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> Por Ramiro García Morete
Mientras la industria discográfica sigue peleando contra su incompetencia, emergen nuevas concepciones sobre registros, propiedad intelectual e intercambio de contenidos.
Posiblemente, no pasó mucho tiempo antes de sentarte a leer esta preciosa nueva publicación, del último click que hiciste en Ares, Rapidshare, Taringa!, Youtube o el pen drive de un amigo. Ese ligero y sencillo movimiento de tu índice puede implicar dos cosas tan opuestas como complejas. O bien podés ser considerado un despiadado pirata, navegando inescrupulosamente las redes apropiándote de tesoros culturales, un delincuente ruin impidiendo que una estrella de rock se compre su tercera mansión, un contrabandista de esa peligrosa sustancia que es el conocimiento. O bien podés formar parte de una época donde si bien aún no se termina de propagar como noción filosófica, los bienes culturales circulan con decidida fluidez gracias a las nuevas tecnologías, dando lugar a un movimiento llamado Cultura Libre. El mismo supone reconocerla como un bien social que no debe ser cercenado por los intereses comerciales particulares.
Restringir su circulación, además de imposible, atenta contra su esencia: la cultura no tiene propietario.Sin embargo, desde hace varios años se ha desatado la lucha contra la “piratería” o circulación libre de música, bajo los preceptos de defender a los artistas y autores. Aún así, la mayor parte del tiempo las premisas que reza cualquier contratapa de un disco no se cumplen, por impericia de los responsables de hacerlo o por la incontenible avanzada tecnológica, y todo parece circunscribirse más a una cuestión de interés económico.

La industria discográfica no quiere o no sabe acompañar los cambios y sus números rojos lo demuestran. Es curioso homologar al hecho de compartir cultura con un acto violento ¿no? Evelin Heidel, de la Fundación Vía Libre, entidad sin fines de lucro en apoyo al software libre, aclara: “el término piratería para referirse a la violación de la propiedad intelectual es de larga data, pero sólo en los últimos años ‘pirata’ y ‘piratería’ han comenzado a ser objeto de una disputa discursiva entre dos actores bien distinguidos: por un lado, una porción de la sociedad que considera que la práctica social de intercambiar archivos no tiene nada de nocivo, y por el otro, las grandes corporaciones que pretenden equiparar a la actividad de subir, descargar y remixar contenidos, con los valores semánticos negativos asociados a las palabras ‘pirata’ y ‘piratería’, en concreto, con los valores de robo, salvajismo y ausencia de códigos”.

Heidel coincide en que el fenómeno de la música de circulación libre pone en evidencia la necedad e incapacidad del mercado discográfico: “Por un lado, incapacidad de la industria para reconvertir su modelo de negocio; por el otro, necedad por seguir intentando una y otra vez con un camino que ya se probó fallido. El problema para la industria discográfica es que, a medida que los artistas vayan dándose cuenta de que no la necesitan, la irán dejando de lado. A fin de cuentas, ni Frank Zappa ni los Redonditos de Ricota necesitaron de ella, allá lejos y en un mundo donde no existía Internet y los temas de propiedad intelectual sólo se discutían en ámbitos muy especializados. Hoy, en el siglo XXI, con todas las tecnologías de grabación, remasterización y distribución mucho más accesibles para todos, la necesitan todavía menos.”

Nota completa en la edición impresa. MASCARÓ #1