar el mundial en dobles pero no pudieron ante Messina y Acevedo, quienes se impusieron por 30-27. Los más exagerados (hayan estado o no ese día) dicen que el Manco prácticamente lo ganó solo.

Una ventaja para emparejar

La pelota paleta permite que un gran jugador se mida con otro de talla menor, porque existe lo que se llama la ventaja. Así es que el reglamento tiene su particularidad para cada match. Se puede jugar con ventaja de puntos, o con impedimentos como que uno de los pelotaris deba pegarle con la paleta invertida (con el mango), o sólo de zurda, de revés, atado a un extremo de la cancha, sentado en una silla, y lo que se les pueda ocurrir. Tiene en ese sentido ribetes espectaculares. Pero nada de esto tendría sentido sino hubiera una apuesta de por medio. Para jugar hay que ponerse y eso tal vez haya hecho que el deporte siempre fuera un poco marginal, orillero.

A nivel profesional existe la Federación Argentina de Pelota Paleta que organiza los torneos oficiales (con un reglamento homogéneo) y determina qué jugadores del país compiten en los campeonatos internacionales, como puede ser un mundial. En ese sentido, Argentina siempre ha tenido una representación importante y destacada.

Así que ya se sabe, cuando encuentre a dos personas paleteando en la playa (siempre y cuando le den con las dos manos sin usar el revés, asegúrese que no sean ex aficionados del padel), o si vuelve al boliche del pueblo, del barrio, si entra al club con el frontón al fondo, arrímese a esos paredones, busque una mesa a la sombra y póngase a charlar que seguro encontrará a alguien que le cuente historias como estas, que son también las historias de nuestros pueblos. Tal vez alguno de paso lo tiente a un desafío. Fíjese si le conviene. Porque como dijo con razón Coco Berthout al despedirse, “el secreto de la paleta es que el vanidoso casi siempre pierde”.

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