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Cada lugar tiene su imaginario grabado como en piedra en las mentes, como un candado que imposibilita que la percepción se modifique luego, aún cuando la evidencia sea contundente. Uno de ellos es el Delta, rincón argentino rodeado siempre de misterio, de secreto, silencio, salvajismo y exuberancia.

El imaginario, o tal vez la historia real, dice que las islas han sido siempre el lugar ideal para esconderse, para escapar, y quizás empezar una nueva vida.

A las islas llegaron hace siglos los forajidos prófugos de los pueblos costeros como San Fernando, Las Conchas, Gualeguaychú, Nueva Palmira. Célebre fue la Marica Rivero, líder de una banda de asaltantes que murió estaqueada por la policía en las playas del Río de la Plata un día de agua baja. El sargento Castro no tuvo más que esperar a que subiera la marea para terminar con el flagelo de la mal llevada Marica. El lugar fue luego bautizado “Bajos del Temor” por las apariciones nocturnas. Martín “el Retobao”, “el Correntino Malo”, Julia Lafranconi, señora de la isla Juncal, todos seres solitarios, marginales que encontraron en las islas su refugio.

El monte isleño acogió a los gringos que escapaban del hambre y de la guerra europea. Se acriollaron y se rehicieron a fuerza de una lucha sobrehumana contra las bestias, la selva y el agua.

Recalaron aquí nazis ocultos, comunistas perseguidos por otros más comunistas que ellos y por milicos. Encontraron su paraíso rosa los putos que en la ciudad eran segregados como si padecieran la más tremenda de las enfermedades. Insatisfechos y fracasados de toda laya naufragaron en los arroyos más recónditos para reinventarse en entre los verdes sauzales. Aquí Leopoldo Lugones llegó para quitarse la vida en paz, sin que nadie pudiera joderlo en su última voluntad desesperada.

En épocas oscuras, Rodolfo Walsh se calentó en la salamandra de su casita en el río Carapachay, cavilando sobre su rol de militante, que cada día robaba más lugar al extraordinario escritor. En su Olivetti del arroyo Gambado, Haroldo Conti redactó lejos de la persecución su “Mascaró” y su –para los isleños- inmortal “Sudeste”.

El Delta, hasta hace poco, supo ser cómplice de todos y como un amigo inquebrantable, guardaba los secretos de cada uno. Una regla de oro en la isla: “nadie tiene pasado, al isleño y al llegado no se les pregunta por su pasado”.

Todo esto está en la imaginería popular de los que ven al Delta de afuera, pintura que impide percibir los cambios que fueron produciéndose en los últimos años. Este lugar que muchos eligieron para empezar de nuevo, por su anonimato y su anárquico equilibrio libre de leyes y Estados, tiende a su rápida desaparición. Desde hace ya algunos años, más precisamente desde la intendencia del “Golden Boy” actual, Sergio Massa, “el Estado ahora está presente”, según sus propias palabras. Y vaya si lo está.

Es cierto que ocurrieron aberraciones que destruyeron partes del delta y la vida de muchos isleños como el ya negramente célebre “Colony Park”, proyecto de barrio cerrado que destruyó casi 400 hectáreas de humedales. Si bien las leyes necesarias para proteger a las islas de estos ecocidas ya estaban escritas, el Estado se ausentó durante tres años, el de la Provincia de Daniel Scioli, y el de Tigre, de Sergio. Con estas excusas, los municipios de Tigre y San Feranando comenzaron a idear mil maneras de que sus Estados se hicieran presentes en las abandonadas islas “para cuidarlas”: Tasas municipales que no existían y que aumentan sin control, servicios que nadie pidió y que no funcionan correctamente, policías seudo privadas como el COT, que deambulan en las lanchas identificando a todos los que buscaron aquí su anonimato.

Ya en las islas nadie es desconocido. Están todos “marcados”, y mucho más quienes militan, protestan, escriben, hablan, marchan y pelean. La dulce serenidad del silencio, y del ser sólo conocido por los vecinos cercanos se ha perdido. El Estado está presente, pero no para lo que sirve realmente un Estado en un sitio rural: para promover las economías regionales, para dar salud y educación. Hoy el isleño padece un Estado que lo va corriendo con impuestos, reglamentos que nada tienen que ver con su forma de vida, presión inmobiliaria sobre sus antes desdeñados terrenos, pero que hoy son vistos como fuentes de inagotables negocios urbanísticos y turísticos. “Piedra libre para el isleño” ha dicho el Estado de Massa y Andreotti. Si hasta se habla de poner cámaras en las islas, para combatir una inseguridad que de tan incipiente que es, da bronca que no se termine con ella inmediatamente.

El escondite ya no existe. Los que defienden una historia y una tradición lo hacen ya a cara descubierta, entre los infinitos arroyos y montes a sólo 30 kilómetros de Buenos Aires.

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