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En la madrugada entre el 4 y el 5 de mayo de 1976, a días de su cumpleaños número 51, el novelista y cuentista Haroldo Conti fue secuestrado de su casa en la Capital Federal. Lo emboscó un grupo de tareas del Batallón 601 cuando regresaba, junto a su compañera Marta, de ver El Padrino II, de Francis Ford Coppola. Pese a su corpulencia y a su fuerza, el intento de resistencia de Conti fue infructuoso debido a la sorpresa y la superioridad numérica de los militares. Desde entonces, figura entre los desaparecidos que son una de las secuelas más trágicas de la última dictadura cívico militar.

Además del dolor producido por su secuestro, tortura -de la cual existen crudos testimonios- y asesinato, además de la inmensa pérdida que supuso no contar más con su producción y su activismo gremial, social, político, en la categoría “desaparecido” comienzan los problemas para la  comprensión de Conti como escritor. El problema de los escritores desaparecidos, o abatidos en combate por las fuerzas de la represión, es que desde la vuelta a la democracia se tendió a agruparlos en categorías que son una criminal imposición del enemigo. Consecuentemente, se tendió a leer sus vidas y sus obras en función de la violencia que las truncó. Eso, si es que sus obras estaban disponibles. Aunque actualmente puede parecer increíble, títulos centrales para nuestra cultura como Sudeste de Haroldo Conti, Operación masacre de Rodolfo Walsh o Ballet Balar Babel de Roberto Santoro resultaban muy difíciles de conseguir: no estaban en las librerías, no estaban en las bibliotecas afectadas por la censura dictatorial, habian desaparecido de buena parte de las bibliotecas particulares, enterrados o quemados por sus dueños, al considerarlos -no sin razones- material comprometedor.

No existe ya ese problema de inicios de la década del ochenta, cuando Conti era nombrado en tanto escritor desaparecido, pero su obra era de difícil acceso. Para 1986 la totalidad de sus  novelas y cuentos estaban disponibles para los lectores argentinos; ese mismo año, apareció por primera vez un libro fundamental para acercarse al universo contiano: Haroldo Conti, con vida,  de Néstor Restivo y Camilo Sánchez. Hoy no se requiere de ninguna búsqueda complicada para encontrar distintas ediciones de sus novelas, y en los últimos años se asistió a la reedición de sus cuentos completos con el agregado de un texto de juventud. Dos films recientes se ocuparon de su vida y obra: Homo Viator, de Miguel Mato, y El retrato postergado, de Andrés Cuervo. Sin embargo, cabe preguntarse: ¿Qué lugar ocupa hoy Haroldo Conti entre los escritores jóvenes, entre los críticos, entre los lectores?

La pervivencia a través del tiempo de un escritor, o sea la visibilidad y productividad de sus textos, no es algo que se decante con el mero transcurso. Así como no existe la mano invisible del mercado, esa entelequia pregonada por el liberalismo clásico que corregiría sin necesidad de la intervención estatal todas las injusticias, tampoco existe una inercia virtuosa en el campo cultural que separaría lo malo de lo bueno, relegaría lo primero al olvido, y consagraría lo segundo. Si bien no debe superponerse el valor de una obra con su recepción, o con el modo en que circula, tampoco se la puede escindir de manera tajante, como si en el campo cultural rigiera (el concepto es de David Viñas) una virtuosa extraterritorialidad. La vigencia de un autor, de sus libros, de su visión de la literatura, del lenguaje y del mundo, implica debates y luchas de carácter estético, ideológico, político. No se dan en un ámbito neutro. En el caso de la Argentina, puede pensarse en treinta mil lectores menos -los desaparecidos-, arriesgada tesis presentada por Guillermo Saccomanno a mediados de la década de los noventa. Asimismo, debe tenerse en cuenta que vivimos la etapa histórica y socio – política que Ricardo Feierstein, en El genocidio como práctica social, llama “realización simbólica del genocidio”. Tampoco deben obviarse al momento de analizar el marco de tales disputas, la concentración y trasnacionalización de las editoriales, así como la formación de un campo crítico académico fuertemente influido por tendencias estadounidenses, y con un grado de articulación importante con la critica realizada desde los grandes medios. Además, Conti presenta una dificultad adicional para el lector militante: con la excepción de su última novela Mascaró, el cazador americano, de 1975, lo político no está en un primer plano, sino que es inescindible de las pequeñas historias que viven sus personajes.

En vida, Conti tuvo un nivel de visibilidad muy alto. El relato La causa recibió el premio  de la revista Life en 1960. Sudeste, su primera novela y acaso su obra maestra, obtuvo el premio Fabril de 1962. El volumen de cuentos Todos los veranos se hizo acreedor al premio Municipalidad de Buenos Aires en 1964. En 1971, la novela En vida recibió en España uno de los galardones más importantes de la época en lengua castellana: el Premio Barral. Y Mascaró, en 1975, el premio más importante a nivel continental: el Casa de las Américas, organizado por la institución cultural homónima de Cuba. Paralelamente, Conti era entrevistado con frecuencia en revistas y diarios. Además, Conti militó -como el narrador Humberto Costantini, los poetas Miguel Ángel Bustos y Roberto Santoro, el periodista Enrique Raab y el cineasta Raimundo Gleyzer- en el frente cultural del Partido Revolucionario de los Trabajadores. Hay controversias respecto a cuál pudo ser su encuadre y cuáles sus tareas concretas en el partido. Hay quienes sostienen que, por más que se lo apreciara, se lo consideraba un pequeño burgués, un compañero de ruta, y quienes por el contrario afirman que se trataba de un cuadro integral con responsabilidades para nada menores: coordinar emisiones clandestinas de radio, conseguir lugares donde guardar compañeros muy marcados o realizar reuniones secretas de ámbitos de dirección partidaria. Su labor más visible, de superficie, estuvo vinculada a uno de los organismos de masas del P.R.T.: el Frente Anti – imperialista por el Socialismo. Conti no era un exaltado, un imprudente o alguien que no tenía noción de aquello a lo que estaba expuesto; en una carta escrita al filo del inicio del autodenominado Proceso de Reorganización Nacional, dejó constancia de su nivel de información: en ella se refiere a una dictadura mucho más sangrienta que cuantas había sufrido Argentina, que dejaría unos treinta mil muertos.

Nada de esto debiera esgrimirse como argumento para que nuevas generaciones de lectores se acerquen a la narrativa de Conti. Si vale la pena recomendar su lectura es por otras razones. Si bien fue un hombre paradigmático de su tiempo, trascendió las marcas, los mandatos y los equívocos de la época de la cual participó comprometida y apasionadamente. Amores, cotidianeidad, política, periodismo, literatura se entrelazan de manera inescindible en su prosa. Los andariegos, los sin hogar, los que tienen sed de ternura y nostalgia de infinito, los que no se resignan a las derrotas que pretende imponer la sociedad, son personajes privilegiados por sus ficciones. Haroldo Conti anduvo en vida y obra por los Bajos del Temor, en el Río de La Plata, el territorio de la novela Sudeste, por el Delta donde transcurre Todos los veranos, por las orillas olvidadas de Buenos Aires, el lugar de Alrededor de la jaula, por la isla Paulino, en las cercanías de Berisso, a la cual le dedicó un texto memorable aparecido en la revista Crisis. Pero nada le gustaba tanto como agarrar el auto y rumbear para Chacabuco, donde había nacido el 25 de mayo de 1925. Territorio entrañable de un puñado de cuentos incluidos en La balada del álamo Carolina. Nadie como Conti puso en palabras como él en esos textos, la pampa gringa, no la de los terratenientes que acapararon las tierras despojadas a los aborígenes, si no la de los inmigrantes pobres. Nadie como él supo hacer vivir en su escritura al río, a las islas, a las marejadas, a los vientos y a los hombres del río.

Conti supo abordar los mundos del trabajo sin ceder un ápice a los dictados del realismo socialista, y dio vida a personajes de los márgenes sin el menor atisbo de morbo. La suya es una literatura de matices. Características por las cuales resulta especialmente recomendable en un tiempo en que la narrativa argentina sufre una sobre representación de dos territorios, el Conurbano Bonaerense y la Capital Federal, y parece admitir en líneas generales sólo el tremendismo o la prescindencia.

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