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A 100 años de la Primera Guerra Mundial, una mirada retrospectiva sobre el impacto en los aspectos de la cultura popular, de la vida cotidiana y de la economía de una Argentina que se mantuvo neutral durante el conflicto. El tango, el nacionalismo y el internacionalismo en un país poblado por inmigrantes.

Según la conceptualización del maravilloso historiador británico Eric Hobsbawm, la Primera Guerra Mundial (1914 – 1918), dio nacimiento al llamado Siglo XX corto, que comenzó con un periodo de catástrofes, donde la Gran Guerra es sin duda, uno de los acontecimientos más luctuosos del periodo. De este enfrentamiento participaron todos los Estados europeos a excepción de España, Holanda, Suiza y los países escandinavos. “La Guerra fue la expresión de un proceso de colapso y de destrucción de los principios encumbrados por los grandes filósofos del iluminismo. Ese proyecto que nació con las grandes revoluciones burguesas del Siglo XVIII y que con todas las filosofías que le sirvieron de fundamento, alzó ilusiones políticas, filosóficas y éticas, derrapó de una manera atroz, con el conflicto armado que comenzó en Europa, en julio de 1914”, afirmó el profesor de historia Alberto Bossa.

Un centenar de años después, se puede rastrear el impacto de la guerra en los distintos aspectos de la vida política, económica, social y cultural en una Argentina que se mantuvo neutral, a partir de los acontecimientos contemporáneos que se registraron en nuestro país

Argentina atravesó la Gran Guerra en el marco de la transición de los regímenes oligárquicos hacia las primeras demandas democráticas. Según cuenta el escritor Ramón Tarruella en su libro 1914, Argentina y la primera guerra mundial, “era aquella la Argentina del granero del mundo, la Argentina de los ganados y las mieses, la Argentina de la expansión agropecuaria a través de un modelo agro exportador, un país dependiente a largo plazo, con relaciones privilegiadas con Gran Bretaña”.

La guerra en varios idiomas

En abril de 1914 se realizó el tercer Censo Nacional y los resultados revelaron que casi el treinta por ciento de la población había nacido en territorio extranjero y se había concentrado en ciudades como Buenos Aires, Rosario o La Plata. “Por eso, las grandes ciudades resultaron frecuentes escenarios de movilizaciones y conflictos, centenares de personas esperaban la salida de los diarios o esperaban frente a las pizarras de las redacciones, las novedades de la guerra” escribe Tarruella. Las colectividades inmigrantes fueron las primeras en asumir un compromiso con su país de origen y la calle se convirtió en expresión de una u otra nación. Y esto, según el historiador, “marcó claramente la particularidad de Argentina como país, como mistura cultural. Ver, sobre todo en las grandes ciudades, posturas a favor de Inglaterra o de Francia, que no sé si se dio en otras partes de América latina, tiene que ver con esta particularidad de nuestra cultura”.

Se organizaron sociedades de ayuda a los soldados, se crearon nuevas entidades para fines solidarios, se realizaron kermeses con el fin de recaudar y se recibieron donaciones en lugares de diversión como en las funciones del circo, el cine o en las puertas del teatro. “La reacción inmediata de las comunidades europeas asentadas en la Argentina tomó el camino de la solidaridad frente al padecimiento de la guerra” escribe Tarruella. En el mismo sentido Alberto Bossa sostiene que “las distintas comunidades de españoles, italianos, alemanes e ingleses se manifestaron frente a la guerra y esto provocó una especie de fervor patriótico nacionalista de repercusiones nefastas, pero hubo además movimientos solidarios de donaciones, inclusive muchos se embarcaron para retornar y combatir como voluntarios en sus países”.

La neutralidad fue la postura oficial ante las dos guerras mundiales, más allá de la ideología de los gobiernos. Fue sostenida por los gobiernos conservadores de la oligarquía y por el gobierno democrático de Hipólito Yrigoyen.

Los obreros anarquistas y socialistas, inmigrantes de distintos puntos del mundo, se declararon abiertamente en contra de la guerra por tratarse de una disputa Interimperialista, en la que, como en toda guerra la sangre la ponían los trabajadores sin importar la nacionalidad.

El reptil lupanar

En 1913, en el Teatro Odeón, Leopoldo Lugones, definió al tango como “ese reptil lupanar tan injustamente llamado argentino en los momentos de su boga desvergonzada”. Una mirada despectiva sobre la música nacida en el arrabal, que Lugones compartía con el resto de la intelectualidad argentina y su clase dirigente. El tango por entonces ya había desembarcado con gran éxito en Europa y había sido por eso prohibido.

El tango, como elemento de expresión y fenómeno cultural, apartado de la mirada de los sectores oligárquicos e intelectuales, fue un elemento unificador que sintetizó la complejidad cultural de la Argentina. El profesor Aníbal Zorraíndo, especialista en nuestra música ciudadana explica que “El tango que había sido prohibido en sus diferentes manifestaciones, siempre tuvo una mirada distinta a la de aquellos que así mismo se llamaban oligárquicos”. El lunfardo, que los sectores dominantes decían expresaba el lenguaje carcelario, “en realidad representó el sentido de la rebeldía, se hablaba al revés de cómo hablaba la oligarquía”.

Luego de más de tres décadas, el partido conservador, en 1916 debió ceder la presidencia. El 12 de octubre de ese año a través del voto universal, obligatorio, secreto y masculino, a los 64 años ascendió a la presidencia don Hipólito Yrigoyen. Ese mismo día muere Gabino Ezeiza, radical y amigo personal del mandatario. “En cada payada Gabino Ezeiza realizó una suerte de marketing político” afirmó Zorraíndo. “El radicalismo se acercó al gobierno de la mano de los artistas”.

Gabino Ezeiza fue uno de los más famosos payadores que a través de su canto canalizó lo que el público sentía y pedía, independientemente de lo que los sectores gobernantes expresaban. “Gabino fue un estratega, un tipo fundamental, con su payada llegó a los pueblos del interior y acercó el nombre de su amigo a los sectores populares del país” aseveró Tarruella. “El radicalismo era fuerte en la provincia de Buenos Aires, pero para llegar a la presidencia, sabía que tenía que conquistar con sus ideas al interior del país y ahí apareció la figura de Gabino Ezeiza” señaló el escritor.

Esa guerra global que durante 4 años desangró a Europa y dejó nueve millones de muertos, en Argentina se expresó también a través del tango. “Por ejemplo cuando Alemania invade Bélgica, Enrique Delfino compone Bélgica, estrenado en diciembre de 1916 en Montevideo (Uruguay) y donde en su partitura original se veía desfilando a tropas aliadas” contó Zorraíndo. El profesor recordó asimismo que “Eduardo Arolas, alguien que no tuvo conocimientos musicales pero que tuvo una enorme popularidad y que hoy es considerado un clásico, compuso El Marne, por la batalla que marcó el primer enfrentamiento entre tropas alemanas y francesas”. Años después, Gabriel Clausi le puso letra, pero sin relación con la batalla que en octubre de 1914, hizo pensar a todos aquellos que aspiraban encontrarse en la Navidad inmediata en sus casas, que la guerra iba a durar por mucho tiempo más.

Silencio en la noche

Una de las historias más ricas que relacionan al tango con la Gran Guerra lo involucra a quien se conoció mundialmente como Carlos Gardel. Detrás de mitos y leyendas sobre su vida y su lugar de nacimiento, tenemos hoy algunas certezas. Sabemos que nació en Francia y que adoptó la nacionalidad argentina al estallar la guerra para no enrolarse en los contingentes de reservistas. “Recurriendo a estos elementos se convocó a aquellos que no estaban en la Patria para que brinden sus servicios. Los reservistas formaron parte de los soldados no profesionales, que debían estar listos en caso de convocatoria” detalló Zorraíndo.

“Al producirse el inicio de la guerra, Carlos Gardel tenía 24 años, una edad justa para enrolarse entre los voluntarios y no se alistó en el consulado francés. Tiempo después cuando realizó su primera gira por Europa, declaró que había nacido en Tacuarembó” repasó Zorraíndo y aseguró que “aquellos ciudadanos que no se presentaban eran considerados desertores y su pena era el fusilamiento”.

El cantor nacido en Toulouse, Francia, como Charles Romuald Gardes, nos dejó como creación artística, entre tantas obras, una que hace referencia directa a la Gran Guerra. Según detalla Zorraíndo, “En 1932 Carlos Gardel en un descanso de la grabación de la película Melodía de arrabal, ingresó a un cementerio, donde encontró varias tumbas con el mismo apellido. Esa imagen fue la musa que colaboró para la creación de Silencio, un tango que cuenta la historia de una madre que perdió a sus cinco hijos en las trincheras de Francia”.

Fue tan popular el tango, que “cada vez que había representaciones diplomáticas y se ejecutaban fragmentos de los himnos nacionales de cada uno de los países, en el caso de Argentina se ejecutaba El choclo y no nuestro Himno Nacional” recordó Aníbal Zorraíndo. Este clásico que Ángel Villoldo compuso en 1903, era conocido en Europa como nuestro Himno Nacional.

La huella del tango en Europa fue muy significativa a pesar de los deseos de Leopoldo Lugones. No obstante, y más allá de las expresiones populares, la intelectualidad criolla, encontraría una referencia en el ideario contra revolucionario elitista y los proyectos totalitarios anti obrero que fueron ganando terreno en toda Europa con la finalización de la guerra. El avance del fascismo fue imparable. En 1924, Leopoldo Lugones afirmó en su discurso de Ayacucho, que había llegado La hora de las armas, brindó así los fundamentos para el primer golpe de Estado en nuestro país, en 1930, al tiempo que forjó un nuevo sujeto histórico: el Ejército. Ese sector dominó el destino y la suerte de los argentinos a sangre, fraude y horror -con alguna intermitencia- durante casi la mitad del siglo XX.

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