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En el campamento de un yerbal en un campo cerca de El Dorado, provincia Misiones, una familia amanece en una choza con techo de nylon esperando que no llueva para poder cosechar la hoja de yerba mate, recibir la paga y seguir viaje hasta otro campamento, donde montarán otra choza en otro yerbal, en otro campo, cerca de otro pueblo de Misiones.

Salí del hotel donde me alojaba bien temprano. La humedad y las cucarachas no me dejaron dormir mucho. Mi contacto me había dicho que “el chofer del camión te pasa a buscar antes de ir a la plantación, entrás con él, por las dudas no hables mucho”. Una hora después un flaco alto y medio rubión preguntaba por mí. Salimos de El Dorado y unos kilómetros más al norte nos metimos en la plantación. Mi debut no fue muy bueno ya que el dueño estaba en el yerbal y a pesar de poner carita de “yo no fui”, y esconder mis cámaras fotográficas, volvimos a la ciudad sin cruzar una palabra. Los días siguientes me dejaron clavado. El chofer era el soplón.

Al segundo día de esperar en la puerta del hotel tomé la decisión y me mandé sólo. Tomé un colectivo y luego de 3 horas de caminata llegué al lugar e inmediatamente me metí en el campamento de mi contacto. Ellos eran una familia integrada por la madre y sus tres hijos (2 varones y una chica de 16 años). El campamento es en realidad un claro en medio del monte hecho por ellos a machete durante la noche que llegan y un naylon negro que hace de techo. Este naylon se los vende el dueño del campo. Los traslados a los distintos campos se hacen por la noche para evitar ser vistos por todos, lo cual es sumamente peligroso ya que las camionetas-camiones son muy precarios. Los accidentes derivados en tragedia con varios muertos, son moneda corriente entre los tareferos.
Todo el rico sabor que uno obtiene cuando toma un mate, se fue tornando, a medida que pasaban los días, más y más amargo. Mis cámaras captaban los instantes de la cosecha y mis conversaciones las demás penurias que soportan los cosecheros. La familia que me dio asilo, tiene una casa con un par de hectáreas de terreno al sur de El Dorado, pero ante la muerte del marido tuvo que salir todo el núcleo familiar a la cosecha para generar algunos pesos, lo cual originó el abandono de la casa y los pequeños cultivos que tenían. Eso también significó el abandono de la escuela por parte de la menor. Otras familias que tienen hijos en edad de amamantar, los llevan con ellos y mientras la madre corta ramas los bebes se mecen cerca en una especie de hamaca paraguaya.

Entrar al monte y al yerbal, es entrar a otro mundo. Los distintos campamentos familiares están cerca, pero cada familia convive en un solo techo y los colchones y frazadas están uno al lado de otro. En el yerbal obviamente no hay electricidad… La comida obligada es el “reviro”: harina, grasa y sal, todo molido con un mortero en una olla negra de fundición.

La paga es por kilogramo cosechado y si hay palos gruesos devuelven la manta entera. La manta es un lienzo raído por el uso, donde se acumulan las ramas de yerba. Luego atan las puntas, lo cargan sobre sus espaldas y lo tiran al camión. Cada saco o manta pesa entre 100 y 120 kg. Y si llueve no hay cosecha ya que las hojas mojadas no pueden ir al secadero. Cada cosechero tiene un número, el mismo que tienen las mantas. Luego suman los kilos, descuentan los gastos de almacén (yerba, harina, guantes, naylon) y les pagan.
El desarraigo es el común denominador. La gran mayoría tiene que dejar su casa, cargar todos sus hijos y vivir durante meses de yerbal en yerbal. Y la vida ahí dentro no es nada grata. La comida es escasa, el agua del río, el piso de cama. Nada de escuela y a seguir la vida de cosechero.

Mi contacto se llamaba Morena, era alta, delgada, pura fibra. Dice tener algo más de 40 años, pero su cuerpo representa muchos más. Todos los días adorna su pelo recogido con una orquídea. Prende un cigarrillo y con su machete y la hija salían temprano para el yerbal. Un año y medio después de haber vivido con ellos esos días en el campamento me llegó la noticia de su muerte. Nunca supieron de qué murió. Quizás su corazón no resistió más. Morena murió en el yerbal.

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