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Un recorrido por la escena del movimiento en los parajes del conurbano bonaerense, donde los raperos intentan vivir del arte que aman contando la situación social que transitan.

> Por  Isaias Creig  y Pablo Villarreal

MCésar y CAM son de la banda 99Golpez. Insisten con la idea de que la mecha del hip hop en argentina es corta, están convencidos de que en poco tiempo el movimiento va a explotar y que “lo mejor va a ser estar ahí, formar parte de eso”, dicen. Mientras tanto, en una noche de fines de agosto, hacen fila para ver la Batalla de Gallos en el Niceto Club de Palermo junto a otros pibes del conurbano y del sur de la ciudad.

Riña de Gallos, la superficie del Hip Hop

La batalla de los gallos es la competencia de freestyle que define quién es el mejor MC del país, y otorga un pase directo para el campeonato mundial que se va a realizar por primera vez en Argentina en octubre de 2013. En toda la historia del campeonato, sólo un argentino fue campeón del mundo, el mítico Frescolate, quien se consagró luego de una batalla de cinco réplicas contra El Niño mexicano en la primera edición de la riña de gallos.

Las contiendas de freestyle se organizan con dos entradas de dos minutos. Cada entrada es con ida y vuelta: un MC toma la palabra y demuestra su flow, el otro responde. El objetivo es desmoralizar al rival con frases hirientes, dejarlo sin palabras. La batalla y el respeto de los rivales se ganan desde el temperamento. Además de los gallos que compiten, en el escenario está el moderador, quien se encarga de llevar adelante la riña, y un jurado compuesto por raperos consagrados que decide con su voto quién es el ganador. El resultado también puede ser un empate que lleve la riña a réplica, lo que significa que los MCs tienen que competir durante dos entradas más. Por último, pero no menos importante, están los beatmakers, los encargados de la música sobre la cual los MCs riman.

Pero la decisión del jurado y la competencia no tienen sentido sin el público. A cada verso agraviante una masa de jóvenes reacciona con exclamaciones de fascinación e incide en el resultado de la riña. Entre el público y los MCs se genera un clima de comunidad, hay una especie de ritual donde se exterioriza la rabia. Es una fiesta colectiva en la que se elige al MC más respetado del país, pero también se verbalizan los reclamos y los problemas sociales.

La apertura del evento, a cargo del payador folklórico Emanuel Gabotto -quien también fue parte del jurado–, hace notar las reminiscencias del folklore en el hip hop nacional. Los mismos raperos se consideran payadores del Siglo XXI, porque, al igual que los poetas telúricos que relataban las andanzas de los gauchos matreros del S. XIX, ellos usan el micrófono para contar una realidad que los agobia. De alguna manera, el freestyle puede ser entendido como una continuación del contrapunto, el duelo cantado en el que se enfrentaban dos payadores hasta que uno de ellos se quedaba sin respuestas.

En la primera batalla se enfrentaron Kódigo y Papo MC, un rapero marplatense. Kódigo, un pibe rosarino de 19 años que saltó a la fama luego de dirigir un film sobre el hip hop nacional llamado A cara de perro zoo, llegó como favorito en la previa. Sin embargo, fue Papo MC el que se destacó, llevando la batalla a una réplica y ganando luego sin miramientos. El favorito quedó eliminado en primera ronda, lo que demuestra que el rap también depende de momentos de inspiración.

El avance de Papo MC se detuvo en la última batalla, cuando tuvo que enfrentarse con Dtoke, un MC flacucho pero ingenioso de Rafael Calzada que se transformó esa misma noche en campeón argentino. Después de tanta violencia verbal, lloró de emoción al recibir el premio. En el camino al podio, Dtoke demostró un flow acompasado y directo: sus rimas estaban cargadas de ironía y perspicacia. Nada mal para este remisero del sur del conurbano que también es padre hace un año y medio.

Como “el deto”, todo MC sueña con ser el gallo dominante del país. Esa es la única manera de ganarse lo que buscan: el respeto del movimiento a nivel nacional e internacional, y quizás vivir de la música que aman.

El under (o lo que hay debajo de la superficie)

En las fiestas de hip hop del conurbano una pequeña consola, dos micrófonos, una barra y luces que brillan sin iluminar, son todo el mobiliario existente. Las batallas tienen una organización improvisada y el ganador se lleva como premio un monto mínimo de dinero que se junta a voluntad entre los presentes. El escenario es una ronda formada por los mismos competidores, un coordinador y algún jurado voluntario. En estas fiestas también se presentan las nuevas bandas, que riman en son de protesta social.

En nuestro país todo estilo musical tuvo su momento de masividad, desde el tango, pasando por el folklore, el rock y la cumbia. El hip hop, con un recorrido corto y cargado de altibajos, es la excepción. Nació a fines de los 80 y explotó sobre los 90, luego desapareció para volver a explotar cerca del 2000 y nuevamente, volver a desaparecer. Así, con las astillas de cada explosión fue armando las bases que hoy lo sostienen en su etapa más prometedora. Este movimiento sigue siendo under, lo que significa que depende de altos grados de esfuerzo y pasión. Por lo general los MCs trabajan muchas horas para cuidar a sus familias y juntar de a poco los elementos para crear su arte.

MCésar y CAM son de Villa Soldati, uno de los barrios más humildes de la Capital Federal. Desde la adolescencia se metieron en el hip hop, cuando la cumbia villera rebotaba en todos los parlantes de sus vecinos. Tomando otro camino, eligieron plasmar su cotidianeidad en rimas, demos y bombas de aerosol con las que cubren los muros que encuentran a su paso.

El hip hop argentino no llegó a ser un producto cultural masivo, es por eso que mantiene su carácter contestatario: “sabes, me como cada paliza de los canas cuando voy a grafitear, pero lo peor es que se quedan con todas las latas” cuenta CAM. Esta música no sólo nace desde lo marginal sino que sus expresiones son consideradas marginales, donde un grafitero ve arte, el resto de los ciudadanos suele ver vandalismo. En diferentes ámbitos de la vida, distintas expresiones y movimientos culturales son aceptados y disfrutados, pero al hip hop le cuesta salir de las sombras. Sin embargo, continúa creciendo gracias a sus bases. En cada barrio existen referentes del movimiento cultural que organizan encuentros interbarriales y se preocupan por atraer a la mayor cantidad de personas al círculo creciente del hip hop. Así, construyen un espacio para encontrarse y mostrarse como son.

“El hip hop es una especie de rebelión” dice MCésar mientras aplaude a un MC que viste una gran remera estampada con un expresivo Tony Montana. En estos lugares el hip hop se construye desordenadamente, voces por aquí y cuerpos por allá organizando rondas para las batallas o presentándose con su banda mientras esquivan los acoples y las deficiencias tecnológicas. Posturas y frases que parecen no comulgar con las reglas sociales establecidas pero que de alguna manera, provocan cierto orden dentro del caos.

Los jóvenes que hacen hip hop sostienen que el dolor es la base de sus creaciones, su movimiento representa el grito contenido frente a las injusticias constantes. “Uno escribe cuando esta mal. Cuando le pasan cosas feas… porque cuando uno esta contento no tiene nada que contar, simplemente lo disfruta” dice MCésar. Disfrutar del hip hop es convertir el dolor en felicidad, y eso es algo tan difícil como rimar veinte palabras en diez segundos sin perder la coherencia.

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