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Tartagal es una ciudad de frontera, con su sol, sus zambas y su barroso Pilcomayo que hace unos años desbordó y se llevó buena parte de los barrios costeros, marcándola para siempre.

Salta es una provincia rica en bellezas naturales, plagada de historias y personajes. Basta escuchar las zambas del “Cuchi” Leguizamón o los poemas de Manuel J. Castilla para recorrer La Poma de la mano de Eulogia Tapia, los hombres de Seclantás y cada valle trazando surcos de historia en sus rostros o un padre verano meciéndose al sol de los yuchanes.

Hablar del norte de Salta es hacer canto de un tramo muchas veces olvidado y silencioso. Pero el norte se hace aún más norte cuando en Tartagal se desmantela el sol del mediodía. En él se funden las manos wichís que hacen del chaguar el hilo para hacer chalecos, bolsos y artesanías, que hoy descansan en un pintoresco puesto de la terminal de ómnibus. Al cobijo de ese mismo sol se mecen las aguas gredosas del río Pilcomayo que bordea las fronteras con los pueblos bolivianos del que lo separan escasos 50km en trazados geográficos distintos a los humanos y culturales.

A la planta de tártago le debe su nombre, y ya desde sus inicios se vislumbra que este poblado le debe su crecimiento y subsistencia a la tierra. Han sido los primeros pobladores de Tartagal, hombres y mujeres venidos de Europa y los países árabes, quienes se han hecho de esta misma tierra, trabajando junto a las fuerzas indígenas (aunque no con los mismos derechos ni ganancias) bajo un trópico que siempre dio buenas cosechas. Más adelante fue el tren y las bondades de la madera su sustento para, finalmente, convertirse en tierra del petróleo, del gas e hidrocarburos.

La historia, desde ese momento, no difiere de la de muchos otros poblados de estas características que culmina con empresas privadas, explotando nuestros recursos, llevándose altos índices de ganancias, dejando a cambio un porcentaje tan bajo para obras públicas, que son totalmente inútiles para cubrir el desmonte indiscriminado que da paso a las maquinarias y contamina estas aguas que no dan dinero, si no vida.

El 9 de febrero del 2009, fue un estruendo en el cauce del río el único aviso de lo que más tarde sería un alud que afectó a todo el pueblo. Lo que quedó fueron índices dolorosos: 500 evacuados, 10.000 personas directa o indirectamente afectadas por el desborde de río y los sedimentos, árboles y greda sin retenes naturales a lo alto, avasallando las calles.

Desde entonces, “desborde” fue palabra corriente. Desborde fue la ayuda que se visibilizó en provisiones de todo tipo llegadas de diferentes lugares; desborde fue también el llanto de los hombres, mujeres y niños viviendo la miseria, el despojo de sus bienes; y desbordados de poder los gobernantes se aventajaron al robo y la corrupción. Y el narcotráfico, que desborda vidas de pibas y pibes, no sólo en el camino de la droga, sino como cocina y destino.

Del desastre nacieron las manos, las mismas manos que mecen el chaguar y aran la tierra, para dar y pedir ayuda, para reconstruir lo desbordado, para hacer, como en un principio, la ciudad que los cobijó. El tiempo fue opacando a sus pobladores, haciendo de los actos de corrupción una anécdota más para el recuerdo y de los verdaderos culpables dueños de las próximas inversiones.

Hoy, este pueblo camina y crece bajo el mismo sol, al cobijo del silencio como un sobreviviente que desconoce a los culpables de sus dolores. El suelo sigue siendo fiel a sus hombres y a las manos que los explotaron, explotan y explotarán todos los días hasta el último centavo.

Sin embargo, seguirán latentes a sus ojos, los rituales y fiestas del pueblo de la tierra inacabable, de las coplas resonantes, del norte más norte aún que sus historias.

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