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En el país de la Revolución Bolivariana, el béisbol es el deporte más visto y seguido. A pesar del crecimiento futbolístico, el pulso deportivo de la Nación todavía se mide en jonrones, bases llenas y outs.

> Por Martín Di Giácomo

Es viernes por la tarde: el sol cae sobre el Ávila, el cerro guardián de Caracas, y las calles están abarrotadas de autos, motos y peatones. El calor agobiante de las horas de sol deja paso a la suave brisa que balancea las copas de las palmeras en la céntrica Avenida Bolívar. Los gritos de los buhoneros (vendedores ambulantes) se confunden con el rugir de las camioneticas que hacen las veces de colectivos informales, amontonándose en las esquinas en busca del pasaje diario. En medio de la bulla callejera, se escucha el rumor que proviene de un barcito a mitad de cuadra, cuya puerta está bloqueada por parroquianos de a pie que, birra en mano, miran una pantalla ubicada sobre la barra. De repente, se desata la gritería: los Navegantes del Magallanes, el equipo más popular de béisbol en Venezuela, arrancan con el pie derecho la serie final de la liga y le gana a los Cardenales de Lara, anunciando lo que será la vuelta al título local luego de varios años sin éxitos.

Además de las razones históricas y culturales, sus grandes diferencias con el fútbol pueden ser parte de la falta de interés que despierta en gran parte de América Latina. Mientras que en el deporte más seguido del mundo la principal característica es la continuidad y el fácil entendimiento de sus reglas, para apreciar como espectador el béisbol, se necesita conocer una serie extensa de factores que intervienen en el desarrollo del juego, desde reglas básicas a estadísticas y estrategias variadas y complejas que influyen en su práctica. Además, en el diamante (tal es la forma en que está conformado el terreno de juego) la acción está detenida la mayor parte del tiempo: los momentos de intensidad y expectativa son pocos y están concentrados en escasos minutos, en partidos que pueden extenderse hasta tres horas reloj.

La pelota caribeña

Las raíces de la práctica del béisbol en los países del caribe se remonta al siglo XIX. En sus inicios, era un berretín de las clases altas que iban a cursar sus estudios a Estados Unidos y volvían con la novedad, en ese tiempo una versión incipiente del deporte llamada rounders, que tenía sus orígenes en el críquet inglés. Fue la penetración norteamericana en estos países, económica y política, la que terminó de instalar el juego de pelota (como se lo conoce), cuyos primeros abanderados fueron los trabajadores de las empresas extractivas que se asentaban en tierra latinoamericana.

El primer país en el que se difundió el deporte fue Cuba, no sin contradicciones. Según el investigador argentino Pablo Alabarces, el béisbol pasó de costumbre elitista y reproductora del way of life estadounidense, a pasión popular y con connotaciones anti-imperialistas. Uno de los primeros apologistas del béisbol en la isla fue Emilio Sabourín, quien “además de fanático organizador de juegos, traficaba armas para los insurgentes y financiaba la revuelta de José Martí”. La difusión definitiva vendría de la mano del protectorado estadounidense luego de la independencia. También ayudó a consolidar y conformar una tradición competitiva la llegada constante de jugadores afroamericanos en la primera mitad del siglo XX, que en los Estados Unidos racistas y segregacionistas sólo podían jugar en las llamadas “Ligas Negras”.

Aunque el prejuicio extendido en otras latitudes lo vea como una gringada aburrida y consumista, el béisbol es una parte de nuestra identidad como pueblos al sur del Río Bravo. Se juega en las barriadas dominicanas o puertorriqueñas con palos de escoba y tapitas de botella, se palpita en las tascas (bares) y en los hogares. En palabras del crítico y poeta venezolano Javier Lasarte Valcárcel, “cuando asumimos este deporte como parte de nuestra herencia colonial, también asumíamos sus valores y contradicciones (…) Existe un estilo caribeño de jugar béisbol. Le añadimos nuestra salsa afrocaribeña (…) Sazonamos el juego; no lo inventamos, pero le añadimos un sabor particular”.

Jonrón a la Casa Blanca

En la tierra de Bolívar, el béisbol es el deporte nacional. Introducido por los trabajadores extranjeros de los campos petroleros estadounidenses, tuvo su auge en la primera mitad del siglo XX, y se terminó de popularizar gracias a la hazaña de los Héroes del ‘41, la selección que derrotó al combinado cubano en el mundial llevado a cabo ese año en la isla. Actualmente, Venezuela es la segunda fuente de peloteros, luego de República Dominicana, para la Major League Baseball (MLB) de EE.UU., la liga más importante del mundo.

El investigador venezolano Carlos Montes, afirma que la popularidad del deporte en este país viene de la mano de lo sencilla que es su práctica. “La ‘pelotica de goma’ es como la primera forma o el primer acercamiento de cualquier niño al béisbol. Y como no se necesita nada más que la pelota, en cualquier patio de escuela o calle puede practicarse. Después encuentras las variantes que van desde la pelota hecha de papel y cinta adhesiva industrial, hasta los guantes hechos con los cartones de jugo de medio litro o el clásico palo de escoba como bate y chapitas como pelota”. Muchos son los niños que crecen jugando en las caimaneras de los barrios, como se llama al potrero venezolano.

Incluso en el lenguaje se puede apreciar la forma en que se respira béisbol en Venezuela. Según el sociólogo José Freites, “hay en el lenguaje cotidiano muchos anglicismos y neologismos tomados del béisbol. Nosotros hablamos el lenguaje beisbolero y lo traemos a nuestra cotidianidad”. Hasta Chávez anticipó la victoria en el referendo revocatorio de 2004, por casi 20 puntos de diferencia, comentando que iba a ganar “con un jonrón que va a llegar hasta el jardín de la Casa Blanca” (el jonrón o home run es una de las jugadas más vistosas del béisbol, en la que un jugador batea la pelota fuera del campo de juego).

De pequeño, el sueño de Chávez era el mismo que el de muchos jóvenes venezolanos: ser pelotero profesional. Solía contar que su ingreso al ejército se había debido a que quería ser jugador de béisbol, y las FF.AA. eran una posibilidad para ello. En una ocasión, habían organizado junto a Fidel Castro un partido entre viejas glorias retiradas del béisbol, venezolanas y cubanas, a celebrarse en la isla. Contaba Chávez que, cuando uno de los viejos cubanos, barrigón y de barba blanca, le sacudió un batazo descomunal a su lanzamiento, comenzó a sospechar. Luego descubrió en el pitcher rival (lanzador), a un jugador profesional en plenas funciones por ese entonces. Estando al turno en el bate, un risueño Chávez vio cómo Fidel se acercaba al pitcher y le pedía que hiciera el esfuerzo de lanzarle lo más lento posible al  presidente amigo. Tiempo después, Chávez recordaría entre risas cómo  Fidel había disfrazado con barbas postizas y almohadones de barrigas a jugadores cubanos activos.

La industria del diamante

Como todo deporte de masas, el béisbol constituye uno de los negocios más multimillonarios del mundo. Por ejemplo, el equipo de los Yankees de Nueva York constituye la quinta marca deportiva más conocida en el mundo entero. Sólo en presupuesto salarial, la Major League Baseball maneja un número que supera los dos mil millones de dólares al año. En palabras del sociólogo, “la Liga Venezolana de Béisbol Profesional es uno de los negocios más sólidos del país. Tiene una de las plantillas de patrocinantes más grande y derechos de transmisión televisiva en 3 canales”. Por ejemplo, la empresa cervecera Polar maneja un presupuesto descomunal como uno de los mayores patrocinantes de la liga (hay que considerar que el promedio de asistencia a un partido es de casi 9 mil personas).

Además, en el Caribe está instalada en el imaginario la idea del éxito y la salvación económica a través de convertirse en jugador profesional y llegar a las Grandes Ligas (la MLB). En países como Venezuela y República Dominicana, los grandes equipos estadounidenses instalan academias, instituciones donde reclutan jóvenes de 14, 15 y 16 años y les ofrecen contratos por unos cuantos miles de dólares para formarlos y prepararlos para la MLB. Sin embargo, según Carlos Montes, el porcentaje que llega a jugar profesionalmente es ínfimo (un 5 % del total), lo cual deja un reguero de adolescentes que interrumpen sus estudios y se quedan abruptamente sin salida laboral.

Pasión de multitudes

Dice el poeta Lasarte Valcárcel: “béisbol y fútbol comparten, además de las fervorosas querencias, la imponencia de sus escenarios, campos generalmente al aire libre, algunas veces monumentales, donde cíclicamente se representa el ritual de la vida y la muerte, la gloria y el bochorno, el heroísmo y la miseria”.

Para comprender las pasiones que despierta el béisbol en Venezuela y en el Caribe, hay que considerar que detrás de la aparente lentitud y abulia de su práctica, yace la misma emotividad y excitación de los grandes deportes. Sólo una vez que se le encuentra el sabor a un batazo asestado en el último instante del juego, que se aprecia la destreza del jugador que se eleva para atrapar una pelota que tenía destino de jonrón, que se sufre y se alienta codo a codo en el estadio, se puede entender este deporte que ha dejado de ser sólo una metáfora del corporativismo e individualismo que impregnan el espíritu estadounidense.

Quizás las palabras del profesor Ávalos Santana, que podrían atribuirse a cualquier hincha de fútbol, ayuden a comprender cómo se vive y se siente el béisbol en el Caribe: “el inicio de la temporada es estar, como cada vez, con mi equipo. Y acariciar, claro, la esperanza de ganar el campeonato, esta vez sí, decimos, pero si no qué importa (…) Cierto, nuestra fidelidad no depende de la victoria. Es condena y orgullo para siempre. Adhesión sin argumentos. Fervor inexplicado. Y es, sobre todo, sentirse encargado de la custodia de una gran historia”.

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