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> Por Fernando Signorini*

Las palabras son tan maravillosas que bien cabría preguntarnos ¿Cómo haríamos para vivir sin ellas? De qué otro modo podríamos relacionarnos, expresar nuestros sentimientos, nuestras emociones, disfrutar la lectura de un buen libro, de una charla entre amigos… Es verdad, las mujeres (y los hombres) pueden llegar a ser prisioneros de sus palabras, no es menos cierto que, sin ellas, jamás serían libres. Su poder es tan irresistible, que a veces da la impresión de que lo pueden casi todo; y digo casi, porque afortunadamente hay cosas en la vida que no son susceptibles de ser explicadas ni siquiera poniendo las más selectas en boca de un brillante orador, o en la pluma del mejor escritor. A pesar de haber hurgado casi obsesivamente en el diccionario de La Real Academia, no he podido encontrar jamás una tan adecuada como para poder definir lo que me produce- por ejemplo- escuchar a Mercedes Sosa cantando el “Rin del Angelito”, a Jairo en “Piedra y Camino” o a Tejada Gómez contándome que “Hay un niño en la calle”…

Sí, sí; la vida a cada paso nos permite deleitarnos con placeres tan maravillosos que ni siquiera el poder de las palabras es suficiente para definirlas ¿o de verdad alguien cree sinceramente que se puede definir la embriagante fragancia de los azahares o la ternura infinita que nos provoca la luminosa sonrisa de un bebé?… Imposible ¿no?, como imposible encontrar adjetivos válidos para explicar las desbordantes emociones que nos provocan las celestiales gambetas que Lío saca con inusual frecuencia de la galera encantada que tiene en su zurda de oro…

Sus centelleantes movimientos me llevaron a temer un nuevo desprendimiento de retina en mis ojos, y así se lo hice saber al final del encuentro que la Selección Argentina jugó contra Francia en Marbella, y en el que a él se le ocurrió hacer un incomprensible jeroglífico de movimientos a velocidad supersónica para dejar “despatarrados” a dos rivales a escasos metros del banco de suplentes donde me encontraba. Alguna vez se me ocurrió sugerirle que -por su seguridad- debería jugar con el cinturón de seguridad puesto, ya que a esa velocidad un choque o una caída podrían ser muy riesgosos para su integridad…
Su inusual frecuencia de movimientos (lo que un colibrí hace con sus alas, el lo hace con sus pies) no tienen a mi entender, parangón en la historia del fútbol. Tal vez Jordan en el básquet, Nicolino o Leonard en el boxeo, quizás Chaplin en alguno de sus film, puedan haber hecho algo parecido.

A quienes pretendan resumir su arte a través de las palabras, les advierto acerca de la inutilidad de la empresa, toda vez que a los genios no se los comprende a través de ellas, sino de las emociones que nuestra sensibilidad despierta.

* Ex preparador físico de la Selección Argentina y de Diego Maradona.

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