COMPARTIR

Detrás de las luces, las mujeres y los millones, el boxeo se ofrece como una digna alternativa para los jóvenes que buscan una forma de vida a través del deporte.
> Por César Pascual

Existe una idea, construida histórica y socialmente, que el boxeo es un deporte agresivo al cuál los jóvenes acuden para saciar su sed de violencia. Pero si observamos algunas experiencias que se forjan, a fuerza de voluntad y compromiso, en los barrios más humildes, nos encontramos con un deporte que cobija a los jóvenes alejándolos de la droga, la delincuencia y la violencia que les impone la injusticia cotidiana de una sociedad desigual. Haciendo a un lado el hecho de que todo deporte conlleva riesgos, se puede ver en el boxeo una amalgama de contradicciones, donde algunos pobres -porque la mayoría de los boxeadores nacen en la pobreza- se lanzan con el sueño de triunfar entre los puños. Sin embargo, quienes demuestran destreza deportiva y logran subir en la escalera de la fama, lo hacen impulsados por el negocio de la apuesta y la palanca de los “empresarios”.

En la Argentina el boxeo es uno de los deportes más practicados después del fútbol. Desde los cuadriláteros de nuestro país han surgido grandes peleadores de reconocimiento internacional; es así que compatriotas como Nicolino Locche ‘El intocable’, Carlos Monzón, Juan Martín ‘Látigo’ Coggi, Carlos ‘El Tata’ Baldomir, Luis Ángel Firpo ‘el Toro de las Pampas’, Oscar ‘Ringo’ Bonavena o el actual campeón mundial de peso mediano Sergio “Maravilla” Martínez, han tenido sus momentos de gloria en el podio internacional del boxeo. Pero a ninguno se le ha hecho fácil, han tenido que pelear contra los reveses de la vida, y la pobreza estuvo presente en los años de juventud de todos ellos.

La historia de los boxeadores suele estar signada de tragedias, su carrera es de corta duración y con vencimiento (o convencimiento) y la salud de todos ellos y ellas se encuentra expuesta. “¿Con cuántos de los millones que puedo ganar me puedo comprar un cerebro nuevo?”, le contestaba el pugilista Ricardo ‘Finito’ López a los periodistas que le increpaban por su retiro prematuro.

Lo cierto es que esta es una pata de la verdad, la del boxeo profesional que lucra con la destreza deportiva del 2% de los pugilistas que acceden a los cuadriláteros internacionales y a los títulos del Consejo Mundial del Boxeo.

Por eso es necesaria otra mirada, la de la experiencia del boxeo amateur y de los barrios, ligada con la vida de grandes profesionales del box argentino y la importancia de esta disciplina, para forjar a los jóvenes en una ética humanista.

Peleando desde el barrio

Luego de 26 años de estar en contacto con las juventudes que se acercan a la Escuela de Boxeo Rosarino de Altos de San Lorenzo, un barrio que limita con el casco urbano de la ciudad de La Plata, don Máximo Acosta, ex-boxeador y uno de los entrenadores más reconocidos en el ámbito del pugilismo platense, a la hora de acercarle algunas inquietudes sobre la importancia del boxeo para los jóvenes, nos decía lo siguiente: “Antes las cosas eran diferentes, no había todo lo que hay ahora, hoy se ven rostros desesperanzados, los jóvenes no encuentran salida a sus inquietudes. Todo fue cambiando y nadie puede ignorarlo, por eso yo no me aparto de mis convicciones, estoy en contra de la droga y les inculco a los chicos que vivan sanos. La droga mata, eso es un hecho, sino la arrancamos a tiempo”. Como muchos otros boxeadores, Máximo también deposita su fe a través de la religión: “Yo soy muy devoto de la Madre Teresa de Calcuta, ella ayudó mucho a los pobres y a la juventud, trato de seguir su ejemplo y no me desprendo de los que me importan. Con esto te quiero decir que a la droga hay que combatirla fuertemente, en todos los espacios, y debemos empezar por lo deportivo. El boxeo es un buen instrumento para alejar a los jóvenes de los vicios…

 

Nota completa en edición impresa. Mascaró #8, diciembre 2012.