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Dos semanas después del golpe contra Allende, el seleccionado chileno iniciaba el repechaje contra la URSS para definir un pasaje al Mundial del 74. Para la revancha, el Estadio Nacional de Santiago volvió a ser un escenario deportivo, luego de haber sido el centro de detención más importante de la dictadura de Pinochet.

> Por Martín Crudele

Sin aliento y acorralado, apoyó el AK-47 debajo del mentón. Desde que cedió el gatillo, marcó a fuego la historia del socialismo en América Latina. “Presentó resistencia hasta donde fue humanamente posible, es un orgullo”, dijo Isabel, su hija, cuando el año pasado la Justicia chilena cerró la pesquisa al reafirmar la hipótesis del suicidio.

El próximo 11 de septiembre se cumplen 40 años. Salvador Allende suscitó años de debate y discusiones en el arco político de la izquierda latinoamericana y de todo el mundo. Pero aquel 11 de septiembre también es recordado por la llegada al poder de Augusto Pinochet, uno de los dictadores más perversos y nefastos de lo que fue el Plan Cóndor en Latinoamérica.

Ese 11 de septiembre por la mañana la selección de fútbol de Chile debía entrenar, en lo que serían los últimos ensayos antes de emprender la gira que culminaría en  Moscú con el partido de ida ante la Unión Soviética por el repechaje mundialista que entregaba un pasaje a Alemania 74.

Mientras el Palacio de la Moneda estallaba en llamas bajo los bombardeos y Allende moría intentando defender su gobierno, el jugador Eduardo Herrera intentaba viajar hasta la práctica. “Al llegar al campo de entrenamiento el técnico Luis Álamos nos ordenó que volviéramos a casa. Pero yo tenía que llegar hasta el hotel y en el trayecto me detuvieron los militares una decena de veces. Me salvé de ser detenido porque tenía el bolso con la inscripción ‘Selección Chilena de Fútbol’”, cuenta el ex lateral izquierdo, quien era oriundo de Valparaíso y durante su estadía en Santiago se hospedaba en el Hotel Carrera, a 100 metros del escenario del golpe de Estado.

Hasta esa mañana, faltaban dos semanas para que Chile se mediría ante una potencia aliada y cercana, al menos en lo ideológico.

Aunque parezca inentendible, la FIFA había programado un repechaje entre los equipos europeos y sudamericanos. La URSS había terminado como líder del grupo 9 de la eliminatoria por delante de Francia y la República de Irlanda pero al tener peores números que los primeros de otros grupos, tenía que jugar el partido clasificatorio.

Los chilenos se habían tenido que medir frente a Perú, al que acabaron derrotando en el partido de desempate en Montevideo por 2-1.

Pero el golpe cambió el escenario y las tensiones diplomáticas se extendieron hasta la FIFA.

Finalmente, y en el marco de la ruptura de relaciones de la URSS con el país que gobernaba ahora la dictadura encabezada por Pinochet, el partido de ida se jugó el 26 de septiembre, a sólo dos semanas del golpe, en el Estadio Lenin de Moscú, donde igualaron en cero. Todo se iba a definir en Santiago, cuando el 21 de noviembre se disputara la revancha, según el calendario estipulado por la FIFA:

El fantasma comunista

Todo se complicó cuando se supo que el partido revancha se jugaría en el Estadio Nacional de Santiago. Ya a esa altura se sabía que el mayor escenario deportivo del país trasandino estaba siendo utilizado desde el mismo día del golpe como centro de detención y tortura por parte del pinochetismo.

Los soviéticos se negaron a viajar a Santiago, en repudio a la dictadura. “Hablamos con el plantel y decidimos no jugar la revancha. No quisimos hacerlo porque estaba Pinochet en el gobierno. Para nosotros era peligroso viajar a Chile y le llevamos nuestra preocupación a la Federación de Fútbol”, dijo el jugador Oleg Blokhin, estrella del fútbol soviético condecorado con el balón de oro en 1975.

La Federación de Fútbol de la Unión Soviética emitió un comunicado en el cual solicitaban jugar fuera de territorio chileno. “Por consideraciones morales los deportistas soviéticos no pueden en este momento jugar en el estadio de Santiago, salpicado con la sangre de los patriotas chilenos”, dijo el documento.

Pero la FIFA hizo la de siempre y dijo que el estadio estaba en condiciones. Así que el elenco que por entonces estampaba la sigla CCCP en su pecho rojo decidió abstenerse de jugar.

“El match de fútbol con la Unión Soviética debía realizarse allí, por ello cuidaban el césped con más cariño que el que le daban a una ametralladora”, contó alguna vez Gregorio Mena Barrales, uno de los miles de detenidos en el Estadio Nacional.

Conscientes del uso que le daban los militares al Estadio Nacional, en un momento las autoridades del fútbol chileno le propusieron al gobierno de Pinochet jugar la revancha en el Sausalito, de Viña del Mar, pero la Junta insistió con que debía jugarse en el Nacional, para mostrarle al mundo una cara pacífica de Chile. Francisco Fluxá era presidente de la Asociación Central de Fútbol (ACF) desde febrero de 1973 y le contó hace unos años al diario La Tercera que “entonces, los militares nos dijeron que no teníamos que decir que el Estadio Nacional era un ‘centro de tránsito, donde se identificaba a la gente que no tenía documentos’. Y para evitar problemas, propusimos el Sausalito como alternativa. Me comuniqué con el general Leigh y me explicó que ‘por órdenes de arriba no se puede en Sausalito: se juega en el Nacional o no se juega’”.

Tres días después del golpe había sido asesinado el cantautor Víctor Jara. El 23 de septiembre murió el poeta Pablo Neruda. Miles de detenidos-desaparecidos anónimos siguieron la cuenta.

No era momento para otro disgusto popular, y había que ganar o ganar, aunque no hubiera nadie enfrente.

El gol a la nada

La noticia de la suspensión del partido llegó a la selección chilena en la medianoche previa al encuentro. El delantero Carlos Caszely lo recordó años después en un reportaje: “Esperábamos en la concentración de Juan Pinto Durán cuando nos comunicaron que los soviéticos no vendrían. Todo aquello, para quienes estábamos comprometidos con la libertad era de una tristeza terrible. Los familiares de los desaparecidos se me acercaban y me pedían: ‘Chino, tu que estarás en el estadio, por favor, averíguate si está mi hijo, o mi compañero de la universidad’”.

A fines de octubre ya no quedaban detenidos en el estadio. Muchos, los que sobrevivieron a la tortura, habían sido trasladados a las cárceles y otros centros de detención. Otros, miles habían sido fusilados.

El delantero Leonardo Véliz  guarda los peores recuerdos de aquella tarde del 21 de noviembre. “Fue escalofriante. Creo que aún había rastros de lo que había acontecido en los vestuarios y fue algo muy difícil de asumir”, recordó 30 años más tarde.

Después de cantar el himno y saludar a los 18 mil presentes ( por qué no a los ausentes), la formación chilena sacó del medio y sus jugadores ensayaron un trote torpe tocándose la pelota. La vergüenza sólo podría haber sido superada si el juez de línea no hubiera sido también parte del montaje absurdo, porque en la filmación de la solitaria jugada puede observarse que al menos tres veces debió ser anulado el avance por posición adelantada. El último pase llevó la pelota hasta los pies de Francisco “Chamaco” Valdés -al menos un metro en offside-, quien llegó hasta la línea y esperó a que los fotógrafos enfocasen bien para darle un puntazo de derecha al arco vacío.

Chile 1 – U. Soviética 0 puso el cartel luminoso sobre la tribuna. Chile estaba en el Mundial Alemania ‘74 y Pinochet se sentía orgulloso de su victoria sobre el comunismo soviético.

Después, para entretener a las personas que habían comprado su entrada, se improvisó un amistoso ante Santos de Brasil, que terminó con un 5 a 0 humillante en contra para el expuesto conjunto trasandino.

Manos libres

Los compañeros y amigos del fallecido Chamaco Valdés, autor del gol fantasma, y capitán del seleccionado, dicen que es injusto que se recuerde a aquel talentoso volante como la imagen de ese partido vergonzoso. Incuso se sostiene que con gran valentía logró la libertad de tres de sus amigos y dos futbolistas (Hugo Lepe y Mario Moreno) recluidos en el mismísimo Estadio Nacional.

Luego del partido, Augusto Pinochet invitó al plantel al Palacio de la Moneda. “De repente, se abrió una gran puerta y apareció Augusto Pinochet, de gafas oscuras y su uniforme, impecable”, relató Carlos Caszely, máxima estrella del fútbol chileno por aquellos días. Caszely sabía muy bien lo que estaba pasando y en un acto de coraje apretó sus manos en su espalda para que no se le soltaran y obvió el saludo al dictador. Pinochet no tuvo más remedio que seguir de largo.

Pero Pinochet era un terrible hijo de puta, acaso uno de los peores de la historia y le hizo pagar caro el desplante a la estrella del fútbol trasandino.

En 1990, cuando se realizó el plebiscito para ver si Pinochet continuaba al mando del régimen, la campaña por el “No” tuvo una propaganda en la que podía verse a una mujer mayor contando que entre finales del 73 y comienzos del 74 “fueron tantas las vejaciones y las torturas que tuve que sufrir, que yo no he querido ni contarlas por respeto a mis hijos y a mi esposo”. Después de las terribles palabras aparecía en cámara Carlos Caszely quien explicaba: “Yo voto por el No por múltiples razones, por el futuro y la democracia, y también, porque esta señora que está acá es mi madre”.

Hace una década, al cumplirse 30 años del “partido fantasma”, ya con bigotes encanecidos, el goleador del Colo-Colo sostuvo que aquella jornada de noviembre “fue el remedo de fútbol más grande que vi en mi vida, la escena más absurda de un juego. Ni siquiera en el barrio viví yo un solo día tan estúpido, tan vacío, tan mentiroso”.

Chile no logró sumar siquiera un punto en aquel mundial de Alemania Occidental.

El pasado 11 de septiembre de 2012, la Federación de Fútbol de Chile pidió cambiar la fecha del partido ante Colombia, previsto por las eliminatorias al Mundial Brasil 2014, pues no es considerada una fecha en que se pueda festejar siquiera un gol. Pero no hubo caso.

Finalmente el partido terminó disputándose, por decoro, en el Monumental de Colo-Colo y no en el Estadio Nacional. El resultado fue de 3 a 1 a favor de Colombia.

La FIFA desestimó la solicitud argumentando mantener la “equidad deportiva” y la imposibilidad de afectar el calendario internacional previamente estipulado.

La autoridad/empresa del deporte más popular del mundo ignoró la historia de la fecha como también lo hizo en aquel septiembre del 1973.

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