COMPARTIR

“Hoy en día un cine perfecto -técnica y artísticamente logrado- es casi siempre un cine reaccionario”.

Julio García Espinosa.

Latinoamérica y el Caribe viven momentos históricos importantes y en términos culturales se lucha por romper con una dominación de más de 500 años. Particularmente en la trinchera del cine, el imperialismo mantiene intacta la supremacía. César Padilla, documentalista venezolano analiza la situación de nuestro cine y lanza una proclama para romper la lógica de Hollywood.

Cuando las pantallas de los grandes exhibidores del cine callen para dar paso a un cine menos alienante que cumpla con su rol de entretenimiento, podremos hablar de una industria cinematográfica propia, nacional, latinoamericana, con características de cine para todos y todas. Alguna vez Lisandro Alonso director de “Los muertos” y “Liverpool” dijo “cuando estaba estudiando cine -estoy hablando de hace diez, quince años- que se empezaron a poner los multiplex de 20 salas y los profesores me decían que esto era lo que necesitábamos, pues vamos a tener más salas para pasar el cine argentino… Y bueno, qué mierda, no ponen una película argentina y si la ponen la ponen una semana y la vuelan…”. Esa cita refleja lo que sucede también en Venezuela con el cine y pasa en todo el continente salvo Cuba. En Perú se alegran de tener un texto fílmico (que repite la mirada occidental sobre nuestros pueblos) como “La teta Asustada” de Claudia Llosa -nieta de Mario Vargas Llosa, converso al capitalismo-, como ganadora del Cannes. En Ecuador cuna de Guayasamín, padre de Yanara Guayasamín directora de ese hermoso documental que es “Cuba, el valor de una utopía”, es cada vez más la oferta fílmica enajenante, y el servilismo de los burócratas necesarios se niegan a acompañar con el cine al pueblo, porque les molesta lo irreverente en la cultura, lo subversivo.

¿Dónde está el cine alternativo? Relegado desde el aparato burgués a presentarse cada año a un famoso concurso de cine y video comunitario como si se quisiera esconder al hijo menor del cine que causa vergüenza porque no representa el canon estético, donde las historias se cuentan desde nuestros barrios y los actores provienen desde Berisso y Ensenada hasta Antímano o Carapita, pasando por las veredas de Bogotá o de Santa Ana de los llanos. El cine es cultura y la cultura somos todos con nuestro quehacer diario, que determina -quiérase o no- una postura política ante la vida. El cine también es política y así como en la política dos y dos no son cuatro, en la cultura tres más uno resultan siete y hasta más. Hay una batalla pendiente por librar, una batalla armada de unidad de criterio e intención porque andamos cada uno por su lado resistiendo desde nuestra trinchera de producción y no logramos aún juntar el esfuerzo.

Resulta coherente, justo y necesario crear una plataforma no para protestar sino para construir una alternativa frente a las poderosas elites, que secundan a lo largo y ancho de nuestro continente al banco J.P. Morgan y la Paramount Picture, que desde que el cine es cine se apoderaron de la producción, la distribución y la exhibición como factores que en vez de contribuir a nuevos lenguajes, nuevas formas de producción y a la construcción de una industria cinematográfica diversa, apuestan por un grupo que controle todo en el sector.

El cine hollywoodense conforma el noventa por ciento de lo que se exhibe en latinoamerica. A esto se suman operaciones de publicidad, con un “marketing” destinado a promoverlo. En tal lógica pululan quienes cambian de nombre algunas películas, como la palestina “Paradise Now” por “Ataque Suicida” para ganar audiencia, sin tener en cuenta que ese título legitima la acusación sionista de terrorismo contra la lucha de Palestina. Ante el nivel de colonización mental de quienes hoy dirigen los ejes de la producción, exhibición y distribución de la mano de algunos Estados de gobiernos “progresistas”, sólo puede hablarse de etapas cortas e interesantes donde se pudo hacer algo para mejorar esa condición de cine expoliante que nos toca, al menos desde la distribución – exhibición.

Desde espacios de cinematecas nacionales como en Venezuela, Uruguay y Argentina se adelantan algunas labores en el área de la formación, porque en el tema de la distribución, interesa más la cantidad de espectadores como indicador glorioso de la tarea cumplida. Cabe preguntar si la tarea de estos espacios es fomentar cultura cinematográfica o aumentar unos cuantos números y crear industria así nada más.

Creemos y queremos revolución. Podemos hacer un cine que sin ser panfleto nos rescate en identidad y en realidad, con el germen del cine revolucionario que resiste, porque el cine no es industria para la acumulación de riquezas, es máquina para el pensamiento y la liberación de los pueblos.

Un cine nuestroamericano

El cine que tenemos, lamentablemente sigue siendo el que ellos quieren y siguen haciendo, ese cine porno miseria y de números de taquilla, colmado de vergüenza étnica y discriminación, y casado con el lugar común que para ellos reside en el muchacho de barrio, pobre, criminal, delincuente, adicto y que ancla su suerte y destino a ser contratado por un club de fútbol. Ese es un cine definitivamente perverso, idiotizante pero perfecto eso sí; hecho a la perfección a no ser por los delay y el sucio en el mini 35, un cine perfecto con maquillaje excelente, con star system, un cine que dicen que cuesta en el continente según cálculos extraoficiales 150.000 dolares y a eso le han llamado cine de bajo costo o cine pobre; sin embargo en palabras del cineasta cubano Humberto Solás “el cine pobre desde el punto de vista financiero, pero rico desde el punto de vista del talento o la pretensión estética”.

Ese mismo sector que monopoliza la producción y distribución en nuestro continente, carga sistemáticamente contra las políticas públicas para el cine que son pocas y nada efectivas en materia de colectivización y poder popular, pero a veces avanzan permitiendo en cierta forma ese germen organizativo que anda en nuestros frentes de batalla desde el barrio, desde la comunitaria y desde los talleres de formación audiovisual y tantos otros y otras que cada vez son más. Lamentablemente hoy no existe un cine revolucionario, como aquel de Rocha y de Raymundo Gleyzer y Luis Correa, de Humberto Solás, de Sara Gómez, Octavio Getino y tantos otros.

Por lo pronto, los señores y señoritos ya esgrimen argumentos contra la posibilidad de que se desarrolle un cine “revolucionario”, “subversivo” y “nostálgico”. Mientras, asisten en banda a los concursos de fomento, van a las fiestas privadas de aniversario del cine, se toman el vino con los jefes de los festivales nacionales en los cócteles festivaleros de hotel, en la Perla del Caribe, arrugan la cara cuando alguien pregunta sobre la gestión y el proceso, cuando miran “Al sur de la frontera” de Oliver Stone; definitivamente “los enemigos del pueblo no son más que tigres de papel”, como diría el Presidente Mao, despotrican contra la distribución nacional pues no garantiza sus números de taquilla para guiones sin contenido y poco les importa llegar al pueblo, por lo mismo que el pueblo es inculto, el pueblo no tiene derecho, es su lógica y lo seguirá siendo, legitimando al capital privado que por cierto escamotea la venta del cine nacional en los exhibidores privados.

Otros principios

El papel de ese cine en la dinámica de dominación y ejercicio de poder, donde todos y todas somos espectadores y esponjas de un mensaje perverso bien elaborado por agencias de publicidad y mercadeo, ese cine deviene en una herramienta fundamental de la guerra silenciosa, ese cine vende y construye esquemas de pensamiento, modos de vida y formas de comportamiento, determina nuestra esencia dejando de ser sujetos para mutar en objetos, números, espectadores, tarjetas de crédito.

El llamado es nuevamente a convocar, contra la vanguardia esclarecida, un colectivo fuerte que entienda que la cultura no es un paquete de polenta en la repisa del Carrefour, la cultura es un proceso de construcción, el trabajo a continuar como herederos y herederas del cine de las y los grandes realizadores revolucionarios y de tantos otros y otras, compañeros y compañeras, alzar las cámaras como fusiles que disparan 24 fotogramas por segundo, como comités de espectadores, como impulso de formación y como formadores de formadores, es hora ya de no dejar que se cuelen los zorros y camaleones en nuestra cultura indo afro americana, es hora de pasar a la acción, las condiciones objetivas y subjetivas están completas, la correlación de fuerzas está de nuestro lado para esta revolución cultural contrahegemónica que precisa que el cine tome el lugar que le toca en la batalla de las ideas. Esto es un llamado a dar pelea, junto con los colectivos de acción y junto a los sujetos sociales, es hora ya que de se sienta y que se oiga nuestra rabia de 500 años, que tiemble el espacio público al son del debate. Nuevos vientos soplan en nuestras tierras, los tiempos de certezas proyectan la esperanza contra el oscurantismo y la soberbia, las políticas culturales deben pintarse de pueblo, hagamos de una vez de la escuela un fortín del pueblo y para el pueblo, con quien desde el cine tenemos una deuda social gigante “que se pierdan una ya pue…” y que sepan que sabemos que todo cine es político.

 

SIN COMENTARIOS

RESPONDER