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Lejos de ser una moda, los dojos, clubes y centros vecinales donde se practican artes marciales se multiplican en nuestro país. Lejos de la idea de la motivación por cuestiones de seguridad, maestras, maestros y discípulos explican las razones por las cuales cada vez más gente se acerca a las disciplinas orientales.

Hablar de Artes Marciales en Argentina 2014 parece remitir inmediatamente a una serie de ideas confusas sobre qué son y quiénes las practican. Por ejemplo, en cuanto a la motivación por la cual alguien puede practicarlas, se impone la idea dominante de los medios de comunicación, de que se debe a una forma de respuesta ante el “flagelo de la inseguridad”. Uno encontrará estas palabras casi inmediatamente, por lo que se tergiversa el concepto de “defensa personal”. Al hablar de la popularidad que están cobrando estas artes en nuestro país, se da por sentado que la gente busca desesperadamente protegerse de una idea de delincuente que nos acompaña a donde quiera que vayamos.

Claro, debemos admitir que esta idea ha sido instalada incesantemente desde canales, revistas y diarios que se benefician con la construcción de un “enemigo interno” del país que ayude a distraer la atención de los verdaderos enemigos (económicos y políticos) de nuestro pueblo. Debemos admitir, además, que este preconcepto ha permitido que prolifere la práctica de métodos de defensa personal, deportes de combate y demás. Sin embargo, una mirada más cercana al asunto nos muestra que por debajo de esa capa de construcción mediática existe un mundo de gente que busca en las artes marciales combatir la violencia (y otras mezquindades de nuestra cultura) a través de la construcción de lazos de fraternidad, respeto y (he aquí la sorpresa), la no violencia. Esta es la historia de unos pocos entre tantos maestros, maestras y discípulos que se esfuerzan por retomar lo más profundo de estas herencias milenarias y construir una alternativa a la “ley de la selva”.

TAE KWON DO en los barrios

En la puerta de la Sociedad de Fomento “La Cumbre”, del barrio homónimo de La Plata, me encuentro con una familia de maestros de tae-kwon-do (título que se denomina sabon). Los tres lucen impecables ropas blancas (trajes, llamados dobok) con cinturones negros. Ella, Karina Canals, es una mujer alegre y de fuerte presencia que saluda a los discípulos que llegan con el cariño de una madre. Su marido, Jorge Barzola, es un hombre de espalda ancha y sonrisa cálida que contiene a un mar de niños vestidos de blanco con cinturones de colores. Su hijo Pablo saluda serenamente mientras carga elementos para el entrenamiento.

Karina, quien de buen gusto accede a entrevistarse, comienza por el principio: ¿Qué diferencia hay entre un deporte y un arte marcial? “El deporte lo dejás dentro de la cancha (…), en cambio el arte marcial es algo que llevamos para toda la vida, porque los principios que aprendemos en las artes marciales los aplicamos en la vida cotidiana. Nosotros tenemos cinco principios en el Tae Kwon Do, que son la cortesía, la perseverancia, la integridad, el autocontrol y el espíritu indómito, que es lo que te lleva a superarte todo el tiempo”.

A través de estos principios, explica ella, se busca generar lazos de respeto entre los y las compañeras, como así con la sociedad en general. Explica que “el buen artista marcial no es agresivo en absoluto” y que “no hay que mostrarle nada a nadie, al único que hay que demostrarle que soy el mejor, es a mí mismo”. Es necesario recalcar sin embargo, que la y los sabon que enseñan en la Sociedad de Fomento “La Cumbre”, asumen un compromiso con esta perspectiva, ya que lo que se aprenda en una clase depende de qué quiera enseñar una maestra. “Si te prepara un loco, vas a salir un loco. Si te prepara un tipo con principios, vas a generar buena gente. (…) Hoy tenemos chiquitos que se pasan el día frente a la computadora y tienen mucha energía que necesita salir. A veces, lamentablemente, sale de la peor manera que es la violencia. Acá aprenden a canalizar y a desgastar para no ejercer la violencia”.

Pero este empeño por crear valores nuevos no se queda en las clases. Karina, Jorge y Pablo mantienen una relación estrecha con las familias de sus estudiantes y debaten junto con ellos las razones que guían el entrenamiento. En particular, a los padres preocupados por la defensa personal, plantea que “no es mala idea” pensar en ello, pero explica que el beneficio principal del entrenamiento es aprender a estar tranquilo en una situación violenta y defenderse en caso de que la vida corra peligro. Por lo demás dice entre risas: “hay que ser realistas, si te vienen a robar le das las cosas y te vas. Las balas con los dientes las para Jackie Chan en las películas nomás”. También habla de la relación que sostienen con las escuelas de los chicos: “cuando los padres nos plantean que no andan bien en las escuelas, los incentivamos: acá necesitamos que cumplan con todos, si no, no van a poder practicar. Les hacemos un poco la cabeza” vuelve a reír.

Cabe ahora preguntarse: ¿qué genera esto en los y las estudiantes de tae-kwon-do? “El chico que practica un arte marcial es un chico con otra cabeza” nos concluye la sabón. “Se va generando una costumbre de cuidarse a ellos mismos, de cuidarse entre ellos para poder entrenar”. Resalta, por último, la importancia de estos espacios de integración en un contexto que nos coerciona constantemente a dividirnos y aislarnos.

La unidad y el KUNG FU

Es una tarde de sol y viento cálido. En el Parque Saavedra de La Plata, comienzan a reunirse de a poco practicantes de Kung Fu de toda la ciudad. Es el tercer encuentro de lo que han denominado la Comunidad Platense de Kung Fu: una clase gigantesca y abierta donde las distintas escuelas se unen para compartir sus conocimientos y fraternizar. Antes de unirse al resto, un Shifu (maestro) le dice a sus discípulos: “hemos logrado superar la competencia entre las escuelas, ahora buscamos cómo podemos complementarnos. Estamos en un tiempo de unirnos. La idea es que hoy todos seamos alumnos en algún momento y podamos aprender de otros maestros y otras escuelas”.

Más de cien personas con distintos uniformes siguen las instrucciones del primer Shifu. Luego de unos minutos, el maestro y la clase se saludan, aplauden y se le da lugar a alguien más para que dirija la clase. La práctica es congruente con la consigna: compartir y aprender unos de otros. Hace un año que algunas escuelas de la ciudad comenzaron a unir sus prácticas para enriquecerse mutuamente. Al momento, habiendo en La Plata poco más de 10 escuelas, ocho componen esta comunidad. “El caminio es ese, la unión colectiva, no hay soluciones individuales”.

Lo que es digno de mencionar es que en este encuentro, las escuelas reconocen por encima de sus diferencias la necesidad de unificar una forma de inculcar las Artes Marciales. En entrevista, los shifu Hipólito Madariaga (Escuela Integral), Gustavo Liporace y Nahuel Campanari (escuela Lou Wan Gu) explican cuál es la visión que los une.

Hablan de romper con la competencia y crecer complementariamente junto a los compañeros. Uno de ellos dice “mi trabajo como profesor es que cada alumno desarrolle su potencialidad física y espiritual. Empezar a reconocer sus propios límites y pensar ‘esto yo lo quiero cambiar’ y esto nos pone de frente con nuestro propio ego (…). Poquito a poco uno empieza a darse cuenta que la pelea es con uno mismo”. En las escuelas de Kung Fu de La Plata, la principal motivación para un artista marcial es la búsqueda del bienestar y la salud. “La técnica es un medio, una excusa para encontrarse uno mismo”.

Todos reconocen que la práctica marcial prepara a las personas para responder coherentemente ante la violencia, pero el tema de la inseguridad vuelve a causar risa en las entrevistas. Es que entrenar para “salir victorioso de ciertas situaciones violentas” muchas veces viene de la mano del morbo, de las ganas de vivir la situación y ser uno quien ejerce la violencia exitosamente. Una especie de sed de venganza propia de nuestra cultura sumamente belicosa. Sin embargo, quien aprenda de estos maestros se llevará otro mensaje: lo mejor que podemos hacer para superar la cultura de la ley de la selva, es unirnos.

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