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“Las torres de Luján que asoman a través de los eucaliptos y giran, sobrevuelan los árboles hacia el sudeste, después Giles y Carmen de Areco y Cucha Cucha y después la curva de la alegría, la de “La Espada Rota”; que empalma con la ruta a Chivilcoy y el penacho gris de la iglesia de Chacabuco que se incorpora detrás de un montecito de acacias negras, y empieza a crecer y ahí está el pueblo, fiel a mi memoria y la avenida Alsina con San Martín cabalgando en el aire, al fondo, en dirección a Junín y ahí voy, doblando por la inmutable calle Moreno”.

Cómo si las palabras de Haroldo Conti me transportaran, a pocos kilómetros de la ciudad uno ve la curva de la alegría. Ese viejo prostíbulo llamado “La Espada Rota”, sigue ahí clavado en el tiempo, como también la Ruta 7, angosta y serpenteante, todo igual que hace 50 o 37 años.

Hoy, en pleno desarrollo del transporte automotor del s. XXI y al desarmar en el 91 el tramado ferroviario, el andar de camiones y micros la hace intransitable y terriblemente peligrosa. Todo este gran movimiento se realizaba hasta comienzos de los 90 por tren. Hasta la gran huelga del 91, pasaban por día en Chacabuco tres formaciones de pasajeros en dirección Oeste y otros tres hacia Buenos Aires. Si mi memoria ferroviaria no falla, estaba el de Rufino, el “Martita” y el de San Rafael, además de los que pasaban con parada en Junín (El Cuyano, El Libertador y el que terminaba en San Luis).

Por la vía que fuera, Conti siempre estaba volviendo. Fue viajero, vendedor callejero de libros, caminante, seminarista, aviador, maestro rural, profesor, nadador, remero, náufrago, escritor, periodista, militante revolucionario, vivió clandestino, en fin, un tipo que anduvo. Hasta en sus obras viajaba, pero siempre tuvo en Chacabuco su casa, o sus cosas.

Cuando uno lee la obra de Haroldo la mente se traslada a la calma puebleril de cualquier lugar de la provincia de Buenos Aires. A sus calles, a sus personajes populares.

Toda ciudad o pueblo que se precie de tal tiene algún personaje o varios de ellos. ¿Quién de nuestras generaciones no conoció a “palito” Baldi? ¿Quién protagonizó mejor que él a Sandro de América, en las noches de Racing de Chacabuco, o en los carnavales sobre Avenida Alsina? En los relatos de Conti es muy frecuente encontrar personajes renombrados y conocidos. Mimbo Marsiletti y su banda de música, don Provenzano con los fuegos artificiales y bombas de estruendos. El Bachi, el Polo en Warnes y Lirio Rocha en Uruguay. Muchos ya no están. Tampoco los paisajes, los escenarios de esa vida. El tiempo, distintos planes económicos de los gobiernos o la voracidad inmobiliaria, hicieron que el pintoresquismo ciudadano, bolichero, de provincia se modificara por torres, edificios, pubs y otros tipos de estructuras.

Chacabuco tiene las mejores tierras de la pampa húmeda y es una zona agrícola por excelencia. Cada año, en agosto se realiza la fiesta que consagra a Chacabuco como la Capital Nacional del Maíz. Sin embargo, en la actualidad el 80 por ciento de los campos están sembrados de soja. Y la anterior calma, ya no es tal. El ramillete de motos que pueblan la ciudad y desafían la muerte a cada instante, se ha tornado un problema mayúsculo para las autoridades de turno. La vuelta al perro ya no es la misma pero existen ahora las reuniones sobre los escalones de la Plaza San Martín. Las bombas de estruendo no se usan más para anunciar un acontecimiento, ahora las redes sociales alertan cualquier novedad.

Queda intacto (con las inevitables marcas del tiempo) el legendario Álamo Carolina, que hasta el momento se ha salvado del desmonte, y al que todos los años, y en manifestación, van a rendir un sentido homenaje los amigos de Haroldo. Al pie de su sombra, como siempre el Bachi recibe a los visitantes con salames hechos por él, mates y algún que otro vinito. Allí se recupera la historia, la vida y la obra del escritor.

Mientras la “cocina Carelli de 3 hornallas que su padre trajo de Bragado en un charrét” siga prendida y ese fuego de chispazos increíbles que dibujó Haroldo con palabras siga calentando, perdurará todavía en Chacabuco ese olor a pueblo inconfundible.

En su último texto, luego de visitar la Isla Paulino y antes de ser desaparecido por un grupo de tareas del batallón 601 el 5 de mayo de 1976, Haroldo escribió: “Los lugares son como las personas. Comparecen un buen día en la vida de uno y a partir de ahí fantasmean, es decir, se mezclan a la historia de uno que se convierte en la quejumbrosa historia de lugares y personas. Esto es, los lugares y las personas se incorporan en los adentros y se establecen como sujetos persistentes”.

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