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El bello pueblo chubutense carga tradiciones de atropellos y luchas que muestran las marcas del saqueo patagónico de ayer y de hoy.

Por Jorge Oriola

La Historia argentina incluye inexorablemente historias de despojos, desalojos rurales y urbanos, violencias de los más poderosos ejercidas contra los más débiles, a partir de intereses sectoriales minoritarios, el apoyo de gobiernos con solidaridad de clase y el poder represivo de instituciones armadas y no armadas. La Patagonia, desde la post “conquista militar” de fines del Siglo XIX no sólo no escapó a esta regla sino que abunda en ejemplos. Los perjudicados: comunidades indígenas, familias mestizas, peones rurales, changadores, migrantes agrarios, mujeres y niños sin más futuro que la desolación y el hambre.

El caso paradigmático, silenciado durante décadas, es el desalojo de la comunidad de Nahuelpan, a escasos 20 kilómetros de Esquel, en 1937. La entonces Reserva, que no contemplaba la propiedad privada sino comunitaria,  creada en 1908, contaba con sectores de muy buenas pasturas, aptos para la ganadería, apetecidos desde siempre pero con mayor interés desde los años treinta por hacendados y funcionarios acomodados de la elite criolla conservadora de la ciudad, muy bien vinculados con el gobierno fraudulento del general Agustín P. Justo. Se encargaron de tramitar la anulación del decreto de 1908 y para ello hicieron lobby burocrático en Buenos Aires más una campaña de prensa desprestigiando a los indígenas, acusándolos de salvajes, promiscuos, vagos, ocupantes de tierras que no trabajaban ni producían, residentes en chozas y toldos sucios y atrasados, y toda clase de descalificativos que nadie de la ciudad o la capital se ocuparía de comprobar. Unas inspecciones de la Dirección de Tierras acompañaron la campaña insidiosa y finalmente, apoyado en previos pedidos de tierras legalmente ocupadas, el presidente del fraude derogó el decreto de creación de la Reserva Nahuelpan de 1908 y firmó otro asignando gran parte de esos lotes a los estancieros y funcionarios solicitantes, los mismos que encabezaban la campaña.

Apoyados por civiles contratados y la policía del Territorio Nacional, se destruyeron casas, se incendiaron galpones, se obligó a emigrar a las familias a otras zonas más pobres, perdiendo haciendas en épocas de parición y la mayor parte de sus pertenencias. Las mejores tierras, quedaron ocupadas por una docena de propietarios ricos, capitaneados por el abogado conservador Lorenzo Amaya. Pocas voces en contra, concentradas en el entonces semanario “Esquel” y un par de periodistas y un abogado. Más tarde, los reclamos ante el Estado nacional dieron resultados parcialmente exitosos: el gobierno militar de Ramírez, en 1943, anula el decreto de Justo, restituye la Reserva y entrega tierras a una parte de la comunidad, la reclamante, y dispone una gran parte de la extensión original para el Ejército. Con el paso del tiempo, esta reparación parcial generará nuevos resentimientos y divisiones en los miembros de la comunidad originaria.

La memoria colectiva de la zona de Esquel extravió esta triste historia durante varias décadas hasta que periodistas e historiadores indagaron y la visibilizaron después de la restauración democrática en 1983. Los desalojadores perdieron incluso el nombre de una calle, “Amaya”, sustituido por otro más directo: Desalojo del 37. Las tierras no se devolvieron como correspondía pero quienes cometieron semejante injusticia, al menos, no quedaron con botín de guerra. Sin embargo, el ejemplo de ese cruel desalojo tuvo y tiene aún sus réplicas; la voracidad capitalista continúa sobre los derechos de los más débiles.

Hoy subsisten casos de violencias y resistencias, involucrando, en Chubut, a estancieros que arremeten contra descendientes de Sayhueque, a la empresa Benetton contra una familia sobre la ruta nacional 40, a comerciantes rurales contra vecinos indígenas a orillas del río, a familiares de funcionarios contra pobres paisanos de la meseta, el Ejército contra pequeños ganaderos, empresarios de extractivas y hasta del espectáculo pugnando por quedarse con tierras boscosas o ganaderas ocupadas por restos de comunidades originarias y mestizos pobres. Y la lista sigue.

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