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> Por Fernando Signorini*

Quiero, antes de entrar de lleno en el tema a desarrollar, compartir con ustedes una sugestiva fábula del escritor y filósofo Olivier Clerc, como inmejorable introducción al mismo. Se titula “Historia de una ranita” y dice así: “Había una vez -en un lejano país- una cacerola llena de agua fría en la que nadaba muy oronda una simpática ranita. De pronto, una mente perversa decidió prender un pequeño fuego bajo la cacerola y el agua comenzó a calentarse lentamente. Despacito, despacito se fue entibiando, la ranita encontró esto muy agradable y siguió disfrutando a sus anchas. La temperatura siguió aumentando, y esto comenzó a preocuparla pues ya se sentía un poco cansada. De pronto, ya muuuuuy debilitada con el agua a punto de hervir, descubre con horror que no puede hacer nada y termina por morir cocinada…”.

La moraleja nos enseña que, cuando los grandes cambios se producen de manera muy gradual -en forma casi imperceptible- terminamos no sólo por adaptarnos, sino por aceptarlos como un natural devenir de la evolución.  Esta fantástica capacidad de adaptación del individuo, es utilizada muchas veces a favor de una sustancial mejora en su calidad de vida -sobre todo cuando quienes la proponen son personas impregnadas de un profundo sentido ético-. Sin embargo, cuando las razones de los cambios impuestos están imbuidos de inequívocas razones materialistas ligadas a los perniciosos postulados del gran negocio, el producto final termina por deteriorar y desvirtuar la natural esencia de lo que se intenta modificar.

Estos perversos mecanismos de dominación de masas, no son nuevos. Sus anestesiantes efectos abarcan todas y cada uno de las actividades humanas pasibles de generar jugosos dividendos.  Como era de imaginar, el deporte no podía escapar a las afiladas garras de tan insensibles (e insaciables) carroñeros.

La última ocurrencia de tan grotescos payasos tuvo como escenario un emblemático barrio de la capital de España.  En el suntuoso Palacio de los Deportes de Madrid, un “pobre” millonario nacido en Rumania decidió imponer su condición de dueño del Máster 1000 de tenis que allí se disputaba, para obligar a los calificados participantes a jugar sobre una superficie (según la opinión de ellos) tan riesgosa por los materiales utilizados, como inadecuada en el color azul elegido.

Nota completa en la edición impresa. MASCARÓ #2

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