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Alfredo Zitarrosa estaría cumpliendo 78 años, su voz, su guitarra y sus letras permanecen vibrando en tono grave a ambos lados del río. Un recuerdo, un homenaje y varias décimas de saludo al cantor, periodista y poeta uruguayo.

Se ha dicho que don Alfredo Zitarrosa murió como consecuencia de una peritonitis derivada de un infarto mesentérico. Aquel 17 de enero de 1989, “el flaco”, a los 52 años, se zambulló al silencio, se perdió en la noche y apagó el último pedazo de su vida. Pero… ¿murió don Alfredo? ¿Acaso la inquieta muerte siempre gana? ¿Siempre tiene la razón y la última palabra? Apretemos los ojos pues, y dejemos que la memoria y los recuerdos nos lleven hacia el fondo de sus días, para encontrarnos así con lo que es necesario conocer y destacar: la voz, el canto y la poesía del más alto exponente de la música popular uruguaya.

Alfredo Zitarrosa nació el 10 de marzo de 1936, en el hospital Pereira Rossel, de Montevideo. “Fue hijo natural, su madre -Jesusa Blanca Nieve Iribarne- lo tuvo a los 19 años y lo inscribió con su apellido, porque el padre no lo reconoció. Y al poco tiempo se lo entregó al matrimonio integrado por Carlos Durán y Doraisella Carbajal, que lo trataron con mucho afecto y con mucho cariño”, recuerda Guillermo Pellegrino, autor del libro Alfredo Zitarrosa, la biografía (Cuadernos de Sudestada). En el seno de esa familia trabajadora vivirá Alfredo “en una zona rural del país, con algunas privaciones, una infancia difícil, pero sobre todo muy dura en cuanto a la construcción de su identidad”. Y todo ese mundo, que nunca olvidará, quedará reflejado en sus canciones, en sus poesías y en sus cuentos.

Jesusa Blanca Nieve Iribarne formó parte de la compañía de baile y canto español dirigida por María Antinea, vedette, bailarina y tonadillera española. “Mamá era una vedette que cantaba, como ella misma me decía, ‘más o menos’, pero era linda y por eso la eligieron.  Con esa compañía, recorrió todo el Caribe, México, Argentina y en Estados Unidos conoció a mi padre”, recuerda María Cristina Zitarrosa, única hermana del cantor. “Alfredo, vivió hasta los 16 años con sus padres, que no eran sus padres, pero que lo cuidaron y lo amaron como si lo fueran. Y al regresar mi mamá a Montevideo, vivimos todos juntos”. Por entonces Alfredo era conocido como “el flaco Durán”. En 1952 su madre regresa “casada con un argentino que, casualmente se llama Alfredo y se apellida Zitarrosa. Un hombre con quien Alfredo tuvo una buena relación y le cedió su apellido”.

Alfredo era por entonces un niño tímido, introspectivo, melancólico, habitado por sueños, desafíos, silencios, soledades y mil mariposas. Sus días pasaban entre libros y un microscopio que lo comunicaba tan sólo con la naturaleza.

Desde muy corta edad Zitarrosa cantaba, tocaba el piano y la guitarra: un regalo de su madre que aprendió a tocar con su abuela. “De mi madre Blanca heredé la voz y la afición por las artes, y mi abuela que era andaluza, me enseñó las primeras posiciones de la mano izquierda. Me aconsejó que también había que ejercitar la mano derecha y para ello nada mejor –opinaba-, que tocar milongas”, recordó, por su parte, el propio cantor, que siempre eligió la milonga por sobre otros ritmos.

Coplas del canto

“A Alfredo tenemos que pensarlo no como cantor, no como músico, sino como poeta. Amaba a Rilke y también lo marcó mucho la poesía de César Vallejos y Antonio Machado. Algunos de sus primeros poemas escritos y publicados en el diario Acción, tienen una clara influencia de ellos” asegura su hermana. En 1959 con varios de los versos que fue acumulando obtiene el Premio Municipal de Poesía Inédita por el libro Explicaciones, que nunca quiso publicar. El jurado que lo premió estaba integrado por Laura Cortinas, Vicente Basso Maglio y Juan Carlos Onetti “sin duda para Alfredo, como para cualquier montevideano que le gustaran las letras y que además tuviera una visión un poco amarga de la vida, Onetti fue un gran referente”. Al autor de Juantacadaveres, Zitarrosa lo conoció una fría noche del invierno de 1965, cuando, con una dirección impresa y a oscuras, llegó hasta su apartamento montevideano para charlar sobre Carlos Gardel. Fue aquella una de las entrevistas más recordadas que realizó para el periódico Marcha. A Vicente Basso Maglio, poeta y escritor anarquista de la generación del 30, quien tuvo mucha influencia en su vida y en su formación política, lo conoció en 1955, en Radio El Espectador, la emisora donde trascendió como locutor de radio.

Dijo Zitarrosa “no soy poeta, pero mis canciones rinden tributo a la poesía”. Dijo Juan Carlos Onetti: “ojala los poetas pudieran llegar a la gente como llegó Alfredo”.

 Y yo salí cantor…

En el marco de un show televisivo se producirá en Perú el debut de Zitarrosa como cantor profesional.

Enrique Estrázulas, en un ensayo que se aproxima a la vida del artista, afirma que Zitarrosa fue el primero que cantó en uruguayo. Su manera de cantar -según su mirada andaluza y gardeliana, pero más que nada criolla-, desde su primer disco grabado en 1964, se propagó rápidamente por los distintos sectores sociales del Uruguay. “Se lo podía escuchar en un cantegril, en el campo o en la ciudad. También tenía gran llegada a los distintos sectores políticos, a gente con distinta ideología, incluso gente de derecha o militares o policías que lo buscaban en dictadura. Me contaba Rubén Yañez – actor y director teatral uruguayo – que cuando él estaba en cana, los guardiacárceles se paseaban por los pasillos silbando las canciones de Zitarrosa”, narra Guillermo Pellegrino. “Yo trabajo –consideraba el cantor, poeta y periodista uruguayo- sobre las emociones, sobre los oídos y la cabeza de la gente; no trabajo sobre sus enajenaciones. Una canción mía no le enseña nada nuevo sobre la explotación a un trabajador, en la ciudad o en el campo. A lo sumo, puedo iluminar esa realidad con una canción… ayudar a explicar por qué suceden esas cosas… No le voy a enseñar a sufrir lo suyo”.

Nota completa en edición impresa. Mascaró #19 de Marzo 2014.

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