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Ana Prada canta de pequeña y ha trazado caminos con la música en los que pasó de integrar una banda familiar y acompañar a reconocidos músicos a empezar a soltar sus propias composiciones. Un recorrido marcado por la búsqueda de contar historias y la intención de compartir.
> Por  Bárbara Corneli

Hubo un tiempo de casi diez años en que Ana Prada no cantó, se había cansado de “ser el payasito de las fiestas”. Luego emprendió un camino que tuvo mucho que ver con elegir que su voz sea el transporte del decir, de contarse al mundo como una mujer que asume sus pecados y sus placeres.

“En aquél entonces, ese mutismo fue por timidez y por vergüenza”. Hoy Ana viaja de Buenos Aires a La Plata, de City Bell a Necochea, de Mar del Plata a Uruguay. Lleva su voz, o sus canciones la llevan a ella. De aquella niña que se llamó a silencio, poco parece haber quedado. “Todo eso tiene que ver con un proceso de animarse a descubrir lo que una es y lo que una tiene para decir. Después si eso le importa a alguien más, es otro tema. Pero lo primero es poder decirlo, sacarse los temas de arriba, es un proceso muy fuerte, muy catártico, divino. Cuando lográs decir lo que querés ya está, es como que probaste la fruta prohibida y no querés parar, no hay vuelta atrás”.

En esta mujer que compone y sube a escenarios kilométricamente distantes cada noche, hay una vertiente de historias que la han labrado. “Yo soy una mujer, nacida en el año 71 y criada en determinada época. El golpe de estado fue en el año 73, así que yo pasé mi infancia en la dictadura, con una familia de izquierda, o sea que fue un tiempo con bastantes miedos y prohibiciones, además del exilio de algunos familiares. Lo que una vive es lo que una es y eso no puede separarse de la creación artística. Esa esencia te determina, como el ser mujer”.

Esa mujer que se entrelaza con la voz y las palabras, porque “es inseparable el ser mujer con lo que una hace. Así sea que lo que una hace sea la música o los panqueques. No podría, me encantaría transmigrar como dice Oliverio Girondo, pero todavía no se puede. Creo que tal vez sí hay un momento en el que más influye esto de ser mujer para estar haciendo y tiene que ver con el  momento de la composición. El momento de creación, en cualquier arte, tiene que estar presente la persona y todo lo que una es”.

El hilo en la madeja

“Yo creo que las mujeres juntas podemos lograr muchas cosas, como las hormigas. Si te agarra un grupo de hormigas y te pican puede hacerte bastante daño, en cambio una hormiguita sola te pica y no te hace nada. Esa unión es enriquecedora, hace la fuerza, como dicen por ahí”.

Como dice un tema de su primer disco, y en su relación con la música, Ana siempre anduvo “sola, pero no”. Si bien empezó a componer sus propias canciones a los treinta, su voz cantó las canciones de otros, de sus primos Drexler en La Caldera, acompañó a Rubén Rada, integró el grupo La Otra. Aún hoy dice que ante el escenario se pregunta qué hace ahí, si bien podría estar haciendo otra cosa. Porque de hecho ha hecho otras cosas, tiene un título de psicóloga aunque ejerció poco y nada porque “viste que cuando una se recibe es cuando empieza a estudiar realmente y en ese momento yo estaba con la música a full y estoy feliz de haber elegido este camino”.

Hoy, ese camino de solista, en una soledad que no es tal, se integra de un diálogo musical constante con otras cantautoras mujeres entre las que se encuentran Yusa (Cuba), Queyi (España) y Teresa Parodi (Argentina). “Yo creo que el hecho de que una se junte con otras, con otros a hacer algo, a manifestarse, te da más fuerza. Con Teresa Parodi por ejemplo me ha pasado algo muy valioso: es una mujer, una señora con veintiocho discos grabados, con muchas canciones instaladas en el imaginario popular de Latinoamérica, una mujer que es madre, que ha sido maestra, con muchas vivencias desde la sensibilidad femenina, con una capacidad de ver a través de un cristal distinto, que incluye un crisol de experiencias. Con ella aprendés todo el tiempo”.

Con Yusa la relación pasa más bien por cierta magia de la música cubana y por la variada formación de esta compañera de canto en una cantidad considerable de instrumentos. Con ella ha generado una especie de unión, de entendimiento y han tenido que agregar shows y extender las presentaciones porque la gente lo pide.

Nota completa en edición impresa. Mascaró #9, marzo 2013.