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> Por Mariano Cejas
En San Carlos, un barrio de Moreno, los vecinos ya están acostumbrados a ver a los chicos y jóvenes yendo y viniendo con sus instrumentos musicales. Es que desde hace algunos años se ha afianzado el proyecto OIR, que llegó con la propuesta de hacer funcionar una orquesta-escuela que se ha trazado una meta fundamental: “Que los chicos respiren música”.
No es habitual ver a un chico emocionado o incluso medianamente interesado por un violín. Sí por una computadora, un celular, algún juguete, algo más divertido. Si de instrumentos hablamos, una pandereta o una guitarra eléctrica llaman más la atención: las agarrás, las zarandeás, las golpeás hasta cansarte, y listo. Son fáciles y no cuesta tanto trabajo agarrarles la mano.
Pero en la escuela N° 64 de Moreno, al oeste del Conurbano Bonaerense, el desfile de chicos con sus instrumentos al hombro es incesante. Caminan ligero con violoncelos que les doblan en tamaño, y manejan sus violines como si fuesen sus tesoros más preciados. Hasta un mocoso de cuatro años arrastra el suyo, como si tocase desde el reciente primer momento de su vida. Los padres los miran desde lejos: sonríen, cuchichean, y se les cae la baba, a mucha honra. En medio de todos ellos, un hombre con una varita dirige la orquesta.

Las usinas

“Cada chico es una usina de arte”, ensaya Vicente Graziano, uno de los coordinadores del Proyecto OIR. “No importa de qué familia provengan, siempre van a tener en sus genes esa vocación artística”, afirma. Flaco, de anteojos y pelada marca Carlitos Bianchi, Vicente destila buena onda por todos lados. Su objetivo central está claro: hacer explotar esa vocación a través de la música; “llenar de notas las usinas”. Para hacerlo, desde el año 2007 un grupo de músicos trabaja con los chicos de San Carlos, un barrio obrero de Moreno en general poco familiarizado con la música clásica. Algunos atraídos desde el colegio, otros por amigos, otros por hermanos, cada vez más Usinas se fueron acercando al proyecto.

“Estos chicos no tienen una formación musical previa, sino que se encontraron por primera vez con un instrumento en este contexto. El nene que es mandado a estudiar música es porque ya tiene un estímulo familiar. Acá, a partir del chico nosotros tenemos que integrar a la familia para que apoye todo el trabajo que está haciendo”, explica Vicente y mueve las manos como si estuviese dirigiendo una orquesta. Toma un mate y sigue, y el relato de tantos años de trabajo no deja de emocionarlo. A su lado, Bárbara Rüegg sostiene el termo y se disculpa porque el agua ya está fría. Es más tranquila, habla poco pero lo hace de una manera concreta, con ideas claras.

Desde su rol, vinculado con el desarrollo del proyecto, procura conseguir los recursos necesarios para alcanzar los distintos objetivos. “Buscamos, a través de la música, cambiar la realidad del destinatario”. Es cálida y suelta con los chicos, sus padres, y con cada uno de los participantes del proyecto, pero a la hora de explicarse se zambulle en esa especie de discurso científico. “Nosotros no pensamos en un proyecto de contención, sino que buscamos lo contrario. Lo último que queremos es contener el impulso de los jóvenes. Apuntamos a que exploten y respiren música, y a que su vida sea atravesada por la orquesta”, afirma.

De lejos, llegan los primeros sonidos del ensayo. Adrián Crocce, el director de esta orquesta barrial, suelta indicaciones, carga y apura a los últimos en llegar, sobre todo a los que arrastran los instrumentos más pesados. La música arranca, se repite, se corrige una y otra vez. Los músicos siguen al director, y en cada parate se impacientan por volver a tocar y lo apuran, igual que él lo hiciese en el comienzo. “Arranquemos por el compás 22”, indica Adrián en una pausa, pero los chicos no se quedan callados: “Ese ya lo tocamos, sigamos con el 4”, grita uno desde el fondo y abre un pequeño debate.

Sol Mío

Primero se acercaron al colegio e hicieron una clase abierta para los alumnos. Les mostraron los instrumentos, les enseñaron cómo eran, les tocaron un poco y los invitaron a participar en el proyecto que recién comenzaba. Había temor porque sólo tenían diez violines para arrancar: si se sumaban muchos no alcanzarían los instrumentos, si no se acercaba nadie sería un principio trunco.

Pero se presentaron diez alumnos y desde ese día se respetó la regla de oro: un instrumento para cada chico. “De nada servía si tenían que compartir los violines entre dos o tres chicos. No queremos que los usen para entretenerse y listo, sino que los tengan a su disposición para practicar siempre y perfeccionarse”, explica Bárbara. Desde OIR consiguen los instrumentos a un costo bajo y los padres los van pagando como pueden: “Llegamos a cobrar cuotas de 5 pesos”, asegura Vicente.
Las Usinas trajeron más Usinas. Se sumaron violines y siguieron las violas y un violonchelo. Era hora de salir a la cancha: el primer concierto. Se decidió bautizar a la orquesta como Sol Mío, basados en la pieza de mismo nombre compuesta por uno de los profesores. Hoy, 36 músicos de entre 9 y 23 años se encargan de dar vida a representaciones que van desde Peteco Carabajal hasta Beethoven. Son 23 violinistas, 3 violistas, 5 chelistas, 3 contrabajistas y 2 flautistas, y ya comenzó la campaña para sumar oboes a la lista de instrumentos y aumentar el número de integrantes. Además, la orquesta cuenta con su reserva: 24 mocosos de entre 4 y 9 años forman parte de Semillitas Sol Mío.

“Que el promedio de edad siga bajando es una pauta de que estamos haciendo las cosas bien. Los más chiquitos se ven influenciados por los hermanos mayores, y desde la familia los alientan a venir. Eso significa que las reglas con las que nos encontramos al comienzo ya no son las mismas”, explica Bárbara.
“Lo más lindo es que los grandes, los que están con nosotros desde el comienzo, ahora le dan clases a los más chicos. Están tan involucrados en esto que se esfuerzan porque a los nuevos les vaya mejor y avancen”, continúa Adrián. Casi que el director parece un papá más: se enorgullece de sus alumnos y del progreso de cada uno de ellos. “Hay profes que llegamos a ver a los chicos hasta cinco veces por semana. Los vemos crecer personal y musicalmente, y ya es natural que formen parte de nuestra vida”. Cuando habla, sus ojos brillan, igual que les pasa a los padres cuando ven a sus hijos tocar.

Nota completa en edición impresa. Mascaró #6, octubre 2012.

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